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jueves, 26 de diciembre de 2013

LA NOCHE SE MUEVE.




                                                                                                                    
Los 70 nos trajo la última gran cosecha de film  noir.  Una profunda revisión de los principios estilísticos y motivos temáticos de un género que apenas había ofrecido obras de altura desde que Orson Welles pusiera en pie esa brutal catedral barroca,  Sed de mal (Touch of Evil, 1958), brillante punto y final a su aventura hollywoodense que deja exhausto al sistema de estudios y silenciado el género tras haber apurado su ultima calada salvaje y expresionista. Welles traza una línea en lo que se refiere a los modos de representación de la violencia y el sexo que sobrepujan los límites del clasicismo y que, para ser sobrepasada en lo sucesivo, demandará mayor permisibilidad.

En La noche se mueve (Night Moves, 1975; Arthur Penn) a partir del libreto de Alan Sharp, uno de los escritores cinematográficos menos prolíficos y más brillantes de los últimos cuarenta años, un Penn alejado de estridencias pretéritas, más inspirado que nunca, revisa la figura detective a partir del arquetipo que ofreció la narrativa de Hammett y Chandler de la que bebían algunas de las primeras adaptaciones canónicas del género como El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1941; John Huston) o  El sueño eterno (The Big Sleep, 1946; Howard Hawks).

Sensible a los nuevos tiempos y, en especial, al cine que llega de Europa desde hace más de una década, Sharp y Penn construyen un film intimista, moralmente ambiguo, con una mirada atenta a la concreción, la manifiesta substancialidad de los objetos y los cuerpos, la obstinada presencia de los elementos en consonancia con un gusto por los espacios abiertos inédito en el film noir de los 40, de carácter, éste, más urbano y un marcado estilo expresionista que figuraba, a través de la dialéctica luz/sombras, una concepción moral maniquea y un carácter alegórico.

Frente a la acción externa y el encadenamiento de peripecias y puñetazos, hayamos introspección, calma tensa y contenida violencia. Ni gangsters ni tahúres o policías corruptos, de hecho no aparece un sólo policía; ni coristas, timbas ilegales o psicópatas de gatillo fácil, sí y la certeza, lúcida y alarmante, de que cualquier buen tipo es un asesino en potencia debidamente motivado por un botín de 500.000$.
El detective a dejado de ser el eremita misántropo conservado en alcohol que cultiva con delectación enfisemas y despacha sicarios y fulanas fatales sin despeinarse. Harry Moseby (Gene Hackman) es un hombre casado y su cuerpo aún conserva los vestigios de un glorioso pasado deportivo. Un tipo taciturno, meditativo, con los nervios templados por el ajedrez y conciencia de sus límites, que se ve desbordado ante un caso que siempre le lleva la delantera y cuya resolución, en la que él apenas participa, le deja a la deriva en un barco bautizado irónicamente como "Point of view", con heridas en el cuerpo y el alma hecha jirones.
El film tiene argumentalmente dos dimensiones que se desarrollan en paralelo. La propia del género, un caso que resolver con estrellas en horas bajas apurando martinis en su piscina de Beverly Hills, lolitas con furor uterino y un puñado de tipos normales dispuestos a todo por la pasta.  Y otra línea menos frecuentada, la de la crisis matrimonial de Harry, una esposa desatendida que busca consuelo en brazos de un hombre que es todo lo que no es Harry, un intelectual minusválido que la lleva a ver Mi noche con Maud y colma su soledad mientras escuchan a Mozart.

Sharp y Penn se las arreglan para ambas líneas alternen de forma pertinente alcanzando la solución de forma casi paralela, y haciendo de las pesquisas del detective un auténtico viaje iniciático a las sentinas de su conciencia, lugar poco frecuentado por un hombre que nada sabe de sus motivaciones. De modo elocuente, la incapacidad de Harry de verbalizar sus pensamientos y comunicarlos, se manifiesta físicamente a través de gestos violentos, como durante la discusión con Ellen (Susan Clark), cuando rompe un vaso contra el fregadero y activa el triturador para hacer inaudibles los reproches de su esposa  y verse aliviado así de su derecho de replica, con el que no sabe qué hacer.
La imbricación entre historia externa y paisaje anímico emparentan al Harry Moseby que interpreta admirablemente Hackman, con el Harry Caul que hiciera el mismo actor un año atrás en La conversación (The Conversation, 1974; Francis Ford Coppola).

Ambos son hombres introvertidos, atrapados en la incomunicación a despecho de traficar con información, demandar confidencias, develar secretos. Ambos deben resolver el puzzle que les ofrecen las pistas recolectadas y construir a partir de ellas un relato verosímil. Ambos incurrirán en similares errores interpretativos al ser incapaces de leer los hechos sin las anteojeras de los miedos y deseos personales. Ambos serán víctimas de una hermosa sirena que en la noche oscura del alma les confortará con su cuerpo cálido y embustero. Ambos, por último, son responsables directos de una muerte que corona irónicamente el éxito de su encomienda.

Algo les diferencia, sin embargo, Caul acaba siendo el mismo tipo que empezó la historia, acosado por los fantasmas que cercan una intimidad aterida y paranoica. Moseby, en medio del océano y con un caso para el que no había sido contratado, resuelto de oficio, es un hombre que ha adquirido un nuevo punto de vista sobre sí mismo y acerca de la humana condición.

En una de las secuencias nocturnas más hermosas de un film lleno de hermosas secuencias nocturnas, y antesala de la escena de amor con Paula (Jennifer Warren), Harry muestra una jugada de ajedrez tristemente célebre por cuanto el jugador no vio el jaque más que obvio y acabó perdiendo la partida. La anécdota refleja la propia partida que está jugando Moseby, la obsesión por ella revela su miedo a no ver el movimieto ganador. Aunque nadie gana, unos pierden más que otros.

Penn a menudo rueda a Moseby, durante su estadía en los cayos, a través de mosquiteras, interponiendo entre la mirada y su objeto, ese tenue velo que figura una alteración perceptiva y comunica a la audiencia la dificultad para el observador de penetrar en la opacidad significativa de lo inmediatamente dado. Moseby no acertará a "ver" más allá de la evidencia, como Caul construirá un sentido a partir de retazos de una conversación que poco tendrá que ver con los hechos. Y así, podrá afirmar con amargurá: "Yo no he resuelto nada, sólo cayó encima de mí."


martes, 23 de julio de 2013

LA VENGANZA DE ULZANA.











Cada cultura, citando a Foucault, se erige a partir de la exclusión de unas determinadas posibilidades.

  1. La posibilidad de la Historia descansa en la decisión de arrojar la sinrazón.
  2. Y la ratio occidental se funda en una escisión entre lo mismo y lo otro.
  3. El mito es el relato de un acontecimiento fundador que opera a través de la traducción lo otro a la lengua de lo mismo.

En la colonización de América el indio constituye esa realidad incomprensible, irracional, absurda, pintoresca, extraña, monstruosa y antagónica que debe superarse en una síntesis en la que su heterogeneidad sea asimilada al logos del europeo.
Al colono español se le entregaban tierras con cierta cantidad de esclavos, a cambio contraía una obligación, enseñarles la lengua del Imperio y el Evangelio. El proselitismo del católico contribuye a que el genocidio no se consume, a diferencia de lo que sucede en el norte con nuestros vecinos protestantes.
Para el católico el indio es una criatura disminuida pero con alma, un ignorante al que hay que salvar a través de la palabra de Dios, que es el español (ya lo dijo Carlos V), a menudo, un cuerpo con el que fornicar y cruzar las razas, nunca una otredad radical y sin remedio que deba ser extirpada.
El protestante en la producción de la identidad de sí mismo, repudia lo que no se deja reducir, incluir o someter a esa identidad guiado siempre por un criterio de eficiencia productiva. De modo que la posibilidad del aborigen no se contemplaba.
Max Weber mostró el modo en que la ética protestante y su rechazo de la doctrina del libre albedrío favorece la búsqueda de provecho económico más allá de lo necesario para vivir, señas de identidad del espíritu capitalista. Al ser mi concurso innecesario para salvar el alma me centro en los negocios y del grado de su éxito deduzco el nivel de satisfacción divino.
Enlace entre ambos fue oficiado bajo un concepto restringido de racionalidad, la racionalidad instrumental que define Horkheimer, herencia del espíritu ilustrado y fundada sobre una lógica del dominio. Ya se trate de generar beneficios o matar seres humanos el único criterio axiológico de la razón instrumental es el de eficiencia en la producción.
Lo mismo que ahora nos pide ese pobre idiota que tenemos de Ministro de Educación, producir, producir y producir para consumir y seguir produciendo en la lógica delirante del potlach maldito de los tiburones que acaban despedazándose entre ellos. Su dios le perdone.

La razón instrumental es un mito más, como los mitos mayas, como el cristianismo, como toda la Historia occidental, pero un mito que se presume verdadero, que se impone como dogma, su adecuación a la realidad (otro mito) se mide por su eficiente capacidad productiva. Es decir, la racionalidad es una ideología muy puñetera.










La venganza de Ulzana (Ulzana´s Raid, 1972)

La sombra del racismo planeó siempre sobre Ford. La razón es clara, Ford no falsea los hechos aunque asumiera su mixtificación como elemento basilar de una cultura. Ford nunca edulcora ni domestica al indio, no veremos en sus películas buenos y bellos salvajes con el rostro de Burt Lancaster, Debra Page, Charlton Heston o Elsa Martinelli. Los indios de Ford son los últimos indios que le quedaban a los Estados Unidos. No encontraréis en sus filmes condescendencia, paternalismo, folclore que satisfaga la curiosidad etnográfica del respetable. Ford no trata de reducir al indio a lo mismo, esto es, a un blanco civilizado, o lo que se supone que es un blanco civilizado, con plumas y piel cobriza, costumbres pintorescas y una candidez bobalicona.
El racista es Malick en The New World(2008) que destruye al otro al revestirlo con unos valores ideales, al darnos a un indio que nunca existió más que en la imaginación del teórico ilustrado. El rousseaniano para amar al indio necesita reconocerse en él, pero no tal y cómo es, sino cómo le gustaría ser.
Y lo que calla el rousseaniano es la consecuencia inevitable del desencuentro.

En la estela de Ford se sitúa Aldrich en Ulzana´s Raid, casi la conclusión de una trilogía secreta formada por The Searchers(1956) y Two Rides Together(1961).

Todo estaba ya en la obra magna del irlandés, el odio irreconciliables entre dos culturas cuya supervivencia dependía del fin de la otra. Sin embargo, al final se llegaba a una solución de compromiso un tanto complaciente sin por ello “cerrar la puerta” al conflicto cultural que ya presentíamos.
Era en Two Rides Together donde se nos mostraba de forma descarnada lo que sería el regreso de Debbie a los “suyos”, el repudio social a la cautiva que elije la vida al lado de un indio en vez de un suicidio honroso y la máxima expresión del sueño de la razón de Rousseau, la realidad del otro no es reductible más que haciendo uso del más eficaz instrumento civilizador: la horca.

En Ulzana, Aldrich confronta los prejuicios bienintencionados del Teniente bisoño DeBuin (Bruce Davison) recién salido de la Academia e hijo de pastor lector de Bartolomé de Las Casas con una realidad para la que no estaba advertido: el indio de carne y hueso. Asistiremos a una crisis de valores motivada por el testimonio irrefutable del minucioso y esmerado ejercicio de la crueldad apache que le hace incubar un odio ciego antes de empezar a comprender y aceptar.
En el otro rincón, en una estructura cara a Aldrich, su doble sabio y vetusto, Makintosh (Burt Lacanster), explorador que conoce la realidad del indio y vive con una apache.

Una de las obras capitales de Aldrich es Apache (1954), alumbrada al viento favorable de la excepcional Broken Arrow (1950, Delmer Daves) Ambas ofrecían retratos “progresistas” del indio que tanto gustaba a los franceses. El aborigen aparecía como una víctima del Witheman, y su violencia, consecuencia inevitable de las tropelías sufridas.
Más allá de las virtudes indiscutibles de sendos filmes, el discurso que articulaban era un tanto simplista al ser la otredad asimilada a los usos y costumbres del anglosajón buscar así la identificación del público con el sufrido indígena, interpretado ni más ni menos que por la sonrisa más bella de Hollywood, Burt Lancaster.

Pero el tiempo pasa y los grandes maduran, y la madurez en los grandes, sólo en los grandes, es sabia y no transige con las mentiras aún siendo hermosas, y Aldrich no estaba en los setenta para complacientes y bienintencionadas fábulas. Ulzana´s Raid es seca y brutal como el desierto de Arizona. En Peckinpah la violencia es un modo de ser de sus personajes, un rasgo de su carácter y extensión de los valores que suscriben, una forma digna de salir del mundo cuando el mundo ya no es digno. Por eso Ulzana´s Raid s es más violenta que Wild Bunch, porque no hay épica, no hay belleza, sólo absurdo, sólo la mirada dolorida de un niño ante el paso de los que han hecho que un soldado tuviera que matar a su madre para que ellos no la violaran hasta la muerte.
El guión de Alan Sharp, una verdadera obra maestra, dispone sendas conversaciones entre DeBuin con Makintosh, Ke-Ni-Tai (Jorge Luke) y el innominado sargento que encarna el habitual Richard Jaeckel para ilustrar los movimientos del alma del muchacho a lo largo de la expedición, convertida para él en una auténtica lección magistral tanto de táctica militar como de la condición humana.
Makinstosh no pretende reducir la problemática existencia del otro a sus expectativa, actitud infantil que sólo genera frustración y conduce a tomar malas decisiones. El primero que cometa un error tendrá que enterrar un cadáver. Makintosh representa la afirmación desapasionada de la diferencia, la actitud pragmática del que no ambiciona cambiar las cosas.
Mario Bunge dijo con ironía que la izquierda no cree en la realidad pero aspira a cambiarla, pues bien, Makintosh sería conservador.





Ke-Ni-Tay ofrece una justificación mítica de la carnicería apache, es decir, reduce la al otro al discurso de los suyos. Los guerreros absorben la fuerza vital de sus víctimas y según sus creencias incrementan un poder debilitado tras la larga permanencia en la reserva.
La crisis de DeBuin le está conduciendo a traicionar los principios evangélicos del perdón en los que se ha educado. El Sargento le espetará con una franqueza rayana en la brutalidad que Jesús nunca tuvo que arrancar a un niño de un cactus y esperar dos horas a que muriera para poder enterrarlo. Nadie logrará que ofrezca la otra mejilla a un apache. DeBuin, ve el mismo odio que le corroe reflejado en las palabras de otro, se reconoce en ese alma purulenta de rencor y dispondrá ya del terreno propicio para vencerlo, especialmente cuando sus soldados se dispongan a sacar las entrañas a uno de los indios abatidos.
Lo que de veras le disgusta es comprobar que el blanco se comporta igual que el apache.

Aldrich, que no en vano fue ayudante de dirección de Renoir, nunca juzga a sus personajes, por el contrario hay siempre una gran piedad hacia ellos. La conducta despótica o abiertamente imbécil de DeBuin se explica por su frustración, la profunda incomprensión de un territorio salvaje que no estaba recogido en el mapa que la religión le había trazado de la condición humana le lleva a tratar injustamente a Ke Ni Tay o a desoír los sabios consejos de Makintosh antes de comenzar a aceptar. De igual modo, pese a las atrocidades que cometen, la partida de Ulzana nunca nos llega a resultar odiosa. Una extraña dignidad reviste al jefe de los renegados, advertimos una profunda comprensión y solidaridad en el dolor entre la mirada que intercambia su hijo con el chico que abraza el cadáver de su madre. No es necesario buscar una coartada explícita a los actos de los indios, la historia es de sobras conocida.
Llegado el fin, Ulzana rehúsa luchar contra Ke-Ni-Tay, acepta su destino, su hijo ha muerto y está sólo en el mundo, entona cánticos a sus dioses para disponer su alma en espera del tiro que le reúna con sus antepasados.
Con la misma serenidad “consiente” Makintosh, haciéndonos eco de la expresión de The River. La celada que le tienden a los apaches emboscados en el desfiladero resulta a medias. El grupo de DeBuin llega cuando la patrulla-señuelo ha sido aniquilada por el fuego cruzado. Makintosh, herido de muerte, lejos de reprochar su tardanza al joven teniente le consuela: Demonios, todo el mundo tiene derecho a equivocarse.
Verdadera lección de piedad cristiana la que le da el ateo al hijo del predicador.

Y allí, en ese paisaje hermoso y terrible, quizá ya en México, bajo un sombraje improvisado, entre crótalos y escorpiones, un hombre excepcional, el mejor explorador de Arizona (jamás salvo en Il Gatopardo ha estado Lancaster tan grande) espera a la muerte liándose un cigarrillo (ni eso ha sido capaz DeBuin de hacer por él).





Es miércoles, aunque no lo parezca y nadie me lo haya preguntado.



Epílogo.

Creo que es justo atribuir una doble paternidad de Ulzana a Aldrich y Sharp, no en vano la obra maestra, yo así lo creo, del cineasta de Rhode Island, viene armada sobre uno de los mejores guiones posibles.
La historia dispone escenarios y situaciones conocidas sin caer en la amalgama episódica o el revisionismo, en un momento en que sendas estrategias menudean. Diálogos magistrales, irónicos y afilados elaboran sin solemnidad un discurso de gran complejidad, donde, sin embargo, mucho es lo que se calla y se expresa a través de esos elocuentes cruces de miradas.
La narración, planteada como una partida de ajedrez en la que los caballos tendrán singular importancia, avanza con pulso firme hacia el Mate a las negras, con gran sacrificio de las blancas, de entre ellas, la Reina.
Al final, se da la gran ironía de que es un azar el que precipita la salida de DeBuin al encuentro de Makintosh, aunque sea tarde y mal. Era tarde ya cuando salieron del fuerte.
Naturalmente a Ulzana no lo mata ningún blanco. Por supuesto nadie mutila su cuerpo para que las personas civilizadas puedan contemplar esa mueca de ligero enfado que les queda a las cabezas decorporadas.

Por cierto que el siguiente guion de Sharp en rodarse fue Night Moves (1975, Arthur Penn)




viernes, 22 de junio de 2012

GLOSAS: FUGA SIN FIN







Cuando Rickard (Tony Musante) y Claudie (Trish Van Devere) se reúnen en una secuencia de Fuga sin fin (The Last Run, 1971; Richard Fleischer), el viejo Harry Garmes (George C. Scott) les cede su cuarto y se traslada al que ocupaba Claudie durante la espera.
En el lavabo está su ropa interior en remojo. Mientras Harry escurre las prendas con una torpeza convocada por el pudor y las va colgando del improvisado tendedero que la chica ha apañado, bragas, sostén, pantys, se nos muestra a la pareja en la cama entre una nube de humo, compartiendo gozosa un cigarrillo que apenas aguanta la ceniza que le arrancan las profundas caladas.



De vuelta en el cuarto de arriba, Fleischer filma ahora a Harry, tumbado en su cama a través del boscaje de prendas íntimas, con la mirada clavada más allá del techo, esperando un sueño que no llega.



La ropa interior es una obvia metonimia de la mujer, agente del deseo y vehículo de una fantasía desvelada que inocula el germen de un sentimiento que acompañará y da sentido a los últimos días del viejo driver, si bien no será más que la ilusión del que finge estar con una mujer cuando sólo está con una ramera, y la relación improbable que se entable no pasa de ser una mentira tácitamente pactada, alentada por el interés de ella, avivada por el hábito de él en esto de jugar a creérselo.
El fingimiento se convierte así en la actitud principal de sendos personajes, el viejo y la niña, su modo de ser el uno ante el otro.
A la mañana siguiente, ella le agradece que pusiera su ropa a secar:

-Habría tenido que viajar con la ropa interior mojada.
-No lo quiero ni pensar.

Hacía nueve años que Harry no conducía para delincuentes. Se había trasladado al Algarve aceptando ser una de esas personas que no pertenece a parte alguna y comprado una barca para jugar a ser un pescador que nunca va a pescar. Espanta los demonios de la traición y el abandono en brazos de una ramera, Monique (Colleen Dewhurst) a la que dice en su despedida: No es una ramera la que duerme conmigo, contigo, con él. Es una ramera la que tiene el corazón de ramera. Créeme, sé de lo que hablo. (por cierto, que bella palabra “ramera”, que no sé por qué tiene para mí resonancias bíblicas y es improbable en un doblaje actual)



Y un día, se decide volver al volante, hastiado del simulacro y lenta espera en que se ha convertido su existencia, por ejercitarse, que diría aquél. Pero antes, quizá porque tiene un mal pálpito, quizá por costumbre ante semejantes trances, se confiesa. Cuando se dispone a salir del recinto sagrado, el sacerdote sale a su encuentro y le pregunta si desea el Sacramento: No gracias Padre, ya estoy en paz.
A partir de este momento, el coche se convierte en la extensión de Harry, un viejo BMW del 57, una antigualla, como él mismo. Ahora, el vehículo será metonimia del hombre, y cuando la policía quite la llave de contacto del montón de chatarra en que se ha convertido tras la torpe huida de Rickard, único momento en que Garmes le cede el volante, y el motor se silencie, con un espasmo simultáneo Harry dará el alma, quiero decir, se muere (lo siento, por estas fechas vuelvo irremediablemente al Quijote)



Pero antes de ser acribillado, antes de ceder el coche y entregarse, en un cementerio, pero no en uno cualquiera, el cementerio en el que yacen los restos de su hijito, Claudie se sincera con él:



¿Lo dice para salvaguardar su orgullo o realmente vivió aquel simulacro de romance con plena conciencia, velando por la impostura? Arriesga su vida porque no hay vida más allá que languidecer al sol tibio de la mañana y entre memorias tristes, acaso porque ama con el amor de Spinoza, un amor que no espera ser amado. Puede que lo haga sólo por él, no por el dinero, no por la mujer, sólo por demostrarse que, como su viejo BMW del 57, sigue en forma.

El viejo muere y la niña vive, me parece bien.
Hemos comenzado hablando de objetos que definen personajes. ¿Qué hay de Rickard? Se trata de un asesino profesional al que le preparan la fuga los mismos que quieren liquidarlo. Para Rickard el mundo y lo que contiene no es más que un objeto y él se arroga el derecho de usufructo, especialmente en lo que concierne a Claudie.
Era la novia de su hermano y ahora se la cede a Harry para asegurarse la ayuda de éste. Su relación efímera con el coche, el modo en que lo siniestra, la falta de gratitud absoluta que muestra ante la agonía de Harry, de compasión ante el tipo al que debe la vida, ilustra que estamos ante un hijo de puta integral.

El mundo sería la gran metonimia de Rickard.

domingo, 26 de febrero de 2012

LA PUERTA DEL CIELO.

I´ve been walking through the middle of nowhere
Trying to get to heaven before they close the door.
BOB DYLAN



Cuidado -me dijeron una noche lejana y sin remedio-, que el vodka no te haga decir lo que no dirías lejos de su magisterio.

Pero cuando la melancolía viene, viene por lo que más quieres, y hay una película que como ninguna otra me asalta en los momentos de duda, cuando el anhelo se disuelve en el agua turbia de la tarde; cuando el deseo duele más de lo acostumbrado y decir, “te quiero”, es un mal menor, siempre una mentira piadosa que funciona si el embuste es compartido (es decir, sino falta un espejo en que mirarse). 


La puerta del cielo (Heaven´s Gate, 1980; Michael Cimino) 

Con ella murió lo que más habíamos amado, y si seguimos en la brecha apostando en cada mano, apostando por nuestra derrota, pidiendo un crédito con la muerte por aval, no es más que (como Don Quijote según Voltaire) por ejercitarnos.

Amor y cine. Mentira y deseo. O viceversa.



La puerta del cielo. Ciertamente, lo es, aunque nos quede fuera, aguardando, como aquel otro, ante las puertas de la justicia por toda una vida.

¿Qué pudo haber más hermoso que envidar con un farol al destino de dividendos que iba a ser el cine amasado por George Lucas? 

Apuesta contra la banca y perderás. Pero chico, habrá merecido la pena. O algo así debió pensar Cimino cuando, en la cresta de eso que llaman éxito, se jugó el todo por el todo en una historia definitiva, final, donde el Génesis se marida con el Apocalipsis en una apoteosis de las postrimerías. 

Y puso al gran relato, al relato fundacional, a ese relato del que la apostató la posmodernidad, a llamar a las puertas del cielo. A bailar el Danubio azul con el diablo. Y sin vender el alma.

Así Michael, no podías ganar.

Luego, lo de siempre, los dioses humillados por el desacato, enviaron la rapaz para que, por una eternidad (una ya es suficiente), clavara su pico en las entrañas de Michael. O en la memoria que de él guardamos.

Admiro rabiosamente a otros. Los hay que me fascinan, siéndome ajenos. Pero Cimino me es incómodamente íntimo; me descubre en cada fotograma. Me reconozco en todos sus personajes. Y eso ya desde Un botín de 500.000 dólares (Thunderbolt and Lightfoot, 1974) Su estética y su ética son la mía. Podemos descubrir vestigios de Ford, de Lean, de Ray, de Minnelli, de Coppola. Todos tienen parte de culpa. 

Yo veo (o quiero ver) a Truffaut inspirando ciertos momentos (un silencio, un arrebato lírico, una gélida mirada de desespero)

Pero Cimino es otra cosa. Claro, -me dirás- es Cimino.

Y La puerta del cielo. Aún vendrían Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984; Sergio Leone), incluso, Sin perdón (The Unforgiven, 1992; Clint Eastwood), cierto, pero el gran relato ya caminaba en la agonía (ya escarbaba en la tierra buscando pasos, evocando una bella imagen de Miguel Ángel Asturias).

Tantas veces hemos soñamos en cada estría de la historia una vida entera que se asoma a la ventana. Un amor, un hijo quizá, otro abandono, el mismo. Una amistad madurada al socaire del ideal que acuna la edad temprana a la que justicia aún se le antoja posible; nuestra aportación a su logro, efectiva. Tantos proyectos para cambiar el mundo...Un mundo que se ofrecía como pura posibilidad (y estamos en el mejor de los mundos posibles, Cándido)



Pero el ideal declina con los años y se prostituye enredado en los intereses de clase. Queda el escepticismo a que el mundo aboca al hombre maduro; el cinismo con el que condesciende traspasado de desencanto las más de las veces conservado en alcohol. Y el ideal obliga menos de lo que parecía hacerlo sobre el andamiaje de libros de leyes y tratados de ética, cuando las citas de Locke, de Stuart-Mill, de Benthan, de Emerson o Thoreau se apretaban en la charla sobre la penúltima jarra.

Y el ideal se pierde o no importa, arrinconado contra los sueños que ya no duelen, a despecho de las mujeres que olvidamos, envasado en las bolsas bajo los ojos cada mañana.

Y la huida al oeste se antoja precisa, con el desencanto oscuro bajo el ala del sombrero, a rescatar aquellos ideales postergados; a mantener el equilibrio en la cuerda floja y sin red sobre la línea del horizonte. Comprobar si el imperativo de lo real transige con la idea: si estamos de hecho en el mejor de los mundos posibles.

Y Ella, el amor redivivo que nos evoca a aquella otra que observaba la celebración desde la ventana en una noche lejana y festiva en Harvard; aquella otra con la que deshojamos la noche junio con besos lentos y aromados. Siempre la misma, bajo otro rostro y otro nombre, sea virgen o puta (la dualidad que embosca el Evangelio): lo eterno femenino.
Y otra amistad fraguada bajo distintas reglas.
Y siempre, el desencanto. El de antes, el de después. Lo demás es soledad y silencio a la deriva sobre un mar muerto.

La tierra de las oportunidades devine en tierra removida para albergar los cuerpos de los hombres y mujeres que desde la vieja Europa buscaban una vida algo mejor. Pocas veces una batalla épica ha sido fue tan desprovista de... épica. Cimino trasmite en sus escenas de acción, una violencia, un desasosiego que impide al espectador disfrutar plácidamente del espectáculo pasado el impacto de la primera visión (como ocurre de sólito con Peckinpah, Scorsese, dePalma o Spielberg). Siempre incomoda, siempre nos hiere con la revelación de que tras el impacto, la carne sufre, se manifiesta el dolor de un semejante: El horror no debe ser protagonista; nunca un primer plano

Es sabido que la película fue destrozada en el montaje como ninguna otra lo fuera antes, desde El Cuarto Mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942; Orson Welles), a la que extirparon el último tercio del metraje (quedó en 80 minutos magistrales, sublimes, que se citan con lo mejor jamás filmado).

Personajes fundamentales quedaron reducidos a figurantes. Relaciones cruciales, se adivinan tan sólo. La puerta del cielo es un film que intuimos apenas, exige a nuestra imaginación restañar las heridas que los criminales montadores abrieron a la historia del cine.

Pero su belleza, aunque sea un recuerdo impostado, un "te quiero" piadoso, es inmortal.

Estamos ante el último intento de redimir los crímenes de la Historia a través de un relato. La función primigenia de los cantares de gesta (más allá de la propagandística o meramente lúdica), fue la de memorando, impedir el olvido de los jóvenes caídos. ¿Qué otra cosa es La Ilíada?

Si este fuera el mejor de los mundos posibles, Pangloss, la épica hubiera estado de más (¿justifica la belleza el dolor?) y ni Homero, Dante, Shakespeare o Dostoievski habrían escrito. 
No habrían tenido de qué.

Y así volvemos a aquel reproche de la alta madrugada: Qué el vodka no te haga decir...: 

Pero decimos y diremos que La puerta del cielo es la última obra maestra del cine americano (in vino veritas)



LA PUERTA DEL CIELO.

I´ve been walking through the middle of nowhere
Trying to get to heaven before they close the door.
BOB DYLAN



Cuidado -me dijeron una noche lejana y sin remedio-, que el vodka no te haga decir lo que no dirías lejos de su magisterio.

Pero cuando la melancolía viene, viene por lo que más quieres, y hay una película que como ninguna otra me asalta en los momentos de duda, cuando el anhelo se disuelve en el agua turbia de la tarde; cuando el deseo duele más de lo acostumbrado y decir, “te quiero”, es un mal menor, siempre una mentira piadosa que funciona si el embuste es compartido (es decir, sino falta un espejo en que mirarse). 


La puerta del cielo (Heaven´s Gate, 1980; Michael Cimino) 

Con ella murió lo que más habíamos amado, y si seguimos en la brecha apostando en cada mano, apostando por nuestra derrota, pidiendo un crédito con la muerte por aval, no es más que (como Don Quijote según Voltaire) por ejercitarnos.

Amor y cine. Mentira y deseo. O viceversa.



La puerta del cielo. Ciertamente, lo es, aunque nos quede fuera, aguardando, como aquel otro, ante las puertas de la justicia por toda una vida.

¿Qué pudo haber más hermoso que envidar con un farol al destino de dividendos que iba a ser el cine amasado por George Lucas? 

Apuesta contra la banca y perderás. Pero chico, habrá merecido la pena. O algo así debió pensar Cimino cuando, en la cresta de eso que llaman éxito, se jugó el todo por el todo en una historia definitiva, final, donde el Génesis se marida con el Apocalipsis en una apoteosis de las postrimerías. 

Y puso al gran relato, al relato fundacional, a ese relato del que la apostató la posmodernidad, a llamar a las puertas del cielo. A bailar el Danubio azul con el diablo. Y sin vender el alma.

Así Michael, no podías ganar.

Luego, lo de siempre, los dioses humillados por el desacato, enviaron la rapaz para que, por una eternidad (una ya es suficiente), clavara su pico en las entrañas de Michael. O en la memoria que de él guardamos.

Admiro rabiosamente a otros. Los hay que me fascinan, siéndome ajenos. Pero Cimino me es incómodamente íntimo; me descubre en cada fotograma. Me reconozco en todos sus personajes. Y eso ya desde Un botín de 500.000 dólares (Thunderbolt and Lightfoot, 1974) Su estética y su ética son la mía. Podemos descubrir vestigios de Ford, de Lean, de Ray, de Minnelli, de Coppola. Todos tienen parte de culpa. 

Yo veo (o quiero ver) a Truffaut inspirando ciertos momentos (un silencio, un arrebato lírico, una gélida mirada de desespero)

Pero Cimino es otra cosa. Claro, -me dirás- es Cimino.

Y La puerta del cielo. Aún vendrían Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984; Sergio Leone), incluso, Sin perdón (The Unforgiven, 1992; Clint Eastwood), cierto, pero el gran relato ya caminaba en la agonía (ya escarbaba en la tierra buscando pasos, evocando una bella imagen de Miguel Ángel Asturias).

Tantas veces hemos soñamos en cada estría de la historia una vida entera que se asoma a la ventana. Un amor, un hijo quizá, otro abandono, el mismo. Una amistad madurada al socaire del ideal que acuna la edad temprana a la que justicia aún se le antoja posible; nuestra aportación a su logro, efectiva. Tantos proyectos para cambiar el mundo...Un mundo que se ofrecía como pura posibilidad (y estamos en el mejor de los mundos posibles, Cándido)



Pero el ideal declina con los años y se prostituye enredado en los intereses de clase. Queda el escepticismo a que el mundo aboca al hombre maduro; el cinismo con el que condesciende traspasado de desencanto las más de las veces conservado en alcohol. Y el ideal obliga menos de lo que parecía hacerlo sobre el andamiaje de libros de leyes y tratados de ética, cuando las citas de Locke, de Stuart-Mill, de Benthan, de Emerson o Thoreau se apretaban en la charla sobre la penúltima jarra.

Y el ideal se pierde o no importa, arrinconado contra los sueños que ya no duelen, a despecho de las mujeres que olvidamos, envasado en las bolsas bajo los ojos cada mañana.

Y la huida al oeste se antoja precisa, con el desencanto oscuro bajo el ala del sombrero, a rescatar aquellos ideales postergados; a mantener el equilibrio en la cuerda floja y sin red sobre la línea del horizonte. Comprobar si el imperativo de lo real transige con la idea: si estamos de hecho en el mejor de los mundos posibles.

Y Ella, el amor redivivo que nos evoca a aquella otra que observaba la celebración desde la ventana en una noche lejana y festiva en Harvard; aquella otra con la que deshojamos la noche junio con besos lentos y aromados. Siempre la misma, bajo otro rostro y otro nombre, sea virgen o puta (la dualidad que embosca el Evangelio): lo eterno femenino.
Y otra amistad fraguada bajo distintas reglas.
Y siempre, el desencanto. El de antes, el de después. Lo demás es soledad y silencio a la deriva sobre un mar muerto.

La tierra de las oportunidades devine en tierra removida para albergar los cuerpos de los hombres y mujeres que desde la vieja Europa buscaban una vida algo mejor. Pocas veces una batalla épica ha sido fue tan desprovista de... épica. Cimino trasmite en sus escenas de acción, una violencia, un desasosiego que impide al espectador disfrutar plácidamente del espectáculo pasado el impacto de la primera visión (como ocurre de sólito con Peckinpah, Scorsese, dePalma o Spielberg). Siempre incomoda, siempre nos hiere con la revelación de que tras el impacto, la carne sufre, se manifiesta el dolor de un semejante: El horror no debe ser protagonista; nunca un primer plano

Es sabido que la película fue destrozada en el montaje como ninguna otra lo fuera antes, desde El Cuarto Mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942; Orson Welles), a la que extirparon el último tercio del metraje (quedó en 80 minutos magistrales, sublimes, que se citan con lo mejor jamás filmado).

Personajes fundamentales quedaron reducidos a figurantes. Relaciones cruciales, se adivinan tan sólo. La puerta del cielo es un film que intuimos apenas, exige a nuestra imaginación restañar las heridas que los criminales montadores abrieron a la historia del cine.

Pero su belleza, aunque sea un recuerdo impostado, un "te quiero" piadoso, es inmortal.

Estamos ante el último intento de redimir los crímenes de la Historia a través de un relato. La función primigenia de los cantares de gesta (más allá de la propagandística o meramente lúdica), fue la de memorando, impedir el olvido de los jóvenes caídos. ¿Qué otra cosa es La Ilíada?

Si este fuera el mejor de los mundos posibles, Pangloss, la épica hubiera estado de más (¿justifica la belleza el dolor?) y ni Homero, Dante, Shakespeare o Dostoievski habrían escrito. 
No habrían tenido de qué.

Y así volvemos a aquel reproche de la alta madrugada: Qué el vodka no te haga decir...: 

Pero decimos y diremos que La puerta del cielo es la última obra maestra del cine americano (in vino veritas)



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