lunes, 23 de septiembre de 2013

EXPEDIENTE WARREN.




1.

Supongo que cada década tiene a su alquimista. La mixtura de los miedos colectivos en el alambique de siempre destila una nueva pócima. Nos embriaga pese a su regusto tan familiar y lo apuramos a sabiendas de la resaca que nos aguarda.
Shyamalan nos enseñó cual era la naturaleza del miedo y el modo de afrontarlo, no de vencerlo, de resignarnos a llevarlo pegado a la piel. Nos habló del alcance de su poder. La conveniencia, llegado el caso de crear monstruos colectivos que pongan grillos a los demonios que anidan en cada individuo. A amarlo y hacernos fuertes en él.
El espectáculo turbador de una humanidad suicida saltando al vacío, la última respuesta coherente que nos ha dado el hindú, cifra la esencia y corona a uno de los proyectos más coherentes y poderosos de la última década en su empeño por explicitar aquel “malestar” antiguo incubado a la sombra de la imposible tarea de conciliar los deseos personales con una tarea colectiva.
 La recalcitrante presencia de esos otros que disponen minuciosamente nuestro infierno y de la que no nos libramos ni cuando mueren los cabrones. El interminable catálogo de renuncias que nos imponemos gustosos  llevados por esa estúpida inclinación a estrellarnos siempre en el mismo coche que responde al nombre de mujer. La necedad de querer leer en los hechos y la paradójica necesidad de creer en esa lectura para conservar el juicio.  El amparo que dispensa el miedo que, cuando no existe, lo inventamos a nuestra imagen y semejanza. Y por último, la aceptación ominosa de que tras  ninguna de esas puertas hay una salida. 
Esta bárbara conclusión, que hubiera aplaudido nuestra amada Justine,  sólo podía tener una continuación verdaderamente coherente. El silencio.

 Pero M. Night, no se ha leído a Wittgestein, por desgracia.




2.

El relevo lo ha tomado James Wan. El espesor metafísico de su cine es del grosor del satén. El incitante y etéreo satén.
Si hubiese que buscar un antecedente entre los “viejos” masters of horror, diría que el asiático es el nuevo Wes Craven. Un talento orientado a la taquilla en igualdad proporcional a su mediocridad creativa. Su olfato de vendedor ambulante le hace disponer el carrito en la rambla más transitada, apuntarse a la corriente estilística y temática de moda, rehacer el último grito o saquear con singular alegría y descaro notable, las viejas reliquias del género.
Pero de igual modo que Craven no mejoró con los años, y tras Pesadilla en Elm Street (1984), su único film visible,  notable diría, y se limitó a buscar con perruna sumisión al público olfateando entrepiernas y excrementos (qué distinta actitud a la insumisión, independencia y honestidad de dos grandes maestros como Carpenter o Romero), en una deriva creativa que lo único que nos ha aportado fueron, por una parte,  las carcajadas de la serie Scary Movie (2000), a modo de lúcida respuesta a la soporífera colección de Scream (1996). Y más tarde, el soberbio remake de Las colinas tienen ojos (2006),  donde el talento de Ajá rescataba las infinitas posibilidades de una historia que habían sido malogradas por el ahora productor, en su clásico de 1977.
Pues bien, igual que Craven siguió siendo Craven, Wan parece que aprende de sus errores.
Quizá porque Wan nunca ha querido ser Wan. Quizá porque Wan no sabe lo que quiere ser. Y a veces eso juega a favor de uno. Sólo aprendemos cuando nos encontramos verdaderamente convencidos de nuestra ignorancia.
Sin originalidad, ni pretensiones autorales, pero cada vez con más oficio, va destilando un mejunje familiar pero que se nos sube. No juega en la liga de Derrickson, aunque está cerca de la promoción, y ni siquiera al mismo deporte que Zombie,  pero ya nos ha dejado dos perlitas.
 Expediente Warren (2013) viene a ser una enmienda parcial a la prometedora y parcialmente insatisfactoria,  Insidious (2011).
Insidious es una hábil puesta al día de los motivos argumentales de  Poltergeist (1982) trufada con diablos del Mouline Rouge. Es claro que lo que funcionaba allí eran sus mecanismos anticipadores, los resortes narrativos que sostenían una expectación creciente, frente a un clímax lastrado por su falta de inventiva visual  que arruinaba la intensidad de los dos primeros actos. Dicho de otro modo, el fuerte de Wan es la narración.
En Expediente Warren envida con las mismas premisas trucadas pero seguro de los ases que oculta,  dobla la apuesta, infla el material narrativo y se asegura la manga.
Dos familias en vez de una y el doble de posibilidades para diseñar situaciones terroríficas, ¿no? Un ritmo narrativo frenético que no da descanso a la audiencia nos arrastra en su torrentera de incidentes e ideas de múltiples procedencia hacia la cascada de un clímax que nos queda sin uñas, sin aliento y sin ganas de mirarnos en los espejos.
Y es todo, una montaña rusa, el vértigo, el grito y esas risas nerviosas cuando uno pisa tierra. Luego, a otra cosa. Pero al menos, ofrece lo que promete.

3.
Se ve que los fantasmas ya no nos asustan lo suficiente. Desde que el repelente Haley Joel contara su secreto y todos nos descojonáramos repitiendo la consabida frasecita, había que salvar los predios de lo sobrenatural. Es cierto que desde oriente se importó una imagen menos complaciente de la otra vida, que viene a alojarse temporalmente con cierto éxito.  Pero esa tendencia cultural al optimismo metafísico de Platón que incubó en el Cristianismo la idea grotesca del “cielo”, nos hace incómodo a la par que desalentador creer que nuestros muertos son protervas y vengativas entidades. Preferimos creer que son hermosos ángeles protectores que habitan serenos y en beatitud en un lugar hermoso donde no se paga la factura de la luz, con la cara de Patrick Swayze, Audrey Hepburn, o así.
Hasta que alguien, ignoro quién, apuntó que los demonios tienen similares modos pero peores pulgas. El demonio, pobre chivo expiatorio, sí encaja en nuestra cosmovisión.
Supongo que todo estaba ya en el Simon de la soberbia Session 9 (2003), es decir, el lugar maldito y la presencia insidiosa. Si bien, el film de Anderson no da muchos datos, es obvio que Simon, ese que habita entre los débiles y los enfermos, es un ente maligno.
Paranormal Activity (2006) es quizá el primer film que establece con claridad “el criterio de demarcación” entre el espiritismo y la demonología.

Ya lo escribimos hace unas fechas, el siglo XXI es territorio de zombies y demonios.


Wan, virtuoso del “corta y pega”, se apunta al invento con gran éxito.  Expediente Warren borra hábilmente las huellas de su predecesora. La sitúa en otra época y adecúa su estilo visual a la misma. Aquel hermoso rojo de Insidious se vira en ocre tenebroso. Coge el rebufo de Friedkin y le da a la cosa el rigor que prestan las “True Stories”. Cocina rápido, elabora menos la atmósfera y el tempo narrativo que en su predecesora, y pasa directo a la acumulación de efectos, hasta ese exorcismo oficiado con escasa convicción y que tan bien resulta,  porque de nada sirve.
No pidamos demasiada coherencia.
Pero el gran hallazgo de Expediente Warren  es el, por otra parte nada original, punto de partida argumental, la memoria maldita de los objetos.
Desde antiguo el hombre ha creído que ciertos utensilios se magnetizan con una energía sobrenatural, el mana.  El fantástico ha incidido en ello. Hay un film delicioso de una de las filiales de la Hammer, Cuentos de ultratumba (1973), en el que un anticuario interpretado por el gran Peter Cushing, vendía objetos malditos, ente los que se encontraba una tabaquera que aparejaba un demonio. Pues bien, ecos hay de todo eso.
La colecta de objetos peligroso para la salud pública tras los exorcismos en los que colabora el matrimonio Warren, algo así como unos Mulder y Scully civiles y sin escéptico en la pareja (he de confesar  que ando enamorado de la Farmiga desde los tiempos de Infiltrados),  van a parar a un cuarto que increíblemente tienen en su casa, al alcance de la curiosidad de su hija, constituyendo el escenario más inquietante de la película.
Cada chisme en su quietud inofensiva, reposando en silencio bajo una urna o tras una vitrina polvorienta, con su demonio al acecho, a la busca poseerte el alma para destruir cuanto pueda. En fin, asusta. El último plano, lejos del consabido susto en falsete, resulta sumamente inquietante por cuanto frustra parcialmente nuestras expectativas, y revela una madurez en Wan propia del que domina sus recursos, sabe dosificarse y confía en su público.  



Ver también: http://www.cinedivergente.com/criticas/expediente-warren-the-conjuring

viernes, 20 de septiembre de 2013

SKYFALL (II)

Bond es abatido por el fuego amigo mientras pelea con el sicario de turno para arrebatarle el McGuffin de rigor (una lista con la identidad de los agentes del MI6) y en lo alto de un decorado no menos frecuente,  un tren en marcha. Su cuerpo, con dos impactos de bala visibles (el primero se lo propina el tipo al que perseguía) se precipita hacia un río, y será arrastrado por la fuerte corriente hacia una cascada, tras la que se hunde como un aparejo de plomo. Fade out.

Comienzan los créditos y la imagen se estiliza, la continuidad metonímica entre los planos se vira en una contigüidad asociativa, metafórica.  La mímesis realista cede ante el símbolo y la alegoría que anticipan motivos temáticos y argumentales del film.

La “muerte” de Bond se significa siguiendo un itinerario espacial vertical. Cae literalmente del cielo. Sin embargo, una vez su cuerpo se sumerja en el elemento líquido, la caída no se detiene. Vemos una mano reconociblemente femenina, que toma su muñeca. ¿Acaso una sirena salvadora?


Pronto aparece otra mano descomunal que tira hacia el fondo de un minúsculo 007. El motivo femenino se configura como un principio de muerte. “M” ha ordenado fuego a pesar de que la agente innominada, por el momento, le advierte de que el blanco no es limpio. Las consecuencias ya las conocemos.



Una grieta se abre en el fondo y el abismo engulle a Bond. La grieta surge como nueva representación imaginaria de “lo femenino”. El cuerpo de Bond penetra a la tierra, principio femenino por excelencia revestida de los valores simbólicos de Gea, madre generadora y nutricia. Figuras de bellas mujeres ascienden y flanquean la interminable caída del agente, marcando la oposición dinámica entre el principio masculino y el femenino.


En adelante adoptaremos el punto de vista del alma errante de Bond. Se ha convertido en un psiconauta a la busca su cuerpo para encarnarse de nuevo. Se resiste a morir.



Surca una lluvia de objetos. Pronto veremos que se trata de efigies suyas, lo primero que sale a su encuentro son trasuntos, un boscaje de dobles de cartón, blancos de tiro con una ostensible hemorragia.

En este nuevo itinerario se mantiene el motivo de la caída, ahora son objetos caracterizadores de la actividad de 007.
Su metonimia, la imprescindible Walter que tantas vidas se ha cobrado. Al cortinaje de pistolas siguen puñales que acuchillan el fondo y en una implacable lógica asociativa, los siguientes objetos en caer son cruces.
 Y sobre ese camposanto recién sembrado aparece el nombre de Judy Dench, en claro anticipo de la muerte de “M”.


La imagen adquiere un intenso tono rojo sangre al superar el cementerio marino y  adivinamos el perfil de un caserón justo cuando la letra de la canción llega a “let the skyfall …”


Atraviesa el edificio y sobre uno de sus viejos muros, una grieta deja ver los ojos de Bond. 007 reaparece, oculto tras su pasado, como sabremos después. 


Skyfall es el lugar en el que nació y al que acudirá para ocultarse, como a un útero protector.
Está siguiendo un itinerario que consiste en el regreso imposible al hogar.

El ojo de la mente es la más originaria metáfora epistemológica. La visión que aprehende las formas de las cosas ha significado desde Platón el elemento activo de la cognición. Pero ahora la mirada es pasiva, no es ella la que mira hacia algo, sino ese algo que viene de afuera el que se allega y cae en ella, la penetra y mira hacia “adentro”. La conciencia de Bond claudica de su carácter intencional y se refleja a sí misma.
El ejercicio introspectivo devela sus miedos y el destino que le aguarda se hace manifiesto.



Bond se ha encontrado. Abandonamos ahora momentáneamente el  medio acuático. Tras la mirada de 007 se nos localiza en un escenario desértico sobre el que se elevan formas arquitectónicas clásicas, soportales, arcos de medio punto, ecos de Chirico y la pintura metafísica, para localizar la alegoría de un hombre disparando contra sus sombras, en lucha consigo mismo. 


Se introduce uno de los motivos argumentales sobre los que se articula la trama de Skyfall: el doble, el simulacro, la copia impostora que aspira acabar con el original.  La antítesis del héroe. Un 007 invertido en todos los sentidos.


No será tan rápido como para matarlas a todas, y una de ellas, en la que reconocemos a su antagonista, le dispara. Bond da el alma una vez más. Quiero decir, que muere.


Su alma cae a través de los 9 mm del orifico dejado por el proyectil de su doble-enemigo, y regresamos al fondo acuático. 


Atraviesa tupidas formaciones que semejan algún tipo de vegetación subacuática, algas, sargazos, aunque pronto reparamos en que se trata de hemorragias que emanan del suelo. Sus formas caprichosas alcanzan a formar una calavera, con lo que el tema de la muerte se hace explícito.


En solidaridad con aquel encontramos siempre el principio femenino. Una bella joven asiática empuña una pistola por cuyo cañón nos colamos hacia un entorno ígneo, llamas que se metamorfosean en dragones chinos. Siempre seguimos el mismo trayecto. De fuera hacia adentro. 


Sendos temas, la muerte y lo femenino, se imbrican definitivamente con el tercero del doble.
Un caleidoscopio incide en las sugerentes siluetas de sensuales curvas que se desdoblan y sugieren las formas caprichosas de las manchas de las tarjetas del Test de Rorscharch.
Referencia al análisis que tendrá su correlato en la narración. Todo el viaje del alma es una búsqueda de conocimiento de uno mismo. Reconocimiento. Al fin, no se aprende nada que ya no se supiera con anterioridad.


El  delirio visual se corona con una nueva presencia de la amenazante calavera. Más allá del placer siempre aguarda el beso gélido de la Dama de Blanco.


Tras superar el ominoso memorando, nos precipitamos en una tumba abierta. De nuevo el abismo, la hendidura, la oquedad.  La vagina .


Nos encontramos una vez más con Bond encarnado pero flanqueado por dobles que le disputan su lugar. 


Dispara contra esos reflejos "pretendientes", las réplicas que le amenazan y sobre las que deberá vencer para afirmar su identidad. 


La imagen se aproxima al desgarro abierto en su pecho.


La grieta es atravesada y una vez más 007 regresa su hogar.


Entre una lluvia de pavesas, bajo un cielo abrasado que se estremece y despedaza, adivinamos las ruinas de Skyfall, último reducto de la identidad del agente.


Más allá de sus muros decrépitos a los que falta el aliento,  más allá de un último latido legatario de orfandad y abandono, más allá de la soledad y el tiempo, sólo queda un individuo: James Bond.


La imagen se abisma hacia el centro más oscuro de su ojo.



El alma se encarna. La caída se detiene. 007 vuelve de entre los muertos para seguir cultivando la muerte. La lleva alojada en su ser. Ha vuelto para continuar perdiendo, ser una vez más aquel niño que perdió a su madre en el páramo escocés.
Ha vuelto porque el superhombre quiere repetición, eternidad, ver una y mil veces la misma función, sin lamentos, sin resentimientos, sin apartar la mirada. Sin piedad.

El drama hegeliano de la identidad se reedita, el desgarro, el extravío, el peregrinaje por lo radicalmente otro es superado en una unidad sintética que adopta la forma de un retorno a sí mismo, la vuelta al hogar.

Bienvenido, James.    




  

miércoles, 18 de septiembre de 2013

SKYFALL (I)




1.

This is the end, comienza el premiado tema de Adele. Otro gran tema, y van unos cuantos. Y algún despistado podría pensar que, en efecto, es el fin de 007. Skyfall (Sam Mendes, 2012), la entrega conmemorativa del medio siglo es la pieza que cierra el círculo, completa la serie, permite jubilarse merecidamente al agente menos secreto más célebre de todos los tiempos.
Nada más lejos. Bien es cierto que el film, más que un carácter recopilador, festivo, nostálgico, continúa con asombrosa coherencia, culmina y consuma motivos temáticos e inflexiones dramáticas de las dos piezas precedentes, echando un cierre provisional pero rotundo.
Desde que Daniel Craig se hiciera cargo de 007, el personaje, sensible sin duda a la tendencia introspectiva de sus colegas del cómic, aparcó su  aséptica e impasible actitud de sicario obediente al servicio nada secreto de la Reina, con licencia para matar y una  disposición innata a ejercerla, para revelar el conflicto incubado entre los requerimientos apremiantes del deber y una cada vez mayor dificultad para conciliarlo con el deseo, una culpa no asistida por el declive de una ideología harto difusa. Cincuenta años lleva ahogando sus fantasmas en vodka. Las unánimes y oscuras motivaciones que emanan de la condición humana y se manifiestan en una peligrosa tendencia a la reflexión, la autonomía, a salirse del programa, al desacato, cuestionamiento de órdenes y servicios con menoscabo de esa eficacia maquinal que lo hacía tan preciado,  planteando a sus superiores la cuestión la conveniencia de su servicio.
 En correspondencia con estas aristas irreductibles en el carácter de Bond, la estructura de los episodios también se ven alteradas. Casino Royale (2006)  y Quantum of solace (2008) incurrían en una anomalía narrativa inédita en la serie. Una rigurosa continuidad cronológica entre ambas rompía la pulcra tendencia a comenzar cada nuevo relato desde cero, y volver a encontrar al personaje con las deudas liquidadas y en gracia de dios.  Bien es cierto que el paso del tiempo no borra totalmente los trazos de escrituras anteriores, motivos y temas, fantasmas erosivos de la férrea musculatura del personaje venían emergiendo de cuando en cuando (1).
En Quantum of Solace un Bond con la licencia revocada actuaba nada fríamente por motivos estrictamente personales, algo que ya sucedía en la lejana y accidentada Licencia para matar (1989)
Lo que en sus predecesoras era tendencia, constituye el núcleo de Skyfall (2012).  Bond ha abandonado su condición de mero actante. Presenta heridas que el vodka ya no cauteriza, un esmoquin de alquiler almidonado por el légamo de la traición y la mira de la Walter un tanto desviada. La barba cana testimonia los muchos años en solidaridad con una condición física mermada (Podría hacerse una lectura en paralelo entre la trilogía de El caballero oscuro y las entregas de 007 protagonizadas por Craig y encontraríamos las base para trazar la topología del héroe en el nuevo milenio).
La trama de Skyfall discurre por los meandros del drama de Bond. Al extravío sucede el retorno, al desgarro la costura, el viaje por la alteridad y la vuelta a la identidad; a la pérdida del hogar, el reconocimiento del tortuoso camino que finaliza en la patria: el hogar de padres. Escocia. Bond cierra el círculo.
En Casino Royale asistíamos a sus orígenes como agente 00, es decir, a su bautizo de sangre, aquí la Kehre es más originaria.  
En los noventa había bastado con cambiar el Aston Martin por un BMW y que Moneypenny, lejos de la solicitud de antaño, le recordara a Bond sus derechos sexuales y normas de urbanidad laboral, para sacudir el polvo al viejo espía y situarlo debidamente a favor de los nuevos vientos de los buenos tiempos.
En el siglo XXI todo es más jodido. En el siglo XXI descubrimos que no somos invencibles, que la seguridad y la prosperidad son hermosos sueños de los que había que despertar. El mito ha de rescribirse a partir de estas premisas. Los héroes se arman desde la vulnerabilidad, el conocimiento de los propios límites y el sacrificio personal, la aceptación de la renuncia y un compromiso inquebrantable con el deber. Lo que viene siendo, apretar los dientes y arrostrar el temporal.
Y así ligamos simbólicamente el miedo, la incertidumbre, el acojono ante una realidad apremiante que ya no ofrece prórrogas ni pacta nuevos plazos.
  El film asume sin ningún pudor un tono crepuscular peligrosamente suicida para  fines meramente comerciales. Un nuevo e imberbe ”Q” , con aire de informático pajillero, le recuerda a 007 que un crio con su ordenador en pijama puede hacer más daño que una reliquia analógica como él en un año.
Nunca se había discutido de forma tan cruda la pertinencia de los espías de la vieja escuela, templados al fuego lento de la Guerra Fría, en el marco de un mundo virtual en el que la información pertenece a los “señores del aire” y los agentes del mal se desvanecen en el ciberespacio, encriptados tras un código binario. La seguridad de la sede del MI6 queda en evidencia por dos veces y “M” (Judy Dench) deberá comparecer ante una sesión de investigación para intentar convencer al Gobierno de que Electra sigue maquinando a la sombra el apocalipsis y sólo ellos pueden salvar el mundo.
 No obstante, los aires revisionistas que llegan desde el cine de terror, trufado de referencias a los 70,  o desde el cine de acción, rehabilitado por los machos musculados de los 80, autorizan y respaldan comercial, estética e ideológicamente una propuesta que asume su descarado anacronismo.
Tras décadas rindiendo culto a la juventud, un cierto, ignoro si hastío, desencanto o simple hartazgo hacia una grey inane anclada en un hedonismo embrutecedor y con la brújula atascada,  que ya no suscita la envidia de sus padres, va calando en el tejido ideológico actual. Se vuelve la mirada atrás sin ira y se encuentra uno con que los miembros de la generación anterior no son expendables, y aún no han dicho su última palabra.

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1. "Cartas de amor desde el despacho de James Bond" (pags. 105-181), en RODRÍGUEZ, Aarón, Apocalipsis Pop! El cine en la sociedades del malestar, Notorius Ediciones, Madrid, 2012. En esta obra se traza un soberbio análisis de 007 a través de un minucioso y brillante repaso a su negra crónica sentimental dispersa en una veintena de películas. Un texto de lectura imprescindible para comprender la evolución ideológica del personaje y de la propia serie, en relación con los cambios políticos y culturales de los últimos 50 años.






domingo, 15 de septiembre de 2013

THE LORDS OF SALEM.






Zombie embrida el furioso corcel.  Lejos queda el ejercicio de caligrafía bárbara con que comenzara a escribir un capítulo propio en la historia del género.  Rob, con la barba canosa y más tablas,  se refugia en la tierra maldita de las brujas para ofrecernos una pieza de cámara interpretada desde una emoción áspera, con la ternura de un abrazo del diablo y la destreza que da al talento, el oficio.

Más allá de su trama y convenciones genéricas, moderadamente interesantes unas y otras, estamos ante un film íntimo, que le susurra a uno obscenidades mientras la noche se hace pedazos (no es un arrebato lírico, alguien dispuso que la visión de The Lords me fuera acompañada de una de las más fabulosas tormentas post-estivales que recuerdo)

Lejos del frenesí visual y narrativo de Halloween; a mil millas del alegre y salvaje pastiche de sus dos primeras obras, Zombie nos sorprende con un film… direlo… sí,  CLÁSICO.  Despliega una puesta en escena serena y turbadora a un tiempo, por la que resuenan ecos de Polanski y disturbios de Argento;  lírica por momentos y grotesca en no pocas ocasiones, cuando se permite levantar el pie del pedal del freno.
Sus planos poseen esa cualidad hipnótica de los grandes cuando disfrutan y hacen disfrutar. Y un pasillo o  el interior de un coche, deviene un espectáculo fascinante, porque los grandes cuando ruedan nos hacen ver esas cosas tan familiares y gastadas, como por primera vez.

 Y un cielo de plomo cubre toda la tristeza del mundo. Y esa conversación, que sabes será la última, en lo que es una apenas presentida y condenada historia de amor. Esto sí es nuevo.

Y sí, hablamos de una película de brujas, demonios verracos y trasuntos de arzobispos que con toda la solemnidad que dan la mitra y la casulla, se la cascan a un consolador.

En continuidad con sus anteriores obras aunque de un modo menos obvio, aparece uno de sus temas dilectos, la familia, la saga.

Los Fireflies y los Myers.

Esa maldición de la herencia, obra del semen y la sangre de la que uno podrá renegar, de la que tal vez uno nunca supo nada, pero a la que nunca, nunca podrá escapar. Así, The Lords acaba siendo casi un perverso cuento de Navidad lovecraftiano, The Heidi`s Baby.


Y Sheri.



                                                                                                       Y la soledad era eso.

Sheri desnuda sobre la cama como una herida abierta a la tarde. Sheri Moon bajo la luna triste y acribillada a chinatos de Meliès, con su mohín travieso y ese acné anacrónico.  Sheri se parece un poco a Briggitte Bardot con resaca después del apocalipsis. Moon Zombie, nuestra musa maldita desde aquella noche de agosto en la que una joven díscola nos cantó el I wanna be loved by you con delectación psicótica y entrega homicida, y me hizo soñar con un morir lento en el abrazo lúbrico de sus piernas.
Miss Zombie,  la sonrisa vertical más afilada de la última década.

Clavada la llevo oigan, en el lugar donde dicen está el corazón.

Heidi fugitiva en la patria del ginocidio de un pasado que era una huida también. Una abdicación de la realidad, una apostasía de la lucidez que le dejaba los pulmones perforados y acantilados en la memoria. Pero el pasado nunca acaba con uno, dicen. Y dicen bien.

Postdata.

Hace pocas fechas compartía envíos con uno de los francotiradores más lúcidos de los que se dedican a esto de escribir sobre películas sin carné. Me contaba que lo que verdaderamente le interesaba de la crítica era la posibilidad de abrir líneas de diálogos; ramblas a la conversación apunto yo.

Naturalmente no podría estar más de acuerdo. Pero uno que es como aquel escritor de Celebrity, simplista y solipsista, más que abrir vías cierra compuertas, levanta mausoleos, enciende velas en el altar de sus muertos que flanqueen los renglones torcidos sobre los que va urdiendo una crónica sentimental.
 Ya lo dijo el tipo que dijo las cosas más importantes el pasado siglo, el yo es un residuo, una excrecencia, una escoria de las cargas de objeto abandonadas, que se va configurando según el modelo de esos objetos perdidos. Y de algún modo, que no acierto a precisar, todo eso guarda alguna relación con el drama de ir cumpliendo años y películas.

Y qué duda cabe, aunque el vínculo sea aún más oscuro, tanto como lo va siendo la tarde que anuncia otro otoño,  The Lords of Salem,  ha ido a alojarse en el motel solitario perdido en alguna carretera secundaria que surca la región de mis emociones. Como un huésped incómodo, hosco y taciturno, con el que no se cruzan más palabras que las que aconseja la cortesía. Pero cuya ventana iluminada en la noche, extrañamente nos conforta.







Warnig nenes!
Rated R disturbing violent and sexual content, graphic nudity, language and some drug use.



viernes, 13 de septiembre de 2013

Nacionalismo y Estado.



1.
La nueva manifestación popular, que no espontánea, de la Diada, respuesta a un supuestamente acuciante deseo de independencia del pueblo catalán, nos ha dejado una resaca áspera, trabada de la enemistad de siempre y surcada de rencores de nuevo cuño, decepciones por parte de unos y otros, acusaciones cruzadas de intransigencia. Los mismos  argumentos que esgrime el de allí, tiene éste otro dispuesto en la recámara. Idéntica retórica bajo diversa bandera. Hemos visto con espumarajos en la boca a personas otrora ecuánimes y, nos consta que, con la cabeza bien amueblada. Algo revelador de que nos adentramos en los predios de lo irracional, las emociones y el bestialismo, y desde esta línea de salida cabe esperar la peor de las metas. Repito, desde un bando y el otro, y disculpen por emplear esta terminología bélica, pero ya lo dijo Vegas, sólo hay dos bandos.
El problema es tan complejo que difícilmente puede ser explicado desde los orígenes del nacionalismo moderno. Pero lo intentaremos.
2.
Fichte en su Discursos a la nación alemana, hace un llamamiento a la unión de los estados alemanes para hacer frente a Bonaparte. El nacionalismo es una apelación a la unidad en una situación extrema, la más extrema. La guerra. Sus principios se hallan en armonía con el ideario romántico y sus presupuestos de la  identidad cultural de los pueblos basada en el pasado común, creencias religiosas, hábitos lingüísticos, etc. El nacionalismo apela a la emoción, al sentimiento, a lo irracional.
Preguntémonos si queremos una organización estatal cimentada sobre principios irracionales.
El liberalismo había situado los orígenes del estado en el libre contrato o pacto social de hombres libres que deciden darse un orden jurídico en el que desarrollar sus vidas. El nacionalismo aparece después como un revestimiento ideológico tendente a reforzar la alianza, a justificarla y legitimarla.
Alemania o Italia serán consecuencia de esta primera versión de un nacionalismo aglutinante. Comprobado el efecto que tiene apelar a los principios atávicos de una comunidad, se dispone el terreno para poder ser ensayado buscando un efecto del todo contrario: la secesión. 
Nada nuevo, los judíos ya reusaban el uso de la moneda romana en sus templos. Bien es cierto que Palestina era una provincia sometida por la fuerza,  y en semejante trance, el grupo debe afianzar los lazos libidinales entre sus miembros, la identificación del individuo con el colectivo solidifica la unión que hace la fuerza. La ideología es el arma más poderosa con que cuenta el ser humano. El mismo principio que funciona en el fútbol entre los miembros de una misma hinchada o en las sectas. Sendas agrupaciones acaban siendo, no por casualidad, refugio dilecto de débiles mentales y desarraigados a la búsqueda de un Gran Hermano que les proteja y aporte un sentido a sus vidas. ¿Qué otra cosa fue el nazismo, sino un inmenso refugio para millones que demandaban trabajo y sentido, y entregaron gustosos su libertad, su alma y las vidas de sus hijos en aras de una gran esperanza, la ilusión de una nueva grandeza?
Analicen la letra de Deutschland über alles. Está todo ahí.
El nacionalismo es una ideología pues, al servicio de la cohesión. Ahora bien, ¿es espontánea? Dicho de otro modo, los miembros de una comunidad moderna, en unas condiciones de vida, digamos, “normal”, mentalmente equilibrados (o todo lo equilibrados mentalmente que solemos estar) albergan porque sí un determinado sentimiento identitario más allá del típico pintoresquismo local de cada pueblo, aldea o ciudad, que le lleve a ansiar la independencia del estado en que se halla, como si le fuera la vida en ello, o por el contrario, éste es fecundado, incubado y recolectado luego por el grupo dominante que controla la ideología, es decir, la economía? 

3.
El nacionalismo catalán  remonta su querella con el estado español al siglo XVIII. La Corona de Aragón apoya al heredero de los Austrias durante la Guerra de Sucesión. Tras ser derrotada, el primer Borbón, Felipe V, se arroga el “derecho de conquista” sobre los territorios de Valencia y Cataluña para justificar la supresión de sus fueros. Una excusa para poner por obra la labor centralizadora que su abuelo, “El Rey Sol”, había practicado ya en Francia.  El Franquismo es otro de los baluartes del nacionalismo, suprime el Estatuto de Autonomía negociado durante la República e impone un nacionalismo español tan grosero como lo es todo nacionalismo alentado desde un estado, aunque Franco tenía excusa, no era un estadista precisamente, pero con la llegada de la democracia, se restituyen todas las prerrogativas de autogobierno que obtuvieron, y más. ¿A qué pues tanta cadena humana (cadenas no, por favor)?
A nadie se le escapa que tras las iniciativas políticas y las “espontáneas” manifestaciones populares, se hallan los grupos empresariales de siempre, con sus intereses de siempre, y sus escrúpulos de siempre. Ellos son los que respaldan a los “líderes” de la nación, lo llevan haciendo desde décadas, que leen el discurso que se encuentran pulcramente mecanografiado en el púlpito y reciben luego el aplauso de las masas. Apelan a “lo nuestro”, fomentan la idea del “otro” hostil, el victimismo, el sectarismo, se empapan de una retórica belicista, una dialéctica de confrontación, se citan esperanzas en un futuro de prosperidad y grandeza, incuban discordias, disputas, decepciones entre los españoles de aquí y los españoles allí. Las dos Españas que no terminan de querer ser una. 
La esencia del estado moderno se cimenta sobre un proyecto humano, en la superación de las diferencias discriminadoras y el respeto por las peculiaridades locales cuyo alcance no debe, en cualquier caso,  impedirnos la vista del bosque, una convivencia pacífica en un marco estable en el que poder realizar el proyecto de una vida digna, cierto que ahora malquistada por un sistema económico y una clase política corrupta, a los que la división de la sociedad civil por cuestiones ajenas a nuestros intereses,  no hace más que ayudar a perpetuarse. Si buscáis enemigos, acercaros al Ayuntamiento, la Junta, Generalidad o Gobierno de la Comunidad de turno. Pasaros por El Congreso. Resulta doloroso leer a gente por la que uno siente cierta estima intelectual reclamar un referéndum al que supongo, sólo estarán invitados los catalanes, como si la reforma constitucional que requeriría una consulta popular acerca de algo como la segregación del estado de una de sus comunidades, no tuviera que ser antes sometida al escrutinio de extremeños y castellano-leoneses también.
Esto es un Estado de Derecho señores, y si han tragado con una política de recortes brutal que redundará en menoscabo de generaciones sin incendiar el Parlamento, no creo que el que la bandera española ondee en algún edificio público, sea para invitar a la desobediencia civil.
Vamos, digo yo.