sábado, 21 de abril de 2012

DREAMERS...Todos fuimos soñadores, viendo las chicas pasar, pero el sueño terminó y el insecto ha despertado.


Qué la vida iba en serio,
uno lo empieza a comprender más tarde...





Todos fuimos soñadores, viendo declinar el día acodados en el alféizar mellado, con Janes Joplin atronando el cuarto de invitados, los ceniceros demasiado llenos y las botellas siempre vacías. Tratando de adivinar si la realidad que se filtraba entre el cortinaje de lágrimas era también un sueño o la gran broma final.
Pero Marcuse se nos iba cayendo de las manos y apenas nos dábamos cuenta.

Hay un fulgor en el cielo, triste por ser el último fulgor del día, triste, como lo es toda despedida.
Hay también un rojo pálido en el interior, triste por ser una mentira apenas, una excusa.
Ningún amarillo, el color que sólo la música puede hacer sonar.

Asomados a la ventana, vemos las chicas pasar, con sus faldas ajustadas de negro vinilo, ninguna con sostén. Todos esos libros bajo el brazo, de ida o de vuelta (como nos creíamos entonces), y todas exhibían ese lustre en su piel que es la materia de que se hacen los sueños.
Pero Cirlot se nos caía de las manos. Y apenas nos dábamos cuenta.

Todos fuimos soñadores durante un amanecer cualquiera, distrayendo la espera entre los versos de “Pandémica y Celeste”, suspendidos en la cresta de una pregunta: Won´t you, come see me, Queen Jane?
Antes de saber que las reinas nos estaban prohibidas a los chicos pobres del barrio, cuando creímos que el placer era algo sencillo, que bastaba una razón para demoler el prejuicio, la costumbre, una moral que se rendiría sin más a los violadores de la Ley del Padre.
Pero la Razón es una puta que se presta a todos los fines.
Y lo supimos demasiado tarde.

Mientras, los hombres se afanaban en la descarga de grises camiones que aparcan en petaca y los niños componíamos enardecidos versos herrumbrosos sobre las bondades del trabajo.
Pero hacía una eternidad que habíamos silenciado a Horkheimer.

Todos fuimos soñadores bajo las sábanas prestadas de un albergue extranjero, cuando quisimos conquistar París con When you`re strange resonando como un clamor, una súplica, contra una diminuta lápida de Peré-Lachaise.
Y fatigamos Montparnasse con Darío y Verlaine en la mochila, la absenta ardiendo en las venas, las imágenes de Becker surcando heridas en el alma (y cómo escocían)
Y buscamos en vano el casco de oro de Simone Signoret en cada extraña que nos salía al paso o un pasaje al fin del mundo en L`Atalante en compañía de Jean Seberg.









Todos fuimos soñadores al volante con Pierrot (Je Mapelle Ferdinand), el brazo sobre el hombro de Lula, escuchando a Chris Isaak por carreteras perdidas, bajo la noche oscura, ante la realidad que nos abrían las luces, camino a la improbable la isla Utopía, creyendo que la revolución la harían por nosotros, creyendo que la belleza era habitable, hospitalaria, inexpugnable, una huida posible a cualquier parte, al fondo de todos los corazones.


Pero Foucault ya era cenizas y la revolución requería quemar más libros, caminar sobre sus pavesas.
Y los amamos tanto.
Cabrones.

Todos fuimos soñadores abrazados al cuello de una botella, creyendo que sería una mujer o (peor aún), al cuello de una mujer creyendo que sentiríamos la embriaguez que nos ofrecía esa botella ausente, para acabar lamentando, corrigiendo a Alberti, dame tú, vodka, a cambio de mis penas,/ todo lo que perdí para tenerte.
Pero Los versos del Capitán abrían un hueco sin remedio en nuestra biblioteca.
Y en ninguna mujer encontramos a Eva Green. Ninguna fue Lilith.




Todos fuimos soñadores cuando pensamos (ilusos) que este sería el mejor de los mundos posibles para siempre (¡barra libre, chicos!), y añoramos la épica de Street fighting, man, enredados en el tul azul del canuto, antes de que la realidad nos cogiera a traición, con la musculatura laxa, entumecida, sin las botas puestas, incapaces de salir a defender lo que otros más dignos, pelearon y ganaron para nosotros.
Y lamentamos por redes y fronteras, y colgamos “mordaces” consignas que ocultan una desidia, la cobardía acomodaticia y burguesa, a la espera resignada, consentida y cómplice de la consabida declaración de victoria mil veces rediviva: Cautivo y desarmado...

Todos fuimos soñadores en el bar de la esquina, volcando la rabia ante la cerveza tibia y el mechero sin piedra, contra el contenedor inocente que nos encontraba a la salida: era un conato de subversión, un acto de rebeldía total que pondría el sistema patas arriba, tan sólo una sandez trasnochada e inútil, rubricada con la torpe ejecución de un grafiti o la cita trastabillada de Brecht, cuando ya ni en las ideas creíamos: Toda filosofía es también una filosofía, toda opinión, un escondite. Toda palabra, una máscara.

Y aquí estamos, veinticatorce años después, insomnes, añorando ese sueño especioso de tener intimidad con la Razón, pero igual que el Bruno de Houllebecq, ya descubrimos que la principal meta de la vida es el sexo, y es una meta inalcanzable por su exigencia de perpetua renovación, una apetecer ciego que de hecho es ajeno a la idea de una meta final, tan sólo paradas provisionales encontramos en sus desoladas provincias.
Descubrimos que el animal vive al hombre y que ante su hedionda presencia sólo queda otorgar, en silencio, de hinojos, humillados ante el imperativo del deseo, que es nuestra condena.
Entre tanto, matamos el tiempo emborronando cuartillas y quemando el reproductor de DVD, apurando martinis mal agitados y mirando a las chicas pasar, a la espera de que el tiempo dé sepultura a nuestro cadáver viviente estragado de nihilismo, poblado de signos e imágenes, canciones tristes.
Pero, de momento, nada de adiós muchachos.
Tenemos aún a Dylan, los Rolling y Platón, Nietzsche, Faulkner y Proust. Kubrick, Truffaut...
 Algunos buenos amigos cómplices, bastantes cigarrillos y Absolut suficiente.
Huevos de sobra para envidar con un farol al órdago de la Dama de Blanco, quién sabe si para intentar seducirla, deslizar las manos intrusas bajo su gélida túnica de tul...




Como dijo Ian Flemming en su agonía: Muchachos, todo es una juerga.

...envejecer y morir
es el único argumento de la obra.

Jaime Gil de Biedma.


martes, 10 de abril de 2012

¿DÓNDE ESTARÍAMOS SIN LOS MUERTOS, ABE?





Quien pacta con el poder pacta con el diablo. Max Weber

La conciencia, acaso el único rasgo que nos diferencia de los animales.
Adán era un inconsciente, el tiempo no existía, el antes, ahora y luego eran sendos instantes de un continuo eterno; el futuro no le pre-ocupaba, y su vida era un estar ocupado en vaya usted a saber qué (al menos hasta que llegó Eva, natürlich).
Pero el ominoso conocimiento ofrecido por la serpiente le arranca de la indistinta Creación, lo convierte en un ser maldito, con conciencia del tiempo. Lo enfrenta a la alteridad: un árbol, un animal, una hembra.

El deseo. La muerte.

Ahora, por obra de la cesura introducida por el conocimiento, se despliega ante Adán un futuro imprevisible, amenazador, desconocido. Un futuro que preocupa y que le insta a ser previsor para tranquilizar la inquietud que le infunde, a conocer todas las posibilidades y reducirlas a probabilidades: a dominar el tiempo y a los otros que contiene y amenazan sus previsiones.
Porque al otro se le reconoce por su deseo, y el otro lo que desea es poder, un poder que vive de la usurpación, que para no declinar necesita acrecentarse de continuo en el ejercicio de la violencia.
El poder no puede compartirse, como la fuerza no debe dividirse (el fracaso de los dos triunviratos que sucedieron a la República, dan fe) Sería tan monstruoso como un dragón con dos cabezas: guerra civil a la vista y muerte del vencedor.

Así comienza el infierno de las guerras por el poder que sólo llegará a su fin con el declive de la humanidad. Así empieza la Historia.

Recientemente, el azar o el destino, me pusieron delante Nixon (Ídem, 1995; Oliver Stone), La sombra de la corrupción (City Hall, (1996; Harold Becker) y John Edgar (ídem, 2011; Clint Eastwood), y claro, uno que tiene jodido el coco, se le ocurre pensar en cosas así: Adán, la Conciencia, el Poder, dragones bicéfalos...

Sendos films aciertan a reflexionar sobre la naturaleza perversa del poder desde la diversidad de sus planteamientos.



Con Nixon, Stone concluye su lúcido y poderoso retrato del período más turbio y brillante (una cosa suele llevar a la otra) de EE UU, y apunta con su escupitajo certero y viscoso (como ya hiciera en JFK) a las figuras que se ocultan tras el cortinaje, a las sombras que mueven los hilos de los políticos.
Nixon (Anthony Hopkins), no fue más que un pobre idiota que, a diferencia de los Kennedy, se plegó a los designios de los Rockefeller, Rothchild, Morgan y demás dioses del Olimpo occidental. En un momento especialmente significativo, en el que se muestra su carácter débil pero buenas intenciones, la descarada chavalada hippie le insta a poner fin a la guerra. Nixon reconoce, se lamenta, de que ese es su deseo, pero no puede hacerlo. ¿De qué sirve ser el Presidente si no se tiene el poder?: El sistema es una bestia. Sólo trata de impedir que se desboque (más de la cuenta). El monumento de Lincoln preside la claudicación del Presidente del Mundo Libre.
Fue el títere perfecto, el anti-Kennedy, la máscara favorita de Halloween, un chivo expiatorio que rubricó el parte de defunción del mito de la Nueva Frontera y dio entrada al campo a los chicos de Friedman y la Doctrina del Shock.



La sombra de la corrupción, film, me temo que poco conocido, pese a la presencia de Al Pacino y de contar con un libreto firmado por Nicolas Pilleggi y Paul Schrader, refiere de forma nada maniquea y con maneras alejadas del thriller típico, la cadena de favores que, eslabón a eslabón lleva de la mafia al Alcalde de Nueva York, pasando por el negocio de la construcción y el poder judicial.
Política, jueces, ladrillo y corrupción. ¿os suena?
El gobierno de una ciudad que mueve tanto dinero, no es viable a espaldas de un poder económico, que, para empezar, financia las campañas.
Lo que en principio no son más que acuerdos entre “hombres” que se sellan con un apretón de manos (Menchskeit) en el intermedio de un musical o en el transcurso de un desayuno, sin dolo aparente, revela al cabo, un tremedal de corrupción en el que la responsabilidad se diluye, la mala conciencia no comparece porque la intención no era mala, y sólo quedan las víctimas anónimas empapando de sangre la acera.
El Alcalde Papas (Al Pacino) es un buen tipo que procura de corazón el bien de su ciudad, pero pierde de vista la máxima de Weber que encabeza este texto.




J. Edgar, ahonda en la idea del control que sobre la clase política han ejercido, no sólo los grandes colectivos empresariales, sino también las propias agencias gubernamentales.
Hoover (Leonardo DiCaprio) comprendió que el poder reside en la información y no tuvo problemas en utilizar ese poder, especialmente contra los Presidentes del ala demócrata que tuvieron a mal sufrirlo.
La consolidación del poder de la policía federal se cimentó a partir del secuestro del hijo de Ch. Lindberg (rival directo de Roosvelt en el 33 y simpatizante del fascismo, cuya elección habría cambiado a buen seguro el devenir de occidente, como certeramente noveló Philp Roth en La conjura contra América) y de una oportuna campaña de “sensibilización”, como se dice en la actual jerga, y que las más de las veces no se trata más que de manipulación con el fin de que las libertades de la ciudadanía fueran convenientemente recortadas en el nombre de la seguridad nacional.
Siempre la frágil seguridad nacional amenazada por doquier por un enemigo proteico pero persistente, ignoto (“aquellos de los que no hablamos”) pero voceado (anarquistas, comunistas, yihadistas, etc.)
Virtuoso en su tratamiento de la información, Hoover encarna el andamiaje de mentira sobre el que se ha sostenido la política de EE UU tanto interior como exterior.

Lamentablemente, el estilo intimista de Eastwood, anquilosado y cansado de sí mismo, es a todas luces inapropiado para la representación visual del Leviatán, como apodó Hobbes al Estado absolutista, del afán megalómano de control que alentó Hoover hasta sus últimos días, y un obstáculo para aquilatar plenamente su influencia en una época, que apenas se atisba por entre los visillos de su despacho en sombras.
Para ciertas faenas, añoramos rabiosamente a Oliver Stone.

El poder rara vez radica en las figuras públicas que representan la voluntad popular. La soberanía nacional es una ficción útil para el mantenimiento del orden, un cierto statu quo que, parece contentarnos a todos lo suficiente y permitir a los poderosos acrecentar su imperio.

El mejor ejemplo de esto, son ataques “bajo bandera falsa” como el del 11-S, o la crisis económica del 2008, sendas maniobras encaminadas a incrementar el poder del “sistema” o de los payasos que regentan el circo.
La primera nace de un cálculo, la previsión del petróleo que precisará occidente en los próximos 50 años hacía urgente un control del crudo de Oriente Medio, maniobra legitimada ideológicamente por Samuel Huntington y su “lucha de civilizaciones”, y popularmente, sobre 2600 cadáveres de la Zona-0 (y otros tantos a consecuencia del polvo tóxico en los meses siguientes)
La segunda, de una reacción del Banco Central y las Agencias de Calificación contra el poderío del euro frente al dólar, que servirá en breve para instaurar el modelo neoliberal en la Vieja Europa (como concienzudamente está procurando Merkel y Sharkozy) y arrumbar así los principios obsoletos de la socialdemocracia.

Nada más lejos de nuestra intención que aparecer como abanderados de un ingenuo pacifismo a lo we-are-the-world. Es un hecho que la conciencia trajo la lucha por el poder y la sombra mefistofélica que le cobija, no le permitirá el cese de la discordia. Si embridar a la bestia no está en manos de lo que comercian con ella, ¿qué podremos hacer los demás?

Acaso sólo nos quede comprender, contarlo, lamentar las víctimas y, como Cándido, volver con cierta serenidad de ánimo, a los cuidados de nuestro jardín.
Acaso esto no sea más que una solución cínica.
No lo sé.


Como se lamentaba Nixon ante el monumento a Lincoln: ¿Dónde estaríamos sin los muertos, Abe?






domingo, 8 de abril de 2012

SEXO, SECRETOS Y SATÉN NEGRO II










El cine ha sido, junto a la música, el gran creador de mitos del siglo XX, asumiendo, claro, la dificultad de la definición de mito, su significado multívoco, equívoco incluso, más allá de su sentido primigenio de relato fundacional y más acá de la idea de testimonio de acciones modélicas o ejemplares.

Si nos fascina el fantástico es quizá por ser el único género que puede servirse de la alegoría con eficacia sin resultar en exceso abstracto, como una convención gozosamente asumida por la audiencia en virtud de la concreción que le dispensa una cierta formulación visual y los consabidos meandros argumentales, al servicio, en última instancia, del espectáculo, para trazar un discurso oblicuo sobre “la realidad” del alma humana, su cara oculta y sus miedos, indagar el eterno rastro del deseo.
Siempre en lo oscuro, seductor por problemático, estimulante por su renuencia a la lógica.
Pensar es una perversa actividad nocturna, ya lo dijo Hegel con la metáfora de la lechuza.

Y si hay que algo nos da quebraderos de cabeza, es el sexo.

El ser humano sigue sin poder resolver el problema de la sexualidad. Por encima de épocas y culturas, morales restrictivas o laxas, el problema permanece.
Cuenta F. Raphael, que en un momento de la escritura del guión de Eyes Wide Shut, ante las dudas que le suscitaba la adaptación de un texto de los años 20, por lo anacrónico de su premisa, le espetó a Stanley:

 -¿Stanley, no crees que son cosas superadas por la pareja actual?
 -¿De veras lo crees?

Sabemos, con el maestro, que hay cosas que nunca superaremos, como hallarnos ante la impúdica realidad del deseo manifiesto del otro, y en ocasiones, hasta del propio. Pocas metáforas tan ilustrativas a este respecto, que la de la fiera desatada al condescender con su cumplimiento, convocada desde mismo el infierno que lo alienta.
El deseo propio figura ser un diablo con forma de felino que matará a su objeto.

Desconozco el origen del mito. Acaso sólo sea fruto de una genial intuición de DeWitt Bodeen, autor del libreto de La mujer pantera (Cat People, 1942; Jacques Tourneau), sobre el que Paul Schrader y su guionista, Alan Omsbyr, desarrollan todas sus posibles implicaciones, en el remake de 1982, lejos de las limitaciones que tuvo su ilustre predecesor.

Para Tourneau, el recurso a la metonimia era obligado, pero bendita limitación: pocas imágenes tan bellas como la de la noche de bodas de Irina, con Oliver excluido del recinto íntimo del dormitorio, mientras se escucha, a través de una estrofa de nieve, los rugidos lastimeros de la pantera. Inmejorable puesta en imágenes del conflicto.

Sin embargo, la mayor aportación del film de Schrader son los personajes masculinos, siendo Irina, en cierto sentido, víctima de ellos. Si en el film clásico, Irina se encontraba ante su limitación de satisfacer a Oliver, con una rival que podía ofrecerle lo que a ella le está vedado, concitando así unos celos que daban lugar a la amenaza de la pantera, ahora, al bascular el peso dramático hacia los hombres, la réplica de la célebre persecución de Alice, concesión genérica y tributo al clásico, resulta, además de carente de tensión, inmotivada.
La rivalidad sólo existe entre Paul y Oliver.
Paul (Malcom McDowell), el hermano de Irina (Nasstasia Kinski), es la mayor novedad con respecto al film original.
Él conoce la maldición de los hombres-gato y sabe que para evitar liberar el mal, tienen que cumplir su deseo en un igual, único modo de servir a la especie.
La violación de un precepto cultural, moral, en nombre de la ética. Mejor incesto que homicidio, ¿no? Delicioso.

Por otro lado, el personaje de Oliver (John Heard), es un misántropo que prefiere la compañía de los animales. Lo que le enamora de Irina es la pantera. Paul desea a la mujer que mantiene reclusa a la bestia; víctima de la maldición, su deseo es poner fin a la matanza, pero también es consciente de que la abstinencia nunca es una opción.

Oliver desea al felino, quiere que la mujer disuelva su feminidad en la furia indómita de la pantera. No le importan las consecuencias.
Alice, en efecto, no cumple papel alguno en el ficticio triángulo que informa junto a Oliver e Irina, es un residuo incómodo del guión original, perfectamente omitible.
Sendos varones se disputarán a Irina con el resultado esperable de la muerte de Paul que condena a la joven. Paul resulta ser un personaje trágico: esclavo del deseo y presa de los remordimientos, que tras toda una vida deseando unirse a su hermana, como sus padres se unieron, se encuentra con el estorbo de un zoófilo que puede ofrecerle a Irina lo que él no puede sin horrorizarla: su deseo. Notable inversión de la premisa del original.

En adelante el conflicto sólo podrá ser resuelto dando cumplimiento Oliver a su más intima fantasía: copular con la pantera.
El mito de la mujer pantera no ha sido favorecido por la industria cinematográfica con la frecuencia que lo ha hecho con el insulso licántropo que tan pocas obras memorables ha dispensado, incluso las mejores, están lejos del film de Tourneau. Quizá por ser un mito que se clava en el corazón del deseo y el deseo siempre es un tema espinoso, enojoso, problemático.

Y no sólo el del otro.



miércoles, 4 de abril de 2012

PENSAMIENTOS DESDE LA ABADÍA.








Los tres “maestros de la sospecha”, Marx, Nietzsche y Freud, vieron en el recurso a la religión, (su sibilina razón de ser y única causa de su promoción), el síntoma de una carencia, una angustia, una debilidad distraída apenas con el consumo metafórico de un opio adormecedor que cultiva el conformismo y da su asentimiento a lo establecido; la creencia en una ilusión precisa cuando el intelecto no da para más o la astucia de la voluntad de poder del alma débil y resentida. Al servicio siempre de la legitimación de una infraestructura, poner paños calientes al malestar y la transvaloración nacida del odio a la Vida.

Y los maestros casi siempre llevan razón.
Casi siempre.

Mejor dicho, aciertan allí donde disparan, pero el ámbito del fenómeno religioso es más vasto (y no hablamos de religiones históricas, menos aún de iglesias, sino en el sentido esclarecedor que le confiere la Fenomenología, esto es, “el objeto intuido, aparente, como el que nos aparece aquí y ahora.” El significado de fenómeno en griego es: “lo que aparece”; Husserl fue fiel a la etimología.)
Puede que sólo desde la Antropología estructural se haya afrontado el fenómeno religioso de forma desapasionada, señalando su importancia en la articulación comunitaria, pero al tiempo, irreductible a lo meramente funcional (institucional)
Que la religión es un producto cultural, es claro, y hasta legítimo que esté a su servicio, pero que responda siempre al llamado de un miedo, una debilidad, una miseria es lo que pretendemos cuestionar, siquiera por ejercer de abogado del diablo.




Allá por 1996 me inicié en la lectura filosófica, como un preescolar ante su primer libro.
Mi bautizo lo oficiaron Agustín de Hipona y Nietzsche, curiosa pareja, los mejores padrinos.
Incompatibles, podría decir alguno (yo lo pensé) Uno buscando a Dios y el otro voceando su muerte. Pero en ambos encontré algo que los hermanaba: el testimonio de una experiencia vital, el relato de un itinerario de dos humanidades que aspiraron, buscaron y cada uno a su manera, encontró algo.
Ya lo dijo Jagger: Augustin knew temptation/ he loved women, wine and song (...)
El futuro Obispo y Santo de Hipona, era guapo, pichabrava, buen retor, mejor bebedor, amigo de sus amigos y sin enemigos reseñables. Ningún pormenor vital referido por él mismo en sus Confesiones delata un odio a la vida, angustia o malestar que le conduzca a ampararse en una ficción lenitiva y cobarde, y sí comunica un vitalismo incontenible, manifiesto además de en la entrega a los placeres sensuales, en su curiosidad intelectual y espíritu inquisitivo, que invita a pensar que el ruedo de la realidad empírica se le fue quedando estrecho.
Para Agustín la religión no fue una huida del mundo, sino una afirmación total del Ser, un abismarse en sus simas y un encaramarse a sus cimas, la exploración total de la realidad en todas sus dimensiones.
Para Weber, el rechazo del mundo comienza con el sufrimiento y la injusticia, la caducidad, la inseguridad, la frustración de las expectativas de sentido. Sin embargo, nada de estos elementos negativos parejos (sin duda) a le experiencia vital, son rastreables en Agustín. Dios no es una compensación para él, fiscal en su querella contra la vida, sino una aspiración esencial de trascendencia, un deseo humano de elevarse sobre la naturaleza biológica en pos del espíritu y la disolución del individuo en la totalidad, la plenitud del Uno, el olvido de sí: “No fue casto porque las uvas fueran demasiado altas, más bien, las disfrutó todas.”1

Siempre me ha impresionado el imperativo agustiniano: “Ama, y haz lo que quieras”.



Sabemos por la neurociencia, que el hombre es un ser que escapa al presente enredado en una miríada de preconcepciones, supuestos, anticipaciones que le asaltan ante cada situación, le arranca del instante y proyecta de continuo a un futuro próximo contemplado como pura posibilidad, racimo de opciones porvenir: reconstruimos la escena del crimen en función de nuestras expectativas y sólo de ellas, y al final, vemos lo que queríamos ver, encontramos lo que queríamos encontrar, nos convertimos en aquello que una vez anhelamos.
Mata el anhelo y matarás al hombre. O encadena el anhelo a un smartphone, una cinta andadora o una sombrilla, a la obstinada materialidad de las cosas, que es otra respuesta a la enemistad con la vida. Otra forma de matar la humanidad.
¿Qué mayores enemigos de la vida que esa legión deambulatoria que colapsa las grandes superficies en fiestas de guardar?

Recapitulando, el hombre es un ser proyectado siempre hacia algo que apunta más allá de sí mismo, hacia lo que quiere, al objeto de su deseo. Pero, el hombre suele querer lo que puede, ¿por qué no iba a apuntar la Voluntad hacia el infinito? Cuando el hombre no quiere lo que puede, se abre un hiato en su seno que envilece su humanidad, lo aliena, reduce su condición a la de un ser precario, menesteroso, idiota.

Alma mía, no aspires a la inmortalidad, pero agota el campo de lo posible.” Paul Valery (padrino de este blog)
Y lo posible es todo lo concebible, la afirmación de todas nuestras facultades, su ejercicio y el disfrute de sus productos.

Goethe nos dice: “El que quiera infinito, que busque en todas las direcciones.”

Nueva invitación a agotar el orden de lo real en todas sus dimensiones, a sobrepujar las lindes empobrecedoras de lo material, sin demonizar el placer, sin sentir rencor contra el devenir, sin rehusar el dolor que conlleva, aceptando el miedo, mirando a los ojos del abismo sin el pobre recurso a la estrategia del avestruz. Sabiendo que para obrar hemos ir ligeros de equipaje, “casi desnudos,/ como los hijos de la mar”. Sabiendo que, soltar amarras implica el ejercicio de una violencia mínima, pero violencia al fin, que toda elección es también una renuncia.
Que toda reunión es ya una despedida.

En última instancia, el sentimiento religioso, la reflexión filosófica y el arrobo estético nacen del fontanal de la admiración, la sorpresa, la curiosidad inicial, adánica, ante la existencia de un mundo, que es pudiendo no ser, sin razón aparente.
(Nos levantamos y, ahí está todo, ¿por qué?. Vaya usted a saber, pero es un pasote).
Luego valoramos tal hecho como positivo o negativo (el modo de ser de la vida siempre es axiológico). Si lo primero, afirmamos el orden de lo real y buscamos la disolución mística en el mismo (inmanente o trascendente, tanto da); si juzgamos la esencia del mundo proterva, huimos de él amparados en el arte (Schopenhauer)

¿Y si, ni una cosa ni la otra?

Es lo más frecuente la verdad, pero hombre, no debe ser tu caso, pues no habrías llegado al final de este texto.



1Rüdiger Safranski, EL MAL o el drama de la libertad, 2005, TUSQUETS

martes, 3 de abril de 2012

ZOMBI Y FILOSOFÍA.





Es responsabilidad de todos conservar la humanidad, venía a decir (cito desde mi mala memoria) un personaje durante uno de los últimos capítulos de The Walking Dead.
Naturalmente no se trataba de una perogrullesca apelación a la supervivencia de la especie.
No.
Se trata de decidir si se quiere seguir siendo persona (en el sentido de ser racional capaz de un obrar ético de acuerdo con unos fines previamente elegidos, residan estos fuera de la propia acción, eudemonía, o en la acción misma, algo propio de la ética formal kantiana.), a despecho de un mundo herido de muerte que obliga con frecuencia a cruzar la delgada línea roja que separa a los hombres de las bestias.
Y sabemos que cuando se cruzan un cierto número de veces (tampoco demasiadas), las líneas se acaban borrando. La vida no debe preservarse a cualquier precio, parece decirnos, de lo contrario, la humanidad sucumbe, y aunque siguiera habiendo vivos, el hombre sería un recuerdo, una memoria lejana, un eco que nadie podría escuchar.
La auténtica extinción de la especie se daría en el plano del noúmeno, el ámbito del espíritu y la libertad.
La cuestión siempre es la misma: ¿queremos ser hombres? Ser alimaña es fácil pero, ¿queremos realmente ser hombres?
Sirva esta pequeña reflexión (con la que puede estarse o no de acuerdo) para introducir el tema del día.
(Joder tío, Kant y zombis en un mismo párrafo)

Lo verdaderamente aterrador es la desaparición del orden. George A. Romero.



Estas voraces criaturas, que somos nosotros, transitan con paso errático pero firme, desde fechas ya no tan recientes, por películas y series televisivas de notable calidad, páginas de novelas gráficas o no (como la estupenda Guerra Mundial Z, cuya adaptación a cargo de Marc Foster, se estrenará a finales de año); para colmo, ANAGRAMA se rinde y premia un ensayo sobre filosofía zombi que aún no he leído pero que caerá en breve; menudean incluso manuales de supervivencia que colapsan la red, universidades suecas costean estudios serios acerca de las opciones de la humanidad en caso de plaga, y los más precavidos, ya disponen de refugios en sus casas.
Así que yo, entre sorprendido e impaciente con la promesa cierta de un Apocalipsis que nos permita ir saltando sesos por el vecindario, cuelgo en esta mañana del Lunes Santo un interrogante (con acento luso): ¿Por qué?, ¿por qué?

¿Por qué ahora?
Con la cercanía del cambio de milenio, las fantasías apocalípticas se dispararon bajo los más diversos ropajes: desde la clásica amenaza sideral de alienígenas de aviesas intenciones y peores modos, a la más probable, en forma de asteroides desbocados que surcaban el espacio con destino a la Tierra. La ficción se utilizó en ocasiones para aplicar severo correctivo a las posibles negligencias de la ciencia o avisar acerca de como la mala gestión del medio ambiente puede desencadenar el fin, en ambos casos la mayor novedad es que se domicilia en la humanidad la responsabilidad de su propio eclipse. Conclusión lúcida.
Bien es cierto que lejos de desazonar (dudo si alguna vez tuvieron esa intención), tales ficciones, provocan de sólito un inmenso regocijo al ver que el final es unánime, que el garito chapa para todos.
Parece ser que la conciencia del fin forma parte de nuestro zeitgeist, quizá porque occidente está harto de sí mismo, convertido en una cultura de postrimerías, de pastiche y crisis endémica; una cultura cansada de ipods, ipads y tablets que apenas alcanzan a mitigar el tedio, la depresión, vecina, cuando no instalada ya en el dormitorio, el anhelo de un respiro liberador de tensiones, malestar y mala sangre, se formula por doquier entre el temor y el temblor: Dies Irae!
Esperamos a los bárbaros, que bien podrían ser muertos vivientes que nos castiguen por no saber que hacer con el tiempo que nos queda, con el Ser.
Desde Antonioni a Foster Wallace, el aburrimiento es síntoma del mundo “desarrollado”.
Desde San Juan, esperamos, esperamos...

¿Por qué zombis?
Porque el zombi es el reflejo bastardo de todos y cada uno de nosotros, la humanidad reducida a un fin más primordial, una regresión a la voluntad indiferenciada de la especie, la disolución del yo en el apetecer ciego: la evolución abolida.
Porque al ser el zombi habitación de una voracidad que no sirve a necesidad fisiológica alguna, cifra la paradoja del consumista actual y su industria ciega, intransitiva, del hombre alienado en los objetos que almacena y le encarcelan, sobre los que proyecta su identidad, donde su identidad declina.
Catequista del desencanto, el zombi celebra el potlach último de una cultura caníbal que sólo espera vaciar las tripas sobre la otomana para seguir engullendo. En el vampiro pervive un reducto de metafísica, el licántropo tiene sabor a maldición y folclore; el zombi es el monstruo post-moderno, surgido del materialismo y la Guerra Fría, las grandes superficies y los gadgets tecnológicos.
Es la casa deshabitada, un ser desalmado e infinito.
No es posible redimir al zombi, no es posible amarlo, ni tan siquiera odiarlo. No es un monstruo trágico fruto de la Caída, la labilidad humana, la hybris. Es una rebelión de la naturaleza, una violación onanista de sus leyes, la solución final contra la humanidad.
Sólo a la física rinde cuenta la corporeidad obstinada y hedionda del muerto viviente: sucumbe a la oxidación, el fuego y el metal.
No pongas en práctica ritos de exorcismo, el zombi es ateo. Se comerá el hisopo, la estola y el rosario del Padre Merrin, antes de comérselo a él.
Su conducta no es razonable, de su boca no afloran más que gruñidos, sus ojos no reconocen al ojo que los mira, al otro que suplica y ruega por su vida.
Pero fueron hombres y mujeres y niños. Aunque lo olvidaron y parece que invitan al vivo a que haga lo propio.
La masa informe de muertos testimonia además el fin de la individualidad, el triunfo de la masa, la disolución de lo que singulariza a cada sujeto en un vasto propósito común: el sueño cumplido de la sociedad de consumo, de multinacionales y publicistas, de Telecinco e Interconomía.
En la Última Cena, Cristo condena a la humanidad ofreciendo su carne y su sangre. Sabemos desde entonces que el pan y el vino eran un cebo, no bastarían para saciar el hambre.

¿A qué tememos en realidad?
Tras el ostracismo del espíritu y el hiato abierto en el seno del hombre en el siglo XIX, triunfo del Positivismo, culmen de la traición a la trascendencia por cortesía de la prevaricación de las ciencias empíricas, se busca una unidad vicaria a la natural que haga soportable la situación, armonice los egoísmos particulares, que embride el desorden aún al costo nada desdeñable de la justicia.
 Escila y Caribdis: entre ambas se debate el Estado desde entonces.
El Estado es una organización surgida del instinto de supervivencia, solución a la voracidad caníbal de los lobos condenados a coexistir, más o menos, pacíficamente. Mientras las leyes coercitivas que aseguran el orden, rijan. Después, cuídate del vivo como del muerto.


Ya lo dijo el maestro Romero, padre de la criatura y uno de los más lúcidos ensayistas de la Post-modernidad: Lo verdaderamente aterrador es la desaparición del orden.
El zombi es anarquista, sabe que el mayor enemigo del vivo es la ausencia de ley, que los muertos heredarán la Tierra, porque ellos son los mansos: nunca agreden al prójimo, de hecho, ni buscan al vivo.
Conmueve la secuencia inicial de La tierra de los muertos vivientes (The Land of the Dead, 2005; George A. Romero): un grupo de zombis, deambula por un parque, hay una banda que ejecuta con torpeza pero determinación, incluso una novia disfrutando por una eternidad de su día...

-Pero eso no da miedo Marco. 
-Espera, que llegan los vivos. 

domingo, 1 de abril de 2012

MATAR AL PADRE.


El universo es corolario de un acto de violencia total.

Los elementos químicos precisos para la aparición de la vida provienen de las novas, luminosos colapsos estelares, rabiosas explosiones con las que se compensa el desequilibrio entre la fuerza centrífuga y el campo gravitatorio.
Antes de que la luna velara nuestro sueño, el día duraba 6 horas. Tuvo que impactar sobre la superficie de nuestro planeta una lágrima de Melancolía y poner en órbita suficiente cantidad de materia arrancada de las entrañas de la Tierra, para que nuestro satélite cobrara forma y ralentizara el movimiento rotatorio lo preciso. ¡Qué precario es el orden! ¡Qué azaroso, el destino!
Este texto no es más que el triste resultado de mi lucha contra un documento en blanco (Melville acertó a cifrar el mal en el color que es todos los colores; y ninguno)
Y en vez de sangre os lego asépticas grafías que no testimonian debidamente el pulso de la angustia, porque escribir nunca es una opción, y en esta faena, donde se nos va la vida, paradójicamente, la salvamos. Qué cosas.
Toda afirmación es hija de la violencia.

Os quiero hablar de dos películas: Conan, el bárbaro (Conan de Barbarian, 1982; John Milius) y Bandas de Nueva York (Gangs of New York, 2002; Martin Scorsese), que reescriben la figura del padre y obligan al hijo a mirar el abismo, a superar el momento negativo para citarse con la síntesis final que hará de él un super-hombre (Der Übermenchs), la superación de su humanidad pasada y la dolorosa bienvenida a la porvenir; la dialéctica entre el creyente pasivo y el creador poético.
Pero, sigamos el sabio consejo de Jack y vayamos por partes.

Lo que no mata, hace más fuerte.


El padre de Conan (William Smith), ufano por haber alcanzado la aleación del acero, alecciona a su hijo sobre la conveniencia de desconfiar de todo, todo salvo la poderosa espada que tienen ante ellos. Pero cuando el metal no baste para detener el azote de una horda bárbara, Conan acabará el día huérfano y esclavo, camino de una fabulosa industria que, andando el tiempo, le hará valedor de un físico descomunal, encarnado ya a estas alturas por Arnold Schwarzenegger, el siete veces Míster Olimpia, un tipo al que aprendí a respetar con los años.
Conan, al ser liberado, trata de vengar a sus padres y recobrar el secreto del acero.
Sigue el rastro de la serpiente (siempre es la serpiente la que invita a la sabiduría, pero ojo, el saber rara vez conduce a la felicidad como sabemos por Tiresias) y llega, así, a Tulsa-Doom (James Earl Jones), su otro padre. El brujo le comunica un doble conocimiento, a cada cual, más atroz.
El primero es que el acero no vale nada, es el brazo que dirige el golpe, el poderoso. La voluntad que sostiene la espada y que anhela partir en dos al enemigo. Siempre la carne.
Y él ha llegado hasta ahí gracias a su fortaleza, blandiendo la espada herrumbrosa del cadáver de un rey olvidado, hallada por un albur. La dádiva de Crow.
El segundo, aún más doloroso: su padre le dio la vida pero él le ha dado la voluntad de vivir (Milius escribe el guión junto con Oliver Stone, autor que, en su doble faceta de guionista y director, ha ofrecido retratos magistrales de sujetos que tuvieron que afirmar, a través del ejercicio de la violencia, contra el mundo, contra sí mismos, una condición, un carácter: Tony Montana, Stanley White, Ron Kovic, Jim Morrison, Jim Garrison o Micky y Mallorie.
Y como suele hacer un buen padre en esa situación, lo crucifica; para poner de nuevo a prueba esa voluntad.
Por joder más que nada, como suelen hacer los padres.


Y Conan, con ayuda, supera la prueba, va venciendo el estadio negativo, se va librando de él como un reptil de su piel, hasta que en la batalla final, doblegue el metal fraguado por su progenitor: la espada de entonces es rota por el hombre de ahora: el hijo nacido de la tutela de Tulsa-Doom se impone a la aleación.
Aunque no por ello perdona a Tulsa-Doom. Aunque no por ello acepta la seducción de la serpiente, y así, corta la cabeza de su padre con la espada quebrada de su otro padre, quizá, siguiendo el sabio consejo de Zaratrusta: cuando hayáis escuchado mi prédica, alejaos de mí, renegad de mis enseñanzas, maldecid mi memoria.
Si caminando por el bosque, te encuentras con el Buda: Mátalo. No sigas a nadie, no seas eternamente discípulo. El devenir del creyente en creador.
Para afirmarse hay que soltar amarras, caminar descalzo sobre las pavesas de la Biblioteca de Alejandría.
Así, Conan mata a sendos padres, al biológico (arruinando el objeto que le lega) y al espiritual (segando el magisterio que le ofrece), y libre de ambos, comienza a labrar su destino, un destino que le depara la realeza...por sus propios méritos.¡Dios ha muerto: viva el super-hombre!

La sangre debe quedar en la hoja.




Amsterdam tendrá que ver como Bill Cutting(Daniel Lee Lewis) trincha a su padre, el Reverendo Vallon, con dos certeras cuchilladas de carnicero. Amsterdam se promete a sí mismo que lo vengará, que vengará al clan de los “Conejos Muertos”, proscrito en Five Points desde aquel día infausto.
Pero la venganza tendrá que esperar hasta que sea un hombre (Leonardo DiCaprio)
Cuando llega el momento, ha de arrostrar la tentación de hallarse próximo a las mieles del poder, vencer la seducción de sentirse arropado por una vicaria presencia paterna: el “Carnicero” le acoge como a un hijo, el hijo que nunca ha tenido, y él, el hijo de su padre, llega incluso a salvar la vida del hombre que segó la de aquel.
Para más inri, se enamora de Jenny (Cameron Díaz), mujer que una vez fuera su amante por voluntad propia; de hecho, si ella vive es gracias a los cuidados de Bill cuando era aún niña.
Por primera vez en su filmografía, Scorsese condesciende con el espesor dramático, anudando una de las relaciones triangulares más complejas jamás urdidas por él hasta Infiltrados (The Departed, 2006), claro.
Ahora Amsterdam se debate entre un pasado sepulto y el promisorio presente.
A buen seguro que maldijo la dichosa sangre coagulada de la herrumbrosa hoja. Pero la sangre obliga (como la noche) y le toca decidir si sigue en el juego o se retira.
Antes, Bill le ha referido una ilustrativa anécdota: en una refriega anterior, el Reverendo Vallon, le molió a palos, pero le dejó con vida, para que la vergüenza se le enroscara en las tripas. Acaso, para ofrecerle la revancha.
Amsterdam, hijo a estas alturas de ambos, tendrá que desbrozar el doloroso camino de hemorragia y huesos astillados que conduce a la afirmación del sujeto contra sus padres. Y otra certera cuchillada, que empapa, con un chorro cálido y bautismal, su rostro, corta el cordón umbilical que le une a ambos.
Y Nueva Amsterdam nace a Nueva York.

También Nietzsche, ese filólogo que amenazaba con parir centauros por no poder cultivar plenamente al filósofo, tuvo que clavar la tapa del ataúd de sus padres, Sopenhauer y Hegel, para que la voz de Zaratrusta resonara en las alturas de Sils Maria.
Espero tener algún día la fuerza, la confianza, la falta de sensatez de renegar de Niezsche. Por el momento seguimos siendo un servil discípulo. Por el momento.