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lunes, 28 de marzo de 2016

BARRABÁS





1.

Me pirran las epopeyas bíblicas del Hollywood clásico. Son a mi Semana Santa lo que los pasos o las torrijas para otros. Antaño, títulos como “Quo Vadis?”, “La túnica sagrada”, “Los diez mandamientos”, “Sodoma y Gomorra”, “La historia más grande jamás contada” o “Rey de Reyes”, eran programadas con monótona rutina durante estas fechas. Hoy día, cuando los mesías vienen de Kripton o viven en Gotham, las recreaciones de episodios inspirados en la Biblia, resultan anacrónicos y poco idóneos para incrementar índices de audiencias.

Hoy día, aquellos acartonados monumentos a la fe, hipertrofiados por rompimientos de glorias y coros angélicos, no conectan con un público que, si bien sigue igual de necesitado de mitos y promesas salvíficas que antaño, se halla en un paradigma estético antagónico a los de Giotto o Caravaggio. Un público para el que los esquemas narrativos de la novela decimonónica debe ser algo sumamente exótico.

2.

De modo que este año he buceado en mi “dvdteca” a la busca de algún título para crear atmósfera, sentir nostalgia de una fe que perdí allá por los 14. Sentir envidia de aquellos bienaventurados que aún creen que bajo el dolor que se reparte ecuánime en los campamentos de refugiados, el dolor que anida respetuoso en el cementerio marino del mediterráneo,  el dolor que se cernió ayer sobre los niños muertos en Lahore, el dolor que se clavó hace una semana  en el aeropuerto y metro de Bruselas, existe un ser omnipotente y benévolo para el que todo este sufrimiento tiene un sentido, cumple una función, forma parte de un plan que nuestras mentes mortales ancladas en el tiempo, no alcanza a descifrar. Que este, en fin, es el mejor de los mundos posibles.

Así pues, con todo esto en el ánimo y en las mientes, trasteé cajas y anaqueles, y me topé con “Barrabás” (1961), de mi querido Richard Fleischser, cineasta por el que siento especial debilidad. Y pensé que sería buen momento para saldar esta deuda con él (si bien es cierto que la había visto en mi infancia, no lo es menos que apenas recordaba otra cosa que a Jack Palance).



3.

Con dinero italiano y rodada en Europa, Fleischer levanta un filme difícilmente concebible en Hollywood, por su aspereza, honestidad y madurez. La historia tortuosa del hombre que vive porque Jesús muere, comienza con un retrato vívido de la vida licenciosa de Barrabás, que no ahorra en detalles sórdidos ni esquina el carácter lúbrico y brutal del personaje.

Hay que apuntar que la interpretación de Anthonny Quinn es memorable. Su rostro rústico se adecúa al Barrabás ladrón,  violador y asesino. La expresividad y calidez de su mirada, sin embargo, traduce la borrasca interior, la agonía, las dudas, el deseo de creer, la soledad que convoca el silencio de dios. Tramos de un itinerario que, al cabo, le conducirá hacia el destino feliz de la fe, cuando corra la misma suerte que su Mesías.

Desde el principio vemos al personaje rosigado por el parásito de la duda. Primero, asiste a los prodigios que acompaña a la muerte del Cristo en el Gólgota, más tarde, la duda es alimentada en su encuentro con Pedro (Harry Andrews) y los demás apóstoles.

La dilapidación de Raquel (Silvana Mangano), visualizada con un realismo salvaje, marcará un punto de inflexión.














El cuerpo apedreado de la mártir se prolonga en un gesto, la mano de ella busca el contacto de lo invisible que sin embargo puede ver, los dedos extendidos nos remiten al Adán de Miguel Ángel. En su rostro no vimos nunca el miedo, rencor, odio, ni comunica el dolor, solo expresa beatitud, paz, felicidad ante el nuevo mundo que su fe le ha abierto. 

Barrabás advierte que su vida es un castigo, está condenado a vivir por una razón que no acierta a comprender. No es un hombre cualquiera, un dios en él que no puede creer, hubo de morir para que él viviera una vida llena de sufrimiento. El episodio de las minas de azufre, visualiza un infierno más atroz que el de Dante.

“¿Por qué dios no habla más claro?” Protesta en más de una ocasión.

Al final, su destino se cruza en Roma con el de Pedro. Cuando Nerón  incendie la ciudad para justificar la represión posterior contra los cristianos (procedimiento del que tomaron buena nota Hitler o G. W. Bush), Barrabás lo interpreta como una señal del advenimiento del nuevo mundo sobre las cenizas del pagano.

Y al final, su destino será solidario con el del Cristo. Y feliz, como el Jesús nuevamente crucificado de Kazantzakis, se entrega a la muerte.






4.

La potencia de este filme radica a partes iguales en la convicción con que Quinn interpreta a Barrabás, un guión preciso, lleno de líneas de diálogos memorables, y una realización soberbia, vibrante, desbordante de emoción. Decorados naturales, en ocasiones imponentes, con los que se mimetizan los personajes,  gracias a la continuidad que da Fleischer a planos, rozando a menudo el virtuosismo (véase la secuencia de la celebración de Barrabás de su libertad en un prostíbulo y que parece, Welles tuvo muy presente en “Campanadas a Medianoche”, incluida la parodia carnavalesca de la coronación), dotan al conjunto de una animación y una veracidad, inéditas en el género.

Las secuencias del adiestramiento de los gladiadores, en nada envidian a las de “Espartaco”. Su recreación de las peleas en el circo, enfatizando aquellos aspectos bizarros y grotescos, anulan cualquier atisbo de épica y los reduce a un espectáculo sádico que funciona a la manera de retrato sutilísimo de la decadencia moral de la Roma de Nerón.  





En resumen, “Barrabás” es una película admirable, quizá la obra maestra de las epopeyas bíblicas. Y Richard Fleischer, un cineasta que requiere más atención de la que le suelo tributar.

viernes, 22 de junio de 2012

GLOSAS: FUGA SIN FIN







Cuando Rickard (Tony Musante) y Claudie (Trish Van Devere) se reúnen en una secuencia de Fuga sin fin (The Last Run, 1971; Richard Fleischer), el viejo Harry Garmes (George C. Scott) les cede su cuarto y se traslada al que ocupaba Claudie durante la espera.
En el lavabo está su ropa interior en remojo. Mientras Harry escurre las prendas con una torpeza convocada por el pudor y las va colgando del improvisado tendedero que la chica ha apañado, bragas, sostén, pantys, se nos muestra a la pareja en la cama entre una nube de humo, compartiendo gozosa un cigarrillo que apenas aguanta la ceniza que le arrancan las profundas caladas.



De vuelta en el cuarto de arriba, Fleischer filma ahora a Harry, tumbado en su cama a través del boscaje de prendas íntimas, con la mirada clavada más allá del techo, esperando un sueño que no llega.



La ropa interior es una obvia metonimia de la mujer, agente del deseo y vehículo de una fantasía desvelada que inocula el germen de un sentimiento que acompañará y da sentido a los últimos días del viejo driver, si bien no será más que la ilusión del que finge estar con una mujer cuando sólo está con una ramera, y la relación improbable que se entable no pasa de ser una mentira tácitamente pactada, alentada por el interés de ella, avivada por el hábito de él en esto de jugar a creérselo.
El fingimiento se convierte así en la actitud principal de sendos personajes, el viejo y la niña, su modo de ser el uno ante el otro.
A la mañana siguiente, ella le agradece que pusiera su ropa a secar:

-Habría tenido que viajar con la ropa interior mojada.
-No lo quiero ni pensar.

Hacía nueve años que Harry no conducía para delincuentes. Se había trasladado al Algarve aceptando ser una de esas personas que no pertenece a parte alguna y comprado una barca para jugar a ser un pescador que nunca va a pescar. Espanta los demonios de la traición y el abandono en brazos de una ramera, Monique (Colleen Dewhurst) a la que dice en su despedida: No es una ramera la que duerme conmigo, contigo, con él. Es una ramera la que tiene el corazón de ramera. Créeme, sé de lo que hablo. (por cierto, que bella palabra “ramera”, que no sé por qué tiene para mí resonancias bíblicas y es improbable en un doblaje actual)



Y un día, se decide volver al volante, hastiado del simulacro y lenta espera en que se ha convertido su existencia, por ejercitarse, que diría aquél. Pero antes, quizá porque tiene un mal pálpito, quizá por costumbre ante semejantes trances, se confiesa. Cuando se dispone a salir del recinto sagrado, el sacerdote sale a su encuentro y le pregunta si desea el Sacramento: No gracias Padre, ya estoy en paz.
A partir de este momento, el coche se convierte en la extensión de Harry, un viejo BMW del 57, una antigualla, como él mismo. Ahora, el vehículo será metonimia del hombre, y cuando la policía quite la llave de contacto del montón de chatarra en que se ha convertido tras la torpe huida de Rickard, único momento en que Garmes le cede el volante, y el motor se silencie, con un espasmo simultáneo Harry dará el alma, quiero decir, se muere (lo siento, por estas fechas vuelvo irremediablemente al Quijote)



Pero antes de ser acribillado, antes de ceder el coche y entregarse, en un cementerio, pero no en uno cualquiera, el cementerio en el que yacen los restos de su hijito, Claudie se sincera con él:



¿Lo dice para salvaguardar su orgullo o realmente vivió aquel simulacro de romance con plena conciencia, velando por la impostura? Arriesga su vida porque no hay vida más allá que languidecer al sol tibio de la mañana y entre memorias tristes, acaso porque ama con el amor de Spinoza, un amor que no espera ser amado. Puede que lo haga sólo por él, no por el dinero, no por la mujer, sólo por demostrarse que, como su viejo BMW del 57, sigue en forma.

El viejo muere y la niña vive, me parece bien.
Hemos comenzado hablando de objetos que definen personajes. ¿Qué hay de Rickard? Se trata de un asesino profesional al que le preparan la fuga los mismos que quieren liquidarlo. Para Rickard el mundo y lo que contiene no es más que un objeto y él se arroga el derecho de usufructo, especialmente en lo que concierne a Claudie.
Era la novia de su hermano y ahora se la cede a Harry para asegurarse la ayuda de éste. Su relación efímera con el coche, el modo en que lo siniestra, la falta de gratitud absoluta que muestra ante la agonía de Harry, de compasión ante el tipo al que debe la vida, ilustra que estamos ante un hijo de puta integral.

El mundo sería la gran metonimia de Rickard.

domingo, 25 de septiembre de 2011

LOS NUEVOS CENTURIONES.

                                                                                                                Cómo decíamos ayer...


            Los cineastas que engruesan la llamada “generación de la violencia” (Aldrich, Fuller, Siegel, Peckinpah y Fleischer), dio sus mejores frutos –a excepción de Fuller que la dejó pasar en blanco- en la década de los setenta, a todas luces, década de plata del cine norteamericano. La confluencia varias generaciones talentosas y unas circunstancias industriales envidiables e irrepetibles hicieron posible que menudearan títulos memorables, algunos célebres y otros no tanto, pero de igual mérito que aquéllos.
Richard Fleischer llevaba dos décadas dignificando el oficio con obras notables como  La muchacha del trapecio rojo (1955), Los Vikingos (1958) (pieza dilecta de mi infancia ávida de épica) o Impulso criminal (1959), pero no fue hasta finales de los sesenta con El estrangulador de Boston (1968) cuando, según nuestra inmodesta opinión, se desmarca como un magnífico cineasta.
 En los años siguientes filmará Fuga sin fin (1971), Los nuevos centuriones (1972), Antes de que el destino nos alcance (1974)  o Mandinga (1975), entre otras piezas menos logradas. Ensaya diversos registros logrando óptimos resultados en el despliegue de los muchos recursos del buen conocedor del oficio: el habitual pulso narrativo firme de los clásicos conduce una puesta en escena precisa, sabia, prístina, vehículo idóneo para trasladar la complejidad de unas historias que se ofrecían engañosamente bajo la apariencia dócil de cintas de género y que reflejan un universo complejo y nada complaciente, oscuro las más de las veces, altamente inquietante, de un pesimismo notable, algo poco común incluso en su contexto, cuando aún se hacía cine para una audiencia adulta que aspiraba a algo más que llenar dos horas de su vida enredado en un bosque de imágenes narcotizantes (o al menos eso era lo que felizmente creían los que ponían el capital).
Los nuevos centuriones puede que sea la primera aproximación al día a día de los policías que patrullan las calles (Madigan (1968), la obra maestra de Siegel, ponía ya la cámara a pie de asfalto, aunque aún prevalecía el aspecto novelesco sobre el documental, el brillo de la acción sobre las desoladoras consecuencias de la violencia)
La crónica de como se dejan penachos de vida en cada singladura se figura en dos personajes que se encuentran respectivamente al comienzo y al final del mismo tramo. Kinlinski, el veterano, encarnado por un inmenso George C. Scott y Roy, su bisoño compañero, con un Stacy Keach recién  salido del tremedal de fracaso que era Fat City (1971). Estructura dramática que permite desdoblar a un único personaje tipo, si bien las diferencias que singularizan a ambos son notables y más que el paralelismo se dispensa el contrapunto entre sendos retratos. K prioriza su trabajo a la vida y cuando le llega el retiro solo le queda una renta de soledad y olvido a la que renunciará un atardecer con una bala piadosa. Probablemente la mejor secuencia de la carrera de Fleischer y uno de los momentos más estremecedores del cine de la década, tanto por su formulación visual (plano secuencia en el que pasamos de un plano general al inesperado plano detalle del dedo sobre el disparador, bañado en una présaga luz crepuscular que amortaja al personaje), así como por el último diálogo que mantiene con un Roy inadvertido del trance en que se halla su amigo, donde refiere una triste y bella  anécdota sobre el patetismo de la soledad.
Roy tomará conciencia de que hay algo más importante que hacer respetar la ley y lo comprenderá trágicamente justo antes de morir, quizá único momento en el que nos es dable vislumbrar una certeza. Rompe el alma ver la muerte en la escarcha de unos ojos que no se cierran, que parecen clavados en esa última certidumbre que en nada reconforta, que hace más doloroso el tránsito a la nada.
La evolución que sufre Roy, de la ilusión al desencanto, de la creencia de que es posible hacer algo positivo al corolario de nihilismo y amargura por la conciencia de la inanidad de cualquier acción, culmina y se realiza en el amor como único asidero firme en la vida, más allá de ideales y ambiciones, vocaciones y devociones.
Para K la vida se hizo insufrible, Roy se aferra a ella como nunca. Una bala se cruza en el camino de ambos, solo que el primero la busca y a Roy le sorprende una mañana de vuelta del servicio, cuando se disponía a desayunar con los compañeros: “-Lo supo antes de morir, lo supo antes de morir…-“