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viernes, 11 de noviembre de 2016

SO LONG, LEONARD...



1.

Es un hábito. De esos que tanto gustamos los viejos, quizá por la ilusión perpleja que ofrecen, quizá sea el gesto patético que entrañan: intentar de detener el curso del tiempo. Un hábito, la repetición minuciosa y confortable de una rutina que se acaba erigiendo en un ritual que enlaza lo sagrado al tobillo secular del día.

Un hábito más entre una cortina de hábitos: zumo de limón, cereales con soja, café solo y Leonard Cohen. Saludar la mañana con su voz oscura, volcánica, llena de grutas, me genera una perspectiva de entusiasmo difícil de describir. El estropajo de su voz empapada en nicotina, voz cálida que nos acaricia la mañana con su esparto lírico, un susurro repartido en los versos más bellos del mundo, los más tristes versos que destemplan el café y nos  rescatan de algún titular de prensa: la enésima crónica de una realidad triste que se va quedando sin dioses, sin relatos, sin coartadas. 

Y es que, el 2016 nos está dejando un poco huérfanos.

2.

 Llegué a Cohen, como a Bowie, como a Dylan, como a Bach, como al Jazz, como al amor, como a Dostoievski, como al sexo, como al dolor. Sí amigos, también llegué a Cohen a través del cine. Fue allá en el siglo pasado, durante la primavera sombría de mi solitaria adolescencia suscrita a la fantasía y su repertorio de espléndidas imágenes. Fue una tarde de 1995. 
Pocos recordaréis aquel año.

Yo no consigo olvidarlo.

Aquella tarde, en alguna sala gris del cine de una gris y ajetreada galería comercial, pasaban Asesinos natos. Cuando al fin las luces se apagaron y el fragor de los tráilers se refrenó en bruma de fondo y las siluetas ambulantes y tardías que nadan saben de la mecánica secreta de los rituales cinéfilos, dejaron de joder la marrana, una serpiente se asomó a la pantalla. 
Una serpiente, con su flema enroscada y su diablo. Y sobre la serpiente, creció una voz oscura que parecía brotar de su negra lengua bífida. Voz que comenzó a hacer jirones la imagen divergente que estallaba en mil pedazos para crear un universo de simulación y muerte. 
Una imagen que enunciaba en cada una de sus constelaciones afiladas, la espera. 

Pero, ¿espera de qué? 

De un milagro, un milagro diferido en su enloquecida espiral de horrores. Quizá el apocalipsis que anhelaban aquellos dos niños locos y enamorados. Creo que se llamaban Mickey y Mallory, y eran inocentes y hermosos y malditos.

Luego sonó Anthem con su elegía y su pesar:"We asked for signs/ the signs were sent: /the birth betrayed /the marriage spent /Yeah the widowhood /of every government -- /signs for all to see". 

Más tarde, la cinta se cerraba con The Future, esa bendita y lúcida plegaria contra el porvenir, contra la esperanza, contra la utopía: Give me crack and anal sex /Take the only tree that's left /and stuff it up the hole /in your culture Give me back the Berlin wall /give me Stalin and St Paul /I've seen the future, brother: it is murder.”

Decir que aquella tarde experimenté algo así como una epifanía no es sobrestimar la memoria, lo contrario sería traicionarla: lo fue.

Aún pasaron años hasta que Leonard Cohen pasó a formar parte de las páginas de mis días y su estrofa laboriosa de presentes sucesiones de pecados, mentiras piadosas y una vocación escueta y siempre inmadura. Sin culpa y sin pesar, pese al tiempo, ese guionista que descree de secuelas.

Pese a mí y mi boceto inalterable de Dorian Gray provinciano, atareado siempre tejiendo apocalipsis secretos.

Entonces aquella voz de invierno con aroma a café y tabaco rubio y besos de mujeres hermosas me fue dejando sus versos. Versos en sazón que siembran el otoño, versos que ya debían existir cuando aquel olvidado y triste dios subalterno con manchas de soledad en la memoria, creó este mundo: “Those who dance, begin to dance /Those who weep begin /Those who earnestly are lost /Are lost and lost again.” 

Y una mañana, esta misma mañana, para ser precisos, mientras oficiaba una misa a las buenas costumbres dietéticas sobre el fondo sonoro de mi evangelista maldito...

I’m slowing down the tune
I never liked it fast
You want to get there soon
I want to get there last

...condesciendo con el deber de estar medianamente informado de las chanzas que aquejan al sainete de la actualidad, y entonces leo. Leo sin comprender del todo. 
Y mientras:

It’s not because I’m old
It’s not what dying does
I always liked it slow
Slow is in my blood

Más tarde, en el coche, sin comprender del todo:

You who wish to conquer pain,
you must learn what makes me kind;
the crumbs of love that you offer me,
they're the crumbs I've left behind.
Your pain is no credential here,
it's just the shadow, shadow of my wound.

Y después, en el despacho del departamento, empezando a entender:

Everybody knows that the boat is leaking
Everybody knows that the captain lied
Everybody got this broken feeling
Like their father or their dog just died

Everybody talking to their pockets
Everybody wants a box of chocolates
And a long stem rose
Everybody knows

Y en el coche, de regreso de un mundo donde Heráclito y Platón aún importan:

You say I took the name in vain
I don't even know the name
But if I did, well really, what's it to you?
There's a blaze of light
In every word
It doesn't matter which you heard
The holy or the broken Hallelujah


Y ahora, mientras anochece y escribo con un café vesperal:

And here is the night,
The night has begun;
And here is your death
In the heart of your son.

And here is the dawn,
(Until death do us part);
And here is your death,
In your daughter’s heart.

Y así creo que seguiré el resto de mis días. 

Quizás esta noche revise aquella cinta olvidada de Oliver Stone y que yo adoro. Y mañana, aún de noche, con mi zumo de limón recién exprimido y mis cereales y el café humeante, quizá perpetre una transgresión y  encienda un cigarrillo antes de dejar que su voz inunde mi cuarto y meza esta extraña aflicción de noviembre y literatura que me va dejando una mueca como a Ismael cuando decidía que iba siendo hora de embarcar.


Y luego escribiré -¿qué otra cosa puedo hacer? -, escribiré como siempre, con el viejo fauno cerca, recordándome por qué vale la pena escribir, susurrando mentiras, minuciosas y hermosas mentiras sotto voce: las únicas verdades en que creemos los que nos vamos quedando, noviembre tras noviembre, huérfanos de dioses. 

So long, amigo. Federico se alegrará de verte.  


sábado, 15 de octubre de 2016

EL NOBEL GANÓ A BOB DYLAN







“But I'll know my song well before I start singing”.
Robert Zimmerman


En ocres noches otoñales, entre volutas de Lucky y disturbios de Absolut, solía sentenciar aquello de: el Nobel se quedará sin Bergman, sin Cohen y sin Bob Dylan. Tres maestros de la palabra, aunque se nos acerquen por canales distintos de aquellos que consideramos “literarios”.  Tres maestros de la palabra que habitan en cada uno de los ricones de nuestro zaguán lleno de palabras, palabras, palabras.

Solía decir, hasta hace un par de mañanas. Bien, por suerte el Nobel ha rectificado. Hasta donde le ha sido posible. Sin embargo, a mi entusiasmo inicial, el aplauso rabioso por la valentía de la Academia en premiar a un escritor/músico/cineasta/pintor que se erigió en una de las figuras más importantes de la cultura popular de la segunda mitad del siglo XX, ha seguido una cierta indefinible sensación que se reparte entre el cabreo y la tristeza (a medida que el tiempo pasa, prevalece la segunda), consecuencia de una casi unánime reacción poco o nada favorable.

Pues bien, al poco edificante impulso inicial que me puso ante el anatema o el insulto como respuesta visceral a la monótona batería de argumentos esgrimidos para descalificar la elección, en muchos casos, desde una condescendencia bochornosa, sigue el más sensato y provechoso intento de comprender las causas por las que desde diversos estamentos (el “intelectual”, las redes, el café del recreo con los compañeros), la incredulidad, el estupor o la hilaridad son la nota dominante.

1. Entre un público, digamos, poco o nada lector, el término “literatura” se asocia a una labor críptica, hermética, propia de iniciados, perdida para siempre en lejanos pupitres de los años del BUP;  actividad llevada a cabo por señores serios y solemnes, que necesariamente se plasma en negro sobre blanco, y su producto, fatalmente se destina a ocupar algún estante del salón. Sin embargo, que la palabra en cuestión se asocie a alguien que desempeña una actividad cercana, “cotidiana”, como la música o el cine, se interpreta de dos modos. O bien no hay nadie mejor dentro del primer grupo, en cuyo caso la chanza está servida. O bien, lo señores del jurado se excedieron con los licores digestivos luego de la reunión y antes del voto. En cuyo caso, la chanza está servida. 

Lo triste es que, el intento de premiar una forma de expresión literaria popular, sea zaherida por sus propios receptores, el populus, quién más que nadie debiera apreciar que la Academia descienda a pie de escenario. Sería fácil domiciliar la causa de lo anterior a la falta de conocimiento de las letras de Dylan (ignorancia del idioma, carencia del instrumental adecuado para descodificarlas, etc.) O simplemente, porque no interesa. Porque Dylan lleva décadas sin pertenecer a la cultura popular más que nominalmente. Porque a Dylan se le escucha más entre un público lector que entre el gran público consumidor de Pop Music.

Esto sería lo fácil. Y esto fácilmente podría ser visto como un desliz por mi parte en la tan frecuente falacia ad hominem. Por eso, apunto otra razón más aviesa, más plausible: el gran público es conservador y se desprecia, desprecia sus diversiones y necesita el modelo inconmovible, el espejo deformante de la alta cultura que refleje el légamo de la ciénaga donde nada gustoso. Todo acercamiento de este mundo heterogéneo y prestigiado a la bullanga y jaleo que delimita su agitación febril, revierte paradójicamente en un desprecio hacia aquel. El mismo desprecio del que se sienten objeto los miembro (auto)excluidos de la alta cultura, es devuelto con el acuse de recibo de una mueca babeante y simiesca de hilaridad. Así lo he visto repartido por memes y fronteras.   

2. Entre un público, digamos, lector, realidad nada homogénea que abarca desde el lector noctívago de almohada y beselers, al lector académico de papers y actas, o el lector heterodoxo y voraz; entre este público, digo, encontramos con previsible monotonía, las siguientes reacciones. 

El primero arquea las cejas tratando de dar expresión al estupor: “un cantante Nobel de literatura. UN CANTANTE”. Este sujeto suele ser el mismo que, aunque carece de las competencias para bucear en un Quevedo, un Joyce o un DFW, prefiere siempre la novela a la película. El segundo, arruga el ceño erudito luego de dejar las gafas de pensar de cerca sobre el María Moliner. Él prefería al poeta palestino o al ensayista kazajo, escritores de raza y no un señor que, por buenas canciones que haga, no es Dylan (Thomas). Y ríe su propia ocurrencia ante el busto de San Isidoro de Sevilla. Entre los que considero del tercer grupo, lectores sin género, ni destino, ni método, más proclives al disfrute de una amplia variedad de manifestaciones artísticas y al pensamiento de todos los códigos sin una jerarquía concreta, he leído casi de todo. Aunque por lo general, con veredicto favorable. Aunque, por general, con un cierto manifiesto complejo a pronunciarse.

Así las cosas, se hace preciso elaborar un diagnóstico. Pero antes recogo una duda: alguien puede legítimamente objetarme si no me planteo por un instante la posibilidad de que mi postura sea equivocada y me esté dejando llevar por mu pasión dylaniana, y la Academia haya menospreciado la obra de Roth, Kundera, Handke (lo de Murakami sí que me parece un chiste) y hecho un guiño facilón a la cultura popular, en cuyo caso, la ola de desconcierto concretada en diversas reacciones, estaría más que justificada. A esta objeción, respondo con el diagnóstico anunciado, dando por sentado que, para cualquiera que haya escuchado y leído las letras de Dylan (obvio su novela Tarántula, bastante mediocre), primorosamente editadas hace unos por Alfaguara, tiene noticia de la riqueza temática, la variedad tonal que transita por el lirismo, el tono elegíaco, la ironía, el humor ácido, burlón, absurdo, surrealista, o la lucidez y el desgarro, repartidos en una imaginería de gran plasticidad a lo largo y ancho de sus 1200 páginas. Pero vayamos con el diagnóstico prometido.

Parte del problema, pienso, habita en el prejuicio (en sentido hermenéutico) que gira en torno al concepto mismo “Literatura”. Concepto difícil de definir…o extremadamente fácil. No resultaría demasiado arduo compilar un par de cientos de definiciones. En cualquier caso, tengo la impresión que el lector espera siempre le definan de antemano el texto que recibe, para leerlo en un sentido u otro. No hace demasiado, alguien me decía que desconfiaba de la calidad de lo publicado en un blog. ¿Su argumento? Cualquiera podía hacerlo, no había “filtros”. Es decir, el blog, por ser un formato, digamos, “democrático”, accesible, gratis, es sopechoso, poco serio. Y así, debemos recibir su contenido. Parece ser que, la calidad del texto en cuestión, es asunto del que este lector (y tantos otro) se desentiende. Prefieren delegar su criterio en esa figura ambigua que es el editor. Sabemos que hay editores excelentes, magníficos lectores. Y también hay editores amigos de sus amigos. Hay editores amigos de la co-ediciones, subvenciones, etc. El criterio editorial es oscilante y se ve sometido a múltiples variables, ergo, el lector mismo debe o debería erigirse en último “filtro”.

De igual modo, el receptor (culto, semiculto, semi-analfabeto funcional, etc.) se muestra predispuesto a tratar como literario un texto impreso antes que uno en formato digital. Algo parecido ocurre con los guiones cinematográficos (que alguno se edita) o canciones de los llamados canta-autores (Waits, Cohen, Sabina). En este caso, el texto se recibe en su provisionalidad como pretexto para hacer música, construir imágenes, nunca algo autónomo, amén de ser manifestaciones de un arte popular al que el lector “serio” se acerca desde una curiosidad condescendiente durante su tiempo de ocio. “Literatura”, dice, son palabras mayores, y tolera mejor que el galardón vaya a parar a un escritor mediocre que a un elemento foráneo, un sujeto ajeno al Parnaso.

Y yendo más allá, vemos como todo gira en torno a la consabida cuestión de las fronteras entre “alta cultura” y “baja cultura pop”, frontera sujeta a épocas y convenciones pero que parece ser, importa delimitar, como si no fuera posible habitar un único espacio donde Sófocles se dé la mano con Tarkovski (según aquella lógica, el ruso es un artista pop: frecuenta un arte de masas), o Proust con Nick Cave, y todos asistan al enlace entre Shakespeare y Andy Warhol. 

En este punto, alguien podría objetar, con razón, mi querencia por Harold Bloom y su teoría del canon, teoría que  tengo por una foto fija del estado de la cuestión en un periodo determinado, nunca un arquetipo inamovible, algo que sería absurdo, sino sometido a revisión, y que gestos como el de la Academia, flexibiliza. La reacción de Bloom contra los excesos de los cultural studies necesariamente reviste su obra de un enfático dogmatismo, cuando su alcance real no pasa de ser una propuesta transitoria, nunca una impugnación de las tesis más fundadas de aquellos, solo una necesaria puesta en cuestión que nos ha servido infinidad de veces de guía de lectura.

Y al final, todo gira en torno esa espinosa pregunta de cuya respuesta queremos, unos y otros, apropiarnos:  ¿Qué es literatura?

Creo que la Academia ha dado un paso de gigante en ambos sentidos. También creo que no le va a salir gratis. Pero creo firmemente que en pocos meses los perros dejarán de ladrar y solo nos quedará el reconocimiento a un talento excepcional. Como dice Cohen hoy en una entrevista a propósito de su último disco: “Para mi es como ponerle una medalla al monte Everest por ser el más alto del mundo”.

No voy a recordar la dimensión de la figura de Dylan o defender las virtudes de su escritura, los que lo conocen bien, lo saben. Los que no, que sigan a lo suyo. Pronto se aburrirán: "...it's alright, Bob, it's life and life only”

En todo caso, superada la tristeza a la que aludía antes, merced a la virtud medicinal de la escritura, supongo, me reafirmo, hace dos días se rompieron muchos diques. El año en que David Bowie nos dejó, el otro gigante, es reconocido con un galardón que mira al futuro.  
El tiempo lo dirá. Ahora me quedo con unos versos donde cabe el mundo: “The harmonicas play the skeleton keys and the rain/ and these visions of Johanna are now all that remain.”


Si esto no os parece literatura, y de la buena, decidme. 


martes, 23 de julio de 2013

LA VENGANZA DE ULZANA.











Cada cultura, citando a Foucault, se erige a partir de la exclusión de unas determinadas posibilidades.

  1. La posibilidad de la Historia descansa en la decisión de arrojar la sinrazón.
  2. Y la ratio occidental se funda en una escisión entre lo mismo y lo otro.
  3. El mito es el relato de un acontecimiento fundador que opera a través de la traducción lo otro a la lengua de lo mismo.

En la colonización de América el indio constituye esa realidad incomprensible, irracional, absurda, pintoresca, extraña, monstruosa y antagónica que debe superarse en una síntesis en la que su heterogeneidad sea asimilada al logos del europeo.
Al colono español se le entregaban tierras con cierta cantidad de esclavos, a cambio contraía una obligación, enseñarles la lengua del Imperio y el Evangelio. El proselitismo del católico contribuye a que el genocidio no se consume, a diferencia de lo que sucede en el norte con nuestros vecinos protestantes.
Para el católico el indio es una criatura disminuida pero con alma, un ignorante al que hay que salvar a través de la palabra de Dios, que es el español (ya lo dijo Carlos V), a menudo, un cuerpo con el que fornicar y cruzar las razas, nunca una otredad radical y sin remedio que deba ser extirpada.
El protestante en la producción de la identidad de sí mismo, repudia lo que no se deja reducir, incluir o someter a esa identidad guiado siempre por un criterio de eficiencia productiva. De modo que la posibilidad del aborigen no se contemplaba.
Max Weber mostró el modo en que la ética protestante y su rechazo de la doctrina del libre albedrío favorece la búsqueda de provecho económico más allá de lo necesario para vivir, señas de identidad del espíritu capitalista. Al ser mi concurso innecesario para salvar el alma me centro en los negocios y del grado de su éxito deduzco el nivel de satisfacción divino.
Enlace entre ambos fue oficiado bajo un concepto restringido de racionalidad, la racionalidad instrumental que define Horkheimer, herencia del espíritu ilustrado y fundada sobre una lógica del dominio. Ya se trate de generar beneficios o matar seres humanos el único criterio axiológico de la razón instrumental es el de eficiencia en la producción.
Lo mismo que ahora nos pide ese pobre idiota que tenemos de Ministro de Educación, producir, producir y producir para consumir y seguir produciendo en la lógica delirante del potlach maldito de los tiburones que acaban despedazándose entre ellos. Su dios le perdone.

La razón instrumental es un mito más, como los mitos mayas, como el cristianismo, como toda la Historia occidental, pero un mito que se presume verdadero, que se impone como dogma, su adecuación a la realidad (otro mito) se mide por su eficiente capacidad productiva. Es decir, la racionalidad es una ideología muy puñetera.










La venganza de Ulzana (Ulzana´s Raid, 1972)

La sombra del racismo planeó siempre sobre Ford. La razón es clara, Ford no falsea los hechos aunque asumiera su mixtificación como elemento basilar de una cultura. Ford nunca edulcora ni domestica al indio, no veremos en sus películas buenos y bellos salvajes con el rostro de Burt Lancaster, Debra Page, Charlton Heston o Elsa Martinelli. Los indios de Ford son los últimos indios que le quedaban a los Estados Unidos. No encontraréis en sus filmes condescendencia, paternalismo, folclore que satisfaga la curiosidad etnográfica del respetable. Ford no trata de reducir al indio a lo mismo, esto es, a un blanco civilizado, o lo que se supone que es un blanco civilizado, con plumas y piel cobriza, costumbres pintorescas y una candidez bobalicona.
El racista es Malick en The New World(2008) que destruye al otro al revestirlo con unos valores ideales, al darnos a un indio que nunca existió más que en la imaginación del teórico ilustrado. El rousseaniano para amar al indio necesita reconocerse en él, pero no tal y cómo es, sino cómo le gustaría ser.
Y lo que calla el rousseaniano es la consecuencia inevitable del desencuentro.

En la estela de Ford se sitúa Aldrich en Ulzana´s Raid, casi la conclusión de una trilogía secreta formada por The Searchers(1956) y Two Rides Together(1961).

Todo estaba ya en la obra magna del irlandés, el odio irreconciliables entre dos culturas cuya supervivencia dependía del fin de la otra. Sin embargo, al final se llegaba a una solución de compromiso un tanto complaciente sin por ello “cerrar la puerta” al conflicto cultural que ya presentíamos.
Era en Two Rides Together donde se nos mostraba de forma descarnada lo que sería el regreso de Debbie a los “suyos”, el repudio social a la cautiva que elije la vida al lado de un indio en vez de un suicidio honroso y la máxima expresión del sueño de la razón de Rousseau, la realidad del otro no es reductible más que haciendo uso del más eficaz instrumento civilizador: la horca.

En Ulzana, Aldrich confronta los prejuicios bienintencionados del Teniente bisoño DeBuin (Bruce Davison) recién salido de la Academia e hijo de pastor lector de Bartolomé de Las Casas con una realidad para la que no estaba advertido: el indio de carne y hueso. Asistiremos a una crisis de valores motivada por el testimonio irrefutable del minucioso y esmerado ejercicio de la crueldad apache que le hace incubar un odio ciego antes de empezar a comprender y aceptar.
En el otro rincón, en una estructura cara a Aldrich, su doble sabio y vetusto, Makintosh (Burt Lacanster), explorador que conoce la realidad del indio y vive con una apache.

Una de las obras capitales de Aldrich es Apache (1954), alumbrada al viento favorable de la excepcional Broken Arrow (1950, Delmer Daves) Ambas ofrecían retratos “progresistas” del indio que tanto gustaba a los franceses. El aborigen aparecía como una víctima del Witheman, y su violencia, consecuencia inevitable de las tropelías sufridas.
Más allá de las virtudes indiscutibles de sendos filmes, el discurso que articulaban era un tanto simplista al ser la otredad asimilada a los usos y costumbres del anglosajón buscar así la identificación del público con el sufrido indígena, interpretado ni más ni menos que por la sonrisa más bella de Hollywood, Burt Lancaster.

Pero el tiempo pasa y los grandes maduran, y la madurez en los grandes, sólo en los grandes, es sabia y no transige con las mentiras aún siendo hermosas, y Aldrich no estaba en los setenta para complacientes y bienintencionadas fábulas. Ulzana´s Raid es seca y brutal como el desierto de Arizona. En Peckinpah la violencia es un modo de ser de sus personajes, un rasgo de su carácter y extensión de los valores que suscriben, una forma digna de salir del mundo cuando el mundo ya no es digno. Por eso Ulzana´s Raid s es más violenta que Wild Bunch, porque no hay épica, no hay belleza, sólo absurdo, sólo la mirada dolorida de un niño ante el paso de los que han hecho que un soldado tuviera que matar a su madre para que ellos no la violaran hasta la muerte.
El guión de Alan Sharp, una verdadera obra maestra, dispone sendas conversaciones entre DeBuin con Makintosh, Ke-Ni-Tai (Jorge Luke) y el innominado sargento que encarna el habitual Richard Jaeckel para ilustrar los movimientos del alma del muchacho a lo largo de la expedición, convertida para él en una auténtica lección magistral tanto de táctica militar como de la condición humana.
Makinstosh no pretende reducir la problemática existencia del otro a sus expectativa, actitud infantil que sólo genera frustración y conduce a tomar malas decisiones. El primero que cometa un error tendrá que enterrar un cadáver. Makintosh representa la afirmación desapasionada de la diferencia, la actitud pragmática del que no ambiciona cambiar las cosas.
Mario Bunge dijo con ironía que la izquierda no cree en la realidad pero aspira a cambiarla, pues bien, Makintosh sería conservador.





Ke-Ni-Tay ofrece una justificación mítica de la carnicería apache, es decir, reduce la al otro al discurso de los suyos. Los guerreros absorben la fuerza vital de sus víctimas y según sus creencias incrementan un poder debilitado tras la larga permanencia en la reserva.
La crisis de DeBuin le está conduciendo a traicionar los principios evangélicos del perdón en los que se ha educado. El Sargento le espetará con una franqueza rayana en la brutalidad que Jesús nunca tuvo que arrancar a un niño de un cactus y esperar dos horas a que muriera para poder enterrarlo. Nadie logrará que ofrezca la otra mejilla a un apache. DeBuin, ve el mismo odio que le corroe reflejado en las palabras de otro, se reconoce en ese alma purulenta de rencor y dispondrá ya del terreno propicio para vencerlo, especialmente cuando sus soldados se dispongan a sacar las entrañas a uno de los indios abatidos.
Lo que de veras le disgusta es comprobar que el blanco se comporta igual que el apache.

Aldrich, que no en vano fue ayudante de dirección de Renoir, nunca juzga a sus personajes, por el contrario hay siempre una gran piedad hacia ellos. La conducta despótica o abiertamente imbécil de DeBuin se explica por su frustración, la profunda incomprensión de un territorio salvaje que no estaba recogido en el mapa que la religión le había trazado de la condición humana le lleva a tratar injustamente a Ke Ni Tay o a desoír los sabios consejos de Makintosh antes de comenzar a aceptar. De igual modo, pese a las atrocidades que cometen, la partida de Ulzana nunca nos llega a resultar odiosa. Una extraña dignidad reviste al jefe de los renegados, advertimos una profunda comprensión y solidaridad en el dolor entre la mirada que intercambia su hijo con el chico que abraza el cadáver de su madre. No es necesario buscar una coartada explícita a los actos de los indios, la historia es de sobras conocida.
Llegado el fin, Ulzana rehúsa luchar contra Ke-Ni-Tay, acepta su destino, su hijo ha muerto y está sólo en el mundo, entona cánticos a sus dioses para disponer su alma en espera del tiro que le reúna con sus antepasados.
Con la misma serenidad “consiente” Makintosh, haciéndonos eco de la expresión de The River. La celada que le tienden a los apaches emboscados en el desfiladero resulta a medias. El grupo de DeBuin llega cuando la patrulla-señuelo ha sido aniquilada por el fuego cruzado. Makintosh, herido de muerte, lejos de reprochar su tardanza al joven teniente le consuela: Demonios, todo el mundo tiene derecho a equivocarse.
Verdadera lección de piedad cristiana la que le da el ateo al hijo del predicador.

Y allí, en ese paisaje hermoso y terrible, quizá ya en México, bajo un sombraje improvisado, entre crótalos y escorpiones, un hombre excepcional, el mejor explorador de Arizona (jamás salvo en Il Gatopardo ha estado Lancaster tan grande) espera a la muerte liándose un cigarrillo (ni eso ha sido capaz DeBuin de hacer por él).





Es miércoles, aunque no lo parezca y nadie me lo haya preguntado.



Epílogo.

Creo que es justo atribuir una doble paternidad de Ulzana a Aldrich y Sharp, no en vano la obra maestra, yo así lo creo, del cineasta de Rhode Island, viene armada sobre uno de los mejores guiones posibles.
La historia dispone escenarios y situaciones conocidas sin caer en la amalgama episódica o el revisionismo, en un momento en que sendas estrategias menudean. Diálogos magistrales, irónicos y afilados elaboran sin solemnidad un discurso de gran complejidad, donde, sin embargo, mucho es lo que se calla y se expresa a través de esos elocuentes cruces de miradas.
La narración, planteada como una partida de ajedrez en la que los caballos tendrán singular importancia, avanza con pulso firme hacia el Mate a las negras, con gran sacrificio de las blancas, de entre ellas, la Reina.
Al final, se da la gran ironía de que es un azar el que precipita la salida de DeBuin al encuentro de Makintosh, aunque sea tarde y mal. Era tarde ya cuando salieron del fuerte.
Naturalmente a Ulzana no lo mata ningún blanco. Por supuesto nadie mutila su cuerpo para que las personas civilizadas puedan contemplar esa mueca de ligero enfado que les queda a las cabezas decorporadas.

Por cierto que el siguiente guion de Sharp en rodarse fue Night Moves (1975, Arthur Penn)