Mostrando entradas con la etiqueta Cine de los 70. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cine de los 70. Mostrar todas las entradas
jueves, 26 de diciembre de 2013
LA NOCHE SE MUEVE.
Los 70 nos trajo la última gran cosecha de film noir. Una profunda revisión de los principios estilísticos y motivos temáticos de un género que apenas había ofrecido obras de altura desde que Orson Welles pusiera en pie esa brutal catedral barroca, Sed de mal (Touch of Evil, 1958), brillante punto y final a su aventura hollywoodense que deja exhausto al sistema de estudios y silenciado el género tras haber apurado su ultima calada salvaje y expresionista. Welles traza una línea en lo que se refiere a los modos de representación de la violencia y el sexo que sobrepujan los límites del clasicismo y que, para ser sobrepasada en lo sucesivo, demandará mayor permisibilidad.
En La noche se mueve (Night Moves, 1975; Arthur Penn) a partir del libreto de Alan Sharp, uno de los escritores cinematográficos menos prolíficos y más brillantes de los últimos cuarenta años, un Penn alejado de estridencias pretéritas, más inspirado que nunca, revisa la figura detective a partir del arquetipo que ofreció la narrativa de Hammett y Chandler de la que bebían algunas de las primeras adaptaciones canónicas del género como El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1941; John Huston) o El sueño eterno (The Big Sleep, 1946; Howard Hawks).
Sensible a los nuevos tiempos y, en especial, al cine que llega de Europa desde hace más de una década, Sharp y Penn construyen un film intimista, moralmente ambiguo, con una mirada atenta a la concreción, la manifiesta substancialidad de los objetos y los cuerpos, la obstinada presencia de los elementos en consonancia con un gusto por los espacios abiertos inédito en el film noir de los 40, de carácter, éste, más urbano y un marcado estilo expresionista que figuraba, a través de la dialéctica luz/sombras, una concepción moral maniquea y un carácter alegórico.
Frente a la acción externa y el encadenamiento de peripecias y puñetazos, hayamos introspección, calma tensa y contenida violencia. Ni gangsters ni tahúres o policías corruptos, de hecho no aparece un sólo policía; ni coristas, timbas ilegales o psicópatas de gatillo fácil, sí y la certeza, lúcida y alarmante, de que cualquier buen tipo es un asesino en potencia debidamente motivado por un botín de 500.000$.
El detective a dejado de ser el eremita misántropo conservado en alcohol que cultiva con delectación enfisemas y despacha sicarios y fulanas fatales sin despeinarse. Harry Moseby (Gene Hackman) es un hombre casado y su cuerpo aún conserva los vestigios de un glorioso pasado deportivo. Un tipo taciturno, meditativo, con los nervios templados por el ajedrez y conciencia de sus límites, que se ve desbordado ante un caso que siempre le lleva la delantera y cuya resolución, en la que él apenas participa, le deja a la deriva en un barco bautizado irónicamente como "Point of view", con heridas en el cuerpo y el alma hecha jirones.
El film tiene argumentalmente dos dimensiones que se desarrollan en paralelo. La propia del género, un caso que resolver con estrellas en horas bajas apurando martinis en su piscina de Beverly Hills, lolitas con furor uterino y un puñado de tipos normales dispuestos a todo por la pasta. Y otra línea menos frecuentada, la de la crisis matrimonial de Harry, una esposa desatendida que busca consuelo en brazos de un hombre que es todo lo que no es Harry, un intelectual minusválido que la lleva a ver Mi noche con Maud y colma su soledad mientras escuchan a Mozart.
Sharp y Penn se las arreglan para ambas líneas alternen de forma pertinente alcanzando la solución de forma casi paralela, y haciendo de las pesquisas del detective un auténtico viaje iniciático a las sentinas de su conciencia, lugar poco frecuentado por un hombre que nada sabe de sus motivaciones. De modo elocuente, la incapacidad de Harry de verbalizar sus pensamientos y comunicarlos, se manifiesta físicamente a través de gestos violentos, como durante la discusión con Ellen (Susan Clark), cuando rompe un vaso contra el fregadero y activa el triturador para hacer inaudibles los reproches de su esposa y verse aliviado así de su derecho de replica, con el que no sabe qué hacer.
La imbricación entre historia externa y paisaje anímico emparentan al Harry Moseby que interpreta admirablemente Hackman, con el Harry Caul que hiciera el mismo actor un año atrás en La conversación (The Conversation, 1974; Francis Ford Coppola).
Ambos son hombres introvertidos, atrapados en la incomunicación a despecho de traficar con información, demandar confidencias, develar secretos. Ambos deben resolver el puzzle que les ofrecen las pistas recolectadas y construir a partir de ellas un relato verosímil. Ambos incurrirán en similares errores interpretativos al ser incapaces de leer los hechos sin las anteojeras de los miedos y deseos personales. Ambos serán víctimas de una hermosa sirena que en la noche oscura del alma les confortará con su cuerpo cálido y embustero. Ambos, por último, son responsables directos de una muerte que corona irónicamente el éxito de su encomienda.
Algo les diferencia, sin embargo, Caul acaba siendo el mismo tipo que empezó la historia, acosado por los fantasmas que cercan una intimidad aterida y paranoica. Moseby, en medio del océano y con un caso para el que no había sido contratado, resuelto de oficio, es un hombre que ha adquirido un nuevo punto de vista sobre sí mismo y acerca de la humana condición.
En una de las secuencias nocturnas más hermosas de un film lleno de hermosas secuencias nocturnas, y antesala de la escena de amor con Paula (Jennifer Warren), Harry muestra una jugada de ajedrez tristemente célebre por cuanto el jugador no vio el jaque más que obvio y acabó perdiendo la partida. La anécdota refleja la propia partida que está jugando Moseby, la obsesión por ella revela su miedo a no ver el movimieto ganador. Aunque nadie gana, unos pierden más que otros.
Penn a menudo rueda a Moseby, durante su estadía en los cayos, a través de mosquiteras, interponiendo entre la mirada y su objeto, ese tenue velo que figura una alteración perceptiva y comunica a la audiencia la dificultad para el observador de penetrar en la opacidad significativa de lo inmediatamente dado. Moseby no acertará a "ver" más allá de la evidencia, como Caul construirá un sentido a partir de retazos de una conversación que poco tendrá que ver con los hechos. Y así, podrá afirmar con amargurá: "Yo no he resuelto nada, sólo cayó encima de mí."
martes, 23 de julio de 2013
LA VENGANZA DE ULZANA.
Cada cultura, citando a
Foucault, se erige a partir de la exclusión de unas determinadas
posibilidades.
- La posibilidad de la Historia descansa en la decisión de arrojar la sinrazón.
- Y la ratio occidental se funda en una escisión entre lo mismo y lo otro.
- El mito es el relato de un acontecimiento fundador que opera a través de la traducción lo otro a la lengua de lo mismo.
En
la
colonización
de
América
el
indio
constituye
esa
realidad
incomprensible,
irracional,
absurda,
pintoresca,
extraña,
monstruosa
y
antagónica
que
debe
superarse
en
una
síntesis
en
la
que
su
heterogeneidad
sea
asimilada
al
logos
del
europeo.
Al
colono
español
se
le
entregaban
tierras
con cierta cantidad de
esclavos,
a
cambio
contraía
una
obligación,
enseñarles
la
lengua
del
Imperio
y
el
Evangelio.
El
proselitismo
del católico
contribuye
a
que
el
genocidio
no
se
consume,
a
diferencia
de
lo
que
sucede
en
el
norte
con
nuestros
vecinos
protestantes.
Para
el
católico
el
indio
es
una
criatura
disminuida
pero
con
alma,
un
ignorante
al
que
hay
que
salvar
a
través
de
la
palabra
de
Dios,
que
es
el
español
(ya
lo
dijo
Carlos
V),
a
menudo,
un
cuerpo
con
el
que
fornicar
y
cruzar
las
razas,
nunca
una
otredad
radical
y
sin
remedio
que
deba
ser
extirpada.
El
protestante
en
la
producción
de
la
identidad
de
sí
mismo,
repudia
lo
que
no
se
deja
reducir,
incluir
o
someter
a
esa
identidad
guiado
siempre
por
un
criterio
de
eficiencia
productiva.
De
modo
que
la
posibilidad
del
aborigen
no
se
contemplaba.
Max
Weber
mostró
el modo en que la
ética
protestante
y
su
rechazo
de la doctrina del libre albedrío favorece
la
búsqueda
de
provecho
económico
más
allá
de
lo
necesario
para
vivir,
señas
de
identidad
del
espíritu
capitalista.
Al ser mi concurso innecesario para salvar el alma me centro en los
negocios y del grado de su éxito deduzco el nivel de satisfacción
divino.
Enlace
entre ambos fue oficiado
bajo
un
concepto
restringido
de
racionalidad,
la racionalidad instrumental que define Horkheimer, herencia del
espíritu ilustrado y fundada sobre una lógica del dominio. Ya
se
trate
de
generar beneficios o
matar
seres
humanos
el
único
criterio
axiológico
de
la
razón
instrumental
es
el
de
eficiencia
en
la
producción.
Lo
mismo que
ahora
nos
pide
ese pobre idiota que tenemos de Ministro de Educación,
producir,
producir
y
producir
para
consumir
y
seguir
produciendo
en
la
lógica
delirante
del
potlach maldito
de
los
tiburones
que
acaban
despedazándose
entre
ellos. Su
dios
le
perdone.
La
razón
instrumental
es
un
mito
más, como
los
mitos
mayas,
como
el
cristianismo,
como
toda
la
Historia
occidental,
pero
un
mito
que
se
presume
verdadero,
que
se
impone
como
dogma,
su
adecuación
a
la
realidad
(otro
mito)
se
mide
por
su
eficiente capacidad
productiva.
Es
decir,
la
racionalidad
es
una
ideología
muy
puñetera.
La
venganza
de
Ulzana
(Ulzana´s Raid,
1972)
La
sombra
del
racismo
planeó
siempre
sobre
Ford.
La
razón
es
clara,
Ford
no
falsea
los
hechos
aunque
asumiera
su
mixtificación
como
elemento
basilar
de
una
cultura.
Ford
nunca
edulcora
ni
domestica
al
indio,
no
veremos
en
sus
películas
buenos
y
bellos
salvajes
con
el
rostro
de
Burt
Lancaster,
Debra
Page,
Charlton
Heston
o
Elsa
Martinelli.
Los
indios
de
Ford
son
los
últimos indios
que
le
quedaban
a
los
Estados
Unidos.
No
encontraréis
en sus filmes condescendencia,
paternalismo,
folclore
que
satisfaga
la
curiosidad
etnográfica
del
respetable.
Ford
no
trata
de
reducir
al
indio
a
lo
mismo,
esto
es,
a
un
blanco
civilizado,
o
lo
que
se
supone
que
es
un
blanco
civilizado,
con
plumas
y
piel
cobriza,
costumbres
pintorescas
y
una
candidez
bobalicona.
El
racista
es
Malick
en The New
World(2008) que
destruye
al
otro
al
revestirlo
con
unos
valores
ideales,
al
darnos
a
un
indio
que
nunca
existió
más
que
en
la
imaginación
del
teórico
ilustrado.
El rousseaniano
para
amar
al
indio
necesita reconocerse
en
él,
pero no tal y cómo es, sino cómo le gustaría ser.
Y
lo que calla el rousseaniano
es
la consecuencia inevitable del desencuentro.
En
la
estela
de
Ford
se
sitúa
Aldrich
en
Ulzana´s
Raid,
casi
la
conclusión
de
una
trilogía
secreta
formada
por
The
Searchers(1956)
y
Two
Rides
Together(1961).
Todo
estaba
ya
en
la
obra
magna
del
irlandés,
el
odio
irreconciliables
entre
dos
culturas
cuya
supervivencia
dependía
del
fin
de
la
otra.
Sin
embargo,
al
final
se
llegaba
a
una
solución
de
compromiso
un
tanto
complaciente
sin
por
ello
“cerrar
la
puerta”
al
conflicto
cultural
que
ya
presentíamos.
Era
en
Two
Rides
Together
donde
se
nos
mostraba
de
forma
descarnada
lo
que
sería
el
regreso
de
Debbie
a
los
“suyos”,
el
repudio
social
a
la
cautiva
que
elije
la
vida
al
lado
de
un
indio
en
vez
de
un
suicidio
honroso
y
la
máxima
expresión
del
sueño de la razón de
Rousseau,
la
realidad
del
otro
no
es
reductible
más
que
haciendo
uso
del
más
eficaz
instrumento civilizador:
la
horca.
En
Ulzana,
Aldrich
confronta
los prejuicios bienintencionados del
Teniente bisoño DeBuin (Bruce Davison) recién salido de la Academia
e hijo de pastor lector de Bartolomé de Las Casas con una realidad
para la que no estaba advertido: el indio de carne y hueso.
Asistiremos a una crisis de valores motivada por el testimonio
irrefutable del minucioso y esmerado ejercicio de la crueldad apache
que le hace incubar un odio ciego antes de empezar a comprender y
aceptar.
En el otro rincón, en una estructura cara a Aldrich, su doble sabio
y vetusto, Makintosh (Burt Lacanster), explorador que conoce la
realidad del indio y vive con una apache.
Una
de las obras capitales de Aldrich es Apache
(1954), alumbrada
al viento favorable de la excepcional Broken
Arrow (1950, Delmer Daves) Ambas
ofrecían retratos “progresistas” del indio que tanto gustaba a
los franceses. El aborigen aparecía como una víctima del Witheman,
y su violencia, consecuencia inevitable de las tropelías sufridas.
Más allá de las virtudes indiscutibles de sendos filmes, el
discurso que articulaban era un tanto simplista al ser la otredad
asimilada a los usos y costumbres del anglosajón buscar así la
identificación del público con el sufrido indígena, interpretado
ni más ni menos que por la sonrisa más bella de Hollywood, Burt
Lancaster.
Pero
el tiempo pasa y los grandes maduran, y la madurez en los grandes,
sólo en los grandes, es sabia y no transige con las mentiras aún
siendo hermosas, y Aldrich no estaba en los setenta para
complacientes y bienintencionadas fábulas. Ulzana´s
Raid
es seca y brutal como el desierto de Arizona. En Peckinpah la
violencia es un modo de ser de sus personajes, un rasgo de su
carácter y extensión de los valores que suscriben, una forma digna
de salir del mundo cuando el mundo ya no es digno. Por eso
Ulzana´s Raid s
es más violenta que Wild
Bunch, porque
no hay épica, no hay belleza, sólo absurdo, sólo la mirada
dolorida de un niño ante el paso de los que han hecho que un soldado
tuviera que matar a su madre para que ellos no la violaran hasta la
muerte.
El guión de Alan Sharp, una verdadera obra maestra, dispone sendas
conversaciones entre DeBuin con Makintosh, Ke-Ni-Tai (Jorge Luke) y
el innominado sargento que encarna el habitual Richard Jaeckel para
ilustrar los movimientos del alma del muchacho a lo largo de la
expedición, convertida para él en una auténtica lección magistral
tanto de táctica militar como de la condición humana.
Makinstosh
no pretende reducir la problemática existencia del otro a sus
expectativa, actitud infantil que sólo genera frustración y conduce
a tomar malas decisiones. El
primero que cometa un error tendrá que enterrar un cadáver.
Makintosh
representa la afirmación desapasionada de la diferencia, la actitud
pragmática del que no ambiciona cambiar las cosas.
Mario Bunge dijo con ironía que la izquierda no cree en la realidad
pero aspira a cambiarla, pues bien, Makintosh sería conservador.
Ke-Ni-Tay
ofrece una justificación mítica de la carnicería apache, es decir,
reduce la al otro al discurso de los suyos. Los guerreros absorben
la fuerza vital de sus víctimas y según sus creencias incrementan
un poder debilitado tras la larga permanencia en la reserva.
La
crisis de DeBuin le está conduciendo a traicionar los principios
evangélicos del perdón en los que se ha educado. El Sargento le
espetará con una franqueza rayana en la brutalidad que Jesús nunca
tuvo que arrancar a un niño de un cactus y esperar dos horas a que
muriera para poder enterrarlo. Nadie
logrará que ofrezca la otra mejilla a un apache. DeBuin,
ve el mismo odio que le corroe reflejado en las palabras de otro, se
reconoce en ese alma purulenta de rencor y dispondrá ya del terreno
propicio para vencerlo, especialmente cuando sus soldados se
dispongan a sacar las entrañas a uno de los indios abatidos.
Lo que de veras le disgusta es comprobar que el blanco se comporta
igual que el apache.
Aldrich, que no en vano fue ayudante de dirección de Renoir, nunca
juzga a sus personajes, por el contrario hay siempre una gran piedad
hacia ellos. La conducta despótica o abiertamente imbécil de DeBuin
se explica por su frustración, la profunda incomprensión de un
territorio salvaje que no estaba recogido en el mapa que la religión
le había trazado de la condición humana le lleva a tratar
injustamente a Ke Ni Tay o a desoír los sabios consejos de Makintosh
antes de comenzar a aceptar. De igual modo, pese a las atrocidades
que cometen, la partida de Ulzana nunca nos llega a resultar odiosa.
Una extraña dignidad reviste al jefe de los renegados, advertimos
una profunda comprensión y solidaridad en el dolor entre la mirada
que intercambia su hijo con el chico que abraza el cadáver de su
madre. No es necesario buscar una coartada explícita a los actos de
los indios, la historia es de sobras conocida.
Llegado el fin, Ulzana rehúsa luchar contra Ke-Ni-Tay, acepta su
destino, su hijo ha muerto y está sólo en el mundo, entona cánticos
a sus dioses para disponer su alma en espera del tiro que le reúna
con sus antepasados.
Con
la misma serenidad “consiente” Makintosh, haciéndonos eco de la expresión
de The River. La celada que le tienden a los apaches emboscados en el
desfiladero resulta a medias. El grupo de DeBuin llega cuando la
patrulla-señuelo ha sido aniquilada por el fuego cruzado. Makintosh,
herido de muerte, lejos de reprochar su tardanza al joven teniente le
consuela: Demonios,
todo el mundo tiene derecho a equivocarse.
Verdadera lección de piedad cristiana la que le da el ateo al hijo
del predicador.
Y
allí, en ese paisaje hermoso y terrible, quizá ya en México, bajo
un sombraje improvisado, entre crótalos y escorpiones, un hombre
excepcional, el mejor explorador de Arizona (jamás salvo en Il
Gatopardo ha
estado Lancaster tan grande) espera a la muerte liándose un
cigarrillo (ni eso ha sido capaz DeBuin de hacer por él).
Es miércoles, aunque no lo parezca y nadie me lo haya preguntado.
Epílogo.
Creo
que
es
justo
atribuir
una
doble
paternidad
de
Ulzana
a
Aldrich
y
Sharp,
no
en
vano
la
obra
maestra,
yo
así
lo
creo,
del
cineasta
de
Rhode
Island,
viene armada sobre uno de los mejores
guiones
posibles.
La
historia dispone escenarios y situaciones conocidas sin caer en la
amalgama episódica o el revisionismo, en un momento en que sendas
estrategias menudean. Diálogos
magistrales,
irónicos
y
afilados
elaboran
sin
solemnidad
un
discurso
de gran complejidad, donde, sin embargo, mucho es lo que se calla y
se expresa a través de esos elocuentes cruces de miradas.
La narración, planteada como una partida de ajedrez en la que los
caballos tendrán singular importancia, avanza con pulso firme hacia
el Mate a las negras, con gran sacrificio de las blancas, de entre
ellas, la Reina.
Al final, se da la gran ironía de que es un azar el que precipita la
salida de DeBuin al encuentro de Makintosh, aunque sea tarde y mal.
Era tarde ya cuando salieron del fuerte.
Naturalmente
a Ulzana no lo mata ningún blanco. Por supuesto nadie mutila su
cuerpo para que las personas civilizadas puedan contemplar esa mueca
de ligero enfado que les queda a las cabezas decorporadas.
Por
cierto que el siguiente guion de Sharp en rodarse fue Night
Moves (1975, Arthur Penn)
viernes, 22 de junio de 2012
GLOSAS: FUGA SIN FIN
Cuando
Rickard (Tony Musante) y Claudie (Trish Van Devere) se reúnen en una
secuencia de
Fuga sin fin
(The Last
Run, 1971;
Richard Fleischer),
el
viejo
Harry
Garmes
(George
C.
Scott) les
cede
su
cuarto
y se
traslada
al
que
ocupaba
Claudie durante
la
espera.
En
el
lavabo
está
su
ropa
interior
en
remojo.
Mientras
Harry
escurre
las
prendas
con
una
torpeza
convocada
por
el
pudor
y
las
va
colgando
del
improvisado
tendedero
que
la
chica
ha
apañado,
bragas,
sostén,
pantys,
se
nos
muestra
a
la
pareja
en
la
cama
entre
una
nube
de
humo,
compartiendo
gozosa
un
cigarrillo
que
apenas
aguanta
la
ceniza
que
le
arrancan
las
profundas
caladas.
De
vuelta en
el
cuarto
de
arriba,
Fleischer
filma
ahora
a
Harry,
tumbado
en
su
cama
a
través
del
boscaje
de
prendas
íntimas,
con la mirada clavada más allá del techo, esperando
un
sueño
que
no
llega.
La
ropa
interior
es
una
obvia
metonimia
de
la
mujer,
agente del deseo y
vehículo
de
una
fantasía
desvelada que
inocula
el
germen
de
un
sentimiento
que
acompañará
y da sentido a los últimos
días del viejo driver,
si bien no será más
que
la ilusión del que
finge estar con una
mujer cuando sólo está
con una ramera, y
la
relación
improbable que se entable no
pasa
de
ser
una
mentira
tácitamente pactada,
alentada
por
el
interés
de
ella,
avivada
por
el
hábito
de
él
en
esto
de
jugar
a
creérselo.
El
fingimiento se convierte así en la actitud principal de sendos
personajes, el viejo y la niña, su modo de ser el uno ante el otro.
A la
mañana siguiente, ella le agradece que pusiera su ropa a secar:
-Habría
tenido que viajar con la ropa interior mojada.
-No lo quiero ni
pensar.
Hacía
nueve años que Harry no conducía para delincuentes. Se había
trasladado al Algarve aceptando ser una de esas personas
que no pertenece a parte alguna y
comprado una barca para jugar a ser un pescador que nunca va a
pescar. Espanta los demonios de la traición y el abandono en brazos
de una ramera, Monique (Colleen Dewhurst) a la que dice en su
despedida: No es una ramera la que duerme conmigo, contigo,
con él. Es una ramera la que tiene el corazón de ramera. Créeme,
sé de lo que hablo. (por
cierto, que bella palabra “ramera”, que no sé por qué tiene
para mí resonancias bíblicas y es improbable en un doblaje actual)
Y
un día, se decide volver al volante, hastiado del simulacro y lenta
espera en que se ha convertido su existencia, por ejercitarse, que
diría aquél. Pero antes, quizá porque tiene un mal pálpito, quizá
por costumbre ante semejantes trances, se confiesa. Cuando se dispone
a salir del recinto sagrado, el sacerdote sale a su encuentro y le
pregunta si desea el Sacramento: No gracias Padre, ya estoy
en paz.
A
partir de este momento, el coche se convierte en la extensión de
Harry, un viejo BMW del 57, una antigualla, como él mismo. Ahora, el
vehículo será metonimia del hombre, y cuando la policía quite la
llave de contacto del montón de chatarra en que se ha convertido
tras la torpe huida de Rickard, único momento en que Garmes le cede
el volante, y el motor se silencie, con un espasmo simultáneo Harry
dará el alma, quiero decir, se muere (lo siento, por estas fechas
vuelvo irremediablemente al Quijote)
Pero
antes de ser acribillado, antes de ceder el coche y entregarse, en un
cementerio, pero no en uno cualquiera, el cementerio en el que yacen
los restos de su hijito, Claudie se sincera con él:
¿Lo
dice para salvaguardar su orgullo o realmente vivió aquel simulacro
de romance con plena conciencia, velando por la impostura? Arriesga
su vida porque no hay vida más allá que languidecer al sol tibio de
la mañana y entre memorias tristes, acaso porque ama con el amor de
Spinoza, un amor que no espera ser amado. Puede que lo haga sólo por
él, no por el dinero, no por la mujer, sólo por demostrarse que,
como su viejo BMW del 57, sigue en forma.
El viejo muere y la
niña vive, me parece bien.
Hemos
comenzado hablando de objetos que definen personajes. ¿Qué hay de
Rickard? Se trata de un asesino profesional al que le preparan la
fuga los mismos que quieren liquidarlo. Para Rickard el mundo y lo
que contiene no es más que un objeto y él se arroga el derecho de
usufructo, especialmente en lo que concierne a Claudie.
Era
la novia de su hermano y ahora se la cede a Harry para asegurarse la
ayuda de éste. Su relación efímera con el coche, el modo en que lo
siniestra, la falta de gratitud absoluta que muestra ante la agonía
de Harry, de compasión ante el tipo al que debe la vida, ilustra que
estamos ante un hijo de puta integral.
El
mundo sería la gran metonimia de Rickard.
domingo, 26 de febrero de 2012
LA PUERTA DEL CIELO.
I´ve been walking through the middle of nowhere
Trying to get to heaven before they close the door.
BOB DYLAN
Cuidado -me dijeron una noche lejana y sin remedio-, que el vodka no te haga decir lo que no dirías lejos de su magisterio.
Pero cuando la melancolía viene, viene por lo que más quieres, y hay una película que como ninguna otra me asalta en los momentos de duda, cuando el anhelo se disuelve en el agua turbia de la tarde; cuando el deseo duele más de lo acostumbrado y decir, “te quiero”, es un mal menor, siempre una mentira piadosa que funciona si el embuste es compartido (es decir, sino falta un espejo en que mirarse).
La puerta del cielo (Heaven´s Gate, 1980; Michael Cimino)
Con ella murió lo que más habíamos amado, y si seguimos en la brecha apostando en cada mano, apostando por nuestra derrota, pidiendo un crédito con la muerte por aval, no es más que (como Don Quijote según Voltaire) por ejercitarnos.
Con ella murió lo que más habíamos amado, y si seguimos en la brecha apostando en cada mano, apostando por nuestra derrota, pidiendo un crédito con la muerte por aval, no es más que (como Don Quijote según Voltaire) por ejercitarnos.
Amor y cine. Mentira y deseo. O viceversa.
La puerta del cielo. Ciertamente, lo es, aunque nos quede fuera, aguardando, como aquel otro, ante las puertas de la justicia por toda una vida.
¿Qué pudo haber más hermoso que envidar con un farol al destino de dividendos que iba a ser el cine amasado por George Lucas?
Apuesta contra la banca y perderás. Pero chico, habrá merecido la pena. O algo así debió pensar Cimino cuando, en la cresta de eso que llaman éxito, se jugó el todo por el todo en una historia definitiva, final, donde el Génesis se marida con el Apocalipsis en una apoteosis de las postrimerías.
Y puso al gran relato, al relato fundacional, a ese relato del que la apostató la posmodernidad, a llamar a las puertas del cielo. A bailar el Danubio azul con el diablo. Y sin vender el alma.
Así Michael, no podías ganar.
Apuesta contra la banca y perderás. Pero chico, habrá merecido la pena. O algo así debió pensar Cimino cuando, en la cresta de eso que llaman éxito, se jugó el todo por el todo en una historia definitiva, final, donde el Génesis se marida con el Apocalipsis en una apoteosis de las postrimerías.
Y puso al gran relato, al relato fundacional, a ese relato del que la apostató la posmodernidad, a llamar a las puertas del cielo. A bailar el Danubio azul con el diablo. Y sin vender el alma.
Así Michael, no podías ganar.
Luego, lo de siempre, los dioses humillados por el desacato, enviaron la rapaz para que, por una eternidad (una ya es suficiente), clavara su pico en las entrañas de Michael. O en la memoria que de él guardamos.
Admiro rabiosamente a otros. Los hay que me fascinan, siéndome ajenos. Pero Cimino me es incómodamente íntimo; me descubre en cada fotograma. Me reconozco en todos sus personajes. Y eso ya desde Un botín de 500.000 dólares (Thunderbolt and Lightfoot, 1974) Su estética y su ética son la mía. Podemos descubrir vestigios de Ford, de Lean, de Ray, de Minnelli, de Coppola. Todos tienen parte de culpa.
Yo veo (o quiero ver) a Truffaut inspirando ciertos momentos (un silencio, un arrebato lírico, una gélida mirada de desespero)
Yo veo (o quiero ver) a Truffaut inspirando ciertos momentos (un silencio, un arrebato lírico, una gélida mirada de desespero)
Pero Cimino es otra cosa. Claro, -me dirás- es Cimino.
Y La puerta del cielo. Aún vendrían Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984; Sergio Leone), incluso, Sin perdón (The Unforgiven, 1992; Clint Eastwood), cierto, pero el gran relato ya caminaba en la agonía (ya escarbaba en la tierra buscando pasos, evocando una bella imagen de Miguel Ángel Asturias).
Tantas veces hemos soñamos en cada estría de la historia una vida entera que se asoma a la ventana. Un amor, un hijo quizá, otro abandono, el mismo. Una amistad madurada al socaire del ideal que acuna la edad temprana a la que justicia aún se le antoja posible; nuestra aportación a su logro, efectiva. Tantos proyectos para cambiar el mundo...Un mundo que se ofrecía como pura posibilidad (y estamos en el mejor de los mundos posibles, Cándido)
Pero el ideal declina con los años y se prostituye enredado en los intereses de clase. Queda el escepticismo a que el mundo aboca al hombre maduro; el cinismo con el que condesciende traspasado de desencanto las más de las veces conservado en alcohol. Y el ideal obliga menos de lo que parecía hacerlo sobre el andamiaje de libros de leyes y tratados de ética, cuando las citas de Locke, de Stuart-Mill, de Benthan, de Emerson o Thoreau se apretaban en la charla sobre la penúltima jarra.
Y el ideal se pierde o no importa, arrinconado contra los sueños que ya no duelen, a despecho de las mujeres que olvidamos, envasado en las bolsas bajo los ojos cada mañana.
Y la huida al oeste se antoja precisa, con el desencanto oscuro bajo el ala del sombrero, a rescatar aquellos ideales postergados; a mantener el equilibrio en la cuerda floja y sin red sobre la línea del horizonte. Comprobar si el imperativo de lo real transige con la idea: si estamos de hecho en el mejor de los mundos posibles.
Y Ella, el amor redivivo que nos evoca a aquella otra que observaba la celebración desde la ventana en una noche lejana y festiva en Harvard; aquella otra con la que deshojamos la noche junio con besos lentos y aromados. Siempre la misma, bajo otro rostro y otro nombre, sea virgen o puta (la dualidad que embosca el Evangelio): lo eterno femenino.
Y otra amistad fraguada bajo distintas reglas.
Y siempre, el desencanto. El de antes, el de después. Lo demás es soledad y silencio a la deriva sobre un mar muerto.
La tierra de las oportunidades devine en tierra removida para albergar los cuerpos de los hombres y mujeres que desde la vieja Europa buscaban una vida algo mejor. Pocas veces una batalla épica ha sido fue tan desprovista de... épica. Cimino trasmite en sus escenas de acción, una violencia, un desasosiego que impide al espectador disfrutar plácidamente del espectáculo pasado el impacto de la primera visión (como ocurre de sólito con Peckinpah, Scorsese, dePalma o Spielberg). Siempre incomoda, siempre nos hiere con la revelación de que tras el impacto, la carne sufre, se manifiesta el dolor de un semejante: El horror no debe ser protagonista; nunca un primer plano
Es sabido que la película fue destrozada en el montaje como ninguna otra lo fuera antes, desde El Cuarto Mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942; Orson Welles), a la que extirparon el último tercio del metraje (quedó en 80 minutos magistrales, sublimes, que se citan con lo mejor jamás filmado).
Personajes fundamentales quedaron reducidos a figurantes. Relaciones cruciales, se adivinan tan sólo. La puerta del cielo es un film que intuimos apenas, exige a nuestra imaginación restañar las heridas que los criminales montadores abrieron a la historia del cine.
Pero su belleza, aunque sea un recuerdo impostado, un "te quiero" piadoso, es inmortal.
Estamos ante el último intento de redimir los crímenes de la Historia a través de un relato. La función primigenia de los cantares de gesta (más allá de la propagandística o meramente lúdica), fue la de memorando, impedir el olvido de los jóvenes caídos. ¿Qué otra cosa es La Ilíada?
Si este fuera el mejor de los mundos posibles, Pangloss, la épica hubiera estado de más (¿justifica la belleza el dolor?) y ni Homero, Dante, Shakespeare o Dostoievski habrían escrito.
No habrían tenido de qué.
No habrían tenido de qué.
Y así volvemos a aquel reproche de la alta madrugada: Qué el vodka no te haga decir...:
Pero decimos y diremos que La puerta del cielo es la última obra maestra del cine americano (in vino veritas)
Pero decimos y diremos que La puerta del cielo es la última obra maestra del cine americano (in vino veritas)
LA PUERTA DEL CIELO.
I´ve been walking through the middle of nowhere
Trying to get to heaven before they close the door.
BOB DYLAN
Cuidado -me dijeron una noche lejana y sin remedio-, que el vodka no te haga decir lo que no dirías lejos de su magisterio.
Pero cuando la melancolía viene, viene por lo que más quieres, y hay una película que como ninguna otra me asalta en los momentos de duda, cuando el anhelo se disuelve en el agua turbia de la tarde; cuando el deseo duele más de lo acostumbrado y decir, “te quiero”, es un mal menor, siempre una mentira piadosa que funciona si el embuste es compartido (es decir, sino falta un espejo en que mirarse).
La puerta del cielo (Heaven´s Gate, 1980; Michael Cimino)
Con ella murió lo que más habíamos amado, y si seguimos en la brecha apostando en cada mano, apostando por nuestra derrota, pidiendo un crédito con la muerte por aval, no es más que (como Don Quijote según Voltaire) por ejercitarnos.
Con ella murió lo que más habíamos amado, y si seguimos en la brecha apostando en cada mano, apostando por nuestra derrota, pidiendo un crédito con la muerte por aval, no es más que (como Don Quijote según Voltaire) por ejercitarnos.
Amor y cine. Mentira y deseo. O viceversa.
La puerta del cielo. Ciertamente, lo es, aunque nos quede fuera, aguardando, como aquel otro, ante las puertas de la justicia por toda una vida.
¿Qué pudo haber más hermoso que envidar con un farol al destino de dividendos que iba a ser el cine amasado por George Lucas?
Apuesta contra la banca y perderás. Pero chico, habrá merecido la pena. O algo así debió pensar Cimino cuando, en la cresta de eso que llaman éxito, se jugó el todo por el todo en una historia definitiva, final, donde el Génesis se marida con el Apocalipsis en una apoteosis de las postrimerías.
Y puso al gran relato, al relato fundacional, a ese relato del que la apostató la posmodernidad, a llamar a las puertas del cielo. A bailar el Danubio azul con el diablo. Y sin vender el alma.
Así Michael, no podías ganar.
Apuesta contra la banca y perderás. Pero chico, habrá merecido la pena. O algo así debió pensar Cimino cuando, en la cresta de eso que llaman éxito, se jugó el todo por el todo en una historia definitiva, final, donde el Génesis se marida con el Apocalipsis en una apoteosis de las postrimerías.
Y puso al gran relato, al relato fundacional, a ese relato del que la apostató la posmodernidad, a llamar a las puertas del cielo. A bailar el Danubio azul con el diablo. Y sin vender el alma.
Así Michael, no podías ganar.
Luego, lo de siempre, los dioses humillados por el desacato, enviaron la rapaz para que, por una eternidad (una ya es suficiente), clavara su pico en las entrañas de Michael. O en la memoria que de él guardamos.
Admiro rabiosamente a otros. Los hay que me fascinan, siéndome ajenos. Pero Cimino me es incómodamente íntimo; me descubre en cada fotograma. Me reconozco en todos sus personajes. Y eso ya desde Un botín de 500.000 dólares (Thunderbolt and Lightfoot, 1974) Su estética y su ética son la mía. Podemos descubrir vestigios de Ford, de Lean, de Ray, de Minnelli, de Coppola. Todos tienen parte de culpa.
Yo veo (o quiero ver) a Truffaut inspirando ciertos momentos (un silencio, un arrebato lírico, una gélida mirada de desespero)
Yo veo (o quiero ver) a Truffaut inspirando ciertos momentos (un silencio, un arrebato lírico, una gélida mirada de desespero)
Pero Cimino es otra cosa. Claro, -me dirás- es Cimino.
Y La puerta del cielo. Aún vendrían Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984; Sergio Leone), incluso, Sin perdón (The Unforgiven, 1992; Clint Eastwood), cierto, pero el gran relato ya caminaba en la agonía (ya escarbaba en la tierra buscando pasos, evocando una bella imagen de Miguel Ángel Asturias).
Tantas veces hemos soñamos en cada estría de la historia una vida entera que se asoma a la ventana. Un amor, un hijo quizá, otro abandono, el mismo. Una amistad madurada al socaire del ideal que acuna la edad temprana a la que justicia aún se le antoja posible; nuestra aportación a su logro, efectiva. Tantos proyectos para cambiar el mundo...Un mundo que se ofrecía como pura posibilidad (y estamos en el mejor de los mundos posibles, Cándido)
Pero el ideal declina con los años y se prostituye enredado en los intereses de clase. Queda el escepticismo a que el mundo aboca al hombre maduro; el cinismo con el que condesciende traspasado de desencanto las más de las veces conservado en alcohol. Y el ideal obliga menos de lo que parecía hacerlo sobre el andamiaje de libros de leyes y tratados de ética, cuando las citas de Locke, de Stuart-Mill, de Benthan, de Emerson o Thoreau se apretaban en la charla sobre la penúltima jarra.
Y el ideal se pierde o no importa, arrinconado contra los sueños que ya no duelen, a despecho de las mujeres que olvidamos, envasado en las bolsas bajo los ojos cada mañana.
Y la huida al oeste se antoja precisa, con el desencanto oscuro bajo el ala del sombrero, a rescatar aquellos ideales postergados; a mantener el equilibrio en la cuerda floja y sin red sobre la línea del horizonte. Comprobar si el imperativo de lo real transige con la idea: si estamos de hecho en el mejor de los mundos posibles.
Y Ella, el amor redivivo que nos evoca a aquella otra que observaba la celebración desde la ventana en una noche lejana y festiva en Harvard; aquella otra con la que deshojamos la noche junio con besos lentos y aromados. Siempre la misma, bajo otro rostro y otro nombre, sea virgen o puta (la dualidad que embosca el Evangelio): lo eterno femenino.
Y otra amistad fraguada bajo distintas reglas.
Y siempre, el desencanto. El de antes, el de después. Lo demás es soledad y silencio a la deriva sobre un mar muerto.
La tierra de las oportunidades devine en tierra removida para albergar los cuerpos de los hombres y mujeres que desde la vieja Europa buscaban una vida algo mejor. Pocas veces una batalla épica ha sido fue tan desprovista de... épica. Cimino trasmite en sus escenas de acción, una violencia, un desasosiego que impide al espectador disfrutar plácidamente del espectáculo pasado el impacto de la primera visión (como ocurre de sólito con Peckinpah, Scorsese, dePalma o Spielberg). Siempre incomoda, siempre nos hiere con la revelación de que tras el impacto, la carne sufre, se manifiesta el dolor de un semejante: El horror no debe ser protagonista; nunca un primer plano
Es sabido que la película fue destrozada en el montaje como ninguna otra lo fuera antes, desde El Cuarto Mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942; Orson Welles), a la que extirparon el último tercio del metraje (quedó en 80 minutos magistrales, sublimes, que se citan con lo mejor jamás filmado).
Personajes fundamentales quedaron reducidos a figurantes. Relaciones cruciales, se adivinan tan sólo. La puerta del cielo es un film que intuimos apenas, exige a nuestra imaginación restañar las heridas que los criminales montadores abrieron a la historia del cine.
Pero su belleza, aunque sea un recuerdo impostado, un "te quiero" piadoso, es inmortal.
Estamos ante el último intento de redimir los crímenes de la Historia a través de un relato. La función primigenia de los cantares de gesta (más allá de la propagandística o meramente lúdica), fue la de memorando, impedir el olvido de los jóvenes caídos. ¿Qué otra cosa es La Ilíada?
Si este fuera el mejor de los mundos posibles, Pangloss, la épica hubiera estado de más (¿justifica la belleza el dolor?) y ni Homero, Dante, Shakespeare o Dostoievski habrían escrito.
No habrían tenido de qué.
No habrían tenido de qué.
Y así volvemos a aquel reproche de la alta madrugada: Qué el vodka no te haga decir...:
Pero decimos y diremos que La puerta del cielo es la última obra maestra del cine americano (in vino veritas)
Pero decimos y diremos que La puerta del cielo es la última obra maestra del cine americano (in vino veritas)
Manhattan Sur: http://cinedivergente.com/ensayos/estudios/manhattan-sur
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




















