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domingo, 28 de abril de 2013

BAJO EL SIGNO DE MARTE (DIARIO DE LECTURAS)







Yo todavía no he vencido aquello que estoy combatiendo; pero tampoco estoy vencido y, lo que es más importante, todavía no he capitulado. Me declaro en estado de guerra total.
FRITZ ZORN, Bajo el signo de Marte



(i)


Hay textos radicales, hay textos-límite que nos cambian, no diré la vida, la perspectiva. Tal vez incluso los paisajes. Son esos textos en los que late el dolor y comunican la verdad de la belleza, que es la víspera de lo terrible. Textos que son hijos de la necesidad. Para sus autores, no hubo elección, ellos nacieron para escribirlos, como Blanchot nació para encarnar su cicatriz. La escritura del todo o nada es esa que mira a los ojos del abismo, es esa escritura que no espera mantener el equilibrio y sucumbe al vértigo sin lamento.
Es claro que solo se escribe así cuando se tiene poco que perder porque ya se ha perdido todo, cuando se escribe abierto en canal. En ese trance estaba Fritz Zorn en los meses que duró la redacción de Bajo el signo de Marte. Un texto definitivo, un texto del que ya uno no espera recuperarse.


(ii)

Se trata de una indagación en la genealogía del mal, en los orígenes de la enfermedad del cuerpo en las sentinas del alma. Los pormenores autobiográficos y las digresiones ensayísticas se alternan a lo largo de esta singular automoribundia, probablemente una de las más poderosas formulaciones artística que ha recibido la filosofía de Friedrich Nietzsche.
Bajo el seudónimo de Fritz Zorn, malvivió y murió a temprana edad un habitante de la “Costa Dorada” de Zurich, con el alma rosigada por la depresión y el cuerpo, por un cáncer corolario de ésta, a su vez fruto de una tradición familiar que le educó para ser un espectador de la vida, trató de ahorrarle todo lo problemático, “lo complicado”, lo oscuro, y lo redujo a un ser disminuido incapaz de amar, una lánguida caricatura de hombre asexuado y esquinado contra su soledad.
El neurótico obsesivo se siente interrogado por el Ser, la contingencia de su existencia es la respuesta al enigma de la quimera, el sujeto descubre entonces con una mueca de asombro que es mortal. Ante tal aterradora revelación se encomienda la tan humana tarea de encontrar un sentido, pero Zorn procederá a martillazos, demoliendo, trasvalorando, domiciliando la esperanza únicamente en la lucha. La enfermedad será el síntoma de una vitalidad deficiente.
Sin embargo, lo que hace de Bajo el signo de Marte una obra de arte total no es la enésima descripción de los valores mezquinos de la moral pequeñoburguesa en los que Zorn se demora con brillantez, su rebelión familiar y social deviene cósmica. El reproche, en blasfemia. Podemos leer sin miedo a equivocarnos Bajo el signo de Marte como una contrahechura del Libro de Job. No me resisto a transcribir un pasaje que podría ser antologado junto a los textos de cualquier libertino dieciochesco: Entonces respondió Job al Eterno y dijo: Tienes razón. Reconozco que eres el tipo más innoble, más asqueroso, más brutal, más perverso, más sádico y más repugnante del mundo. Reconozco que eres un déspota y un tirano y un poderoso que todo lo aplasta y mata () eres el puerco más grande del universo () inventaste la Gestapo, el campo de concentración y la tortura: reconozco por tanto que eres el más grande y el más fuerte. Alabado sea el nombre del Señor.

Zorn plantea su particular versión de la teodicea: aún partiendo de la hipótesis de que Dios no existe, habría que inventarlo, sólo para darle una bofetada. Con insólita lucidez invierte los términos en los que se había justificado hasta la fecha la invención de Dios como garante de un sentido y ecuánime repartidor de premios y penas, y lo convierte en un interlocutor imposible que lejos de dispensar consuelo y responder preces, se hace merecedor de cuántos vituperios e injurias puede la desdicha incubar en el ser doliente del hombre. Dios es el antagonista que nos azota, humilla y acaba por matarnos, cuando él mismo no es más que el organismo en el que nosotros encarnamos esos males con que pretende castigarnos. La psicología del odio creadora de dioses queda develada.
Creo saber ahora también lo que quise indicar con el concepto que designé como lo “familiar”, lo “burgués”, lo “cristiano” y lo “tranquilo”, y finalmente con la palabra “Dios” “Dios” es el nombre que di al conjunto del mundo, que parecía ser tan bueno porque era tan tranquilo , tan limpio, tan correcto, tan comme il faut, tan burgués y tan bueno; y que sin embargo fue tan malo, especialmente tan malo para mí, que ahora se dispone a aniquilarme.

(iii)

Bajo el signo de Marte es además de todo lo anteriormente señalado un escupitajo a la cara de toda esa subliteratura inspiradora que promueve la serenidad del ánimo con los consabidos mantras autocomplacientes y pasteleros incubada por una psicología ingenua que se tiene `por científica y cuya perversa premisa es la asimilación reduccionista del hombre a un ordenador, por tanto, los males del alma se curan haciendo uso de la tecnología farmacéutica y tirando de recetario budista para remozar la cosa y darle sentido al reseteo, intoxicando levemente la voluntad y nublando el juicio, de forma indolora y sin hacer ruido: Inspira-expira-encuentra tu lugar en el mundo-aprende a aceptarte-supera tus limitaciones-afronta-tus miedos-es mejor haber amado y sufrir que no amar, y sandeces por el estilo que sólo logran el auto engaño, mercadear con la esperanza y al cabo dejan la casa sin barrer.
Zorn, como Nietzsche, como Unamuno, acepta el sentido trágico trágico de la vida, aunque lo haga tarde, envida con un farol a su negro destino (no más negro que el nuestro), y hete aquí que es la aceptación cruda de la muerte la que le devuelve el deseo de vivir. Moraleja de esta historia: Antes el cáncer que la tranquilidad. Léase, antes la agonía, la afirmación del sentido trágico de la vida con todo lo problemático que acarrea, la pelea con las fuerzas titánicas del destino, a languidecer como una planta de interior en ausencia de problemas y conservado en formol.
Zorn dice sí hasta aquello que le destruye, es más, le da las gracias al cáncer. Creo que no hace falta haber nacido bajo el signo de Aries para entender todo esto, pero los que como Zorn y servidor hemos tenido esa fortuna y la confrontación, la búsqueda de obstáculos (no diré “retos”) nos hacen sentir especialmente vivos, no podemos menos que sentir una infinita gratitud hacia este texto combativo.


lunes, 31 de diciembre de 2012

Breve balance de lecturas (en papel), 2012






Quién te lo iba a decir a ti, el 2012 te lo has pasado pegado a la pantalla del Kindle.

Quién te lo iba a decir. Pero así ha sido. El fetichismo del libro nunca lo abandonaremos, no se trata de eso, además, adorar el continente no es lo mismo que apropiarse del contenido. Tantos libros hubo que admiramos como objetos y que nunca se nos abrieron como realidad y languidecen en un anaquel olvidado. ¿Y qué es la realidad? Me preguntan de continuo mis alumnos (los más aventajados, claro, los demás creen saberlo)
La realidad es lo que habitamos. Una película, un libro, una canción.
No habito el espacio que me alberga como volumen, habito el texto que se me ofrece como hermeneuta.
Un libro es como una mujer, una mera posibilidad. La tecnología hace probable lo posible. Muy probable. La tecnología pues, es Mefistófeles. Y yo nunca he negado que de buena gana sería Fausto.

Este año he comenzado más novelas que nunca desde que me retiraron el carné de la biblioteca pública (no es broma, estoy sancionado hasta el 2020 por la negligencia de uno de sus funcionarios) Este año he alcanzado el punto y final en menos novelas que nunca (gesto compungido, mano a la frente, lágrimas a la vista.)
Con los años me he vuelto impaciente, rara vez termino un relato, ahora encima, son tantos los que aguardan en la memoria de mi libro electrónico, humedeciendo los labios con su verde heineken, que imposible jurarle fidelidad a uno de ellos, y claro, nos dispersamos más de lo deseable.
Uno que de por sí ya es prolijo y disperso...La puta dispersión. De forma que el reino de la posibilidad se torna provincia del amago, la tentativa, el otra-vez-será. Un libro inconcluso nos martiriza con su presencia reprobatoria sobre el escritorio. Lo vamos esquinado, sepultando bajo nuevos pretendientes, pero el cabrón sigue ahí hasta el día que tomamos la determinación de encajarlo, resignados, en algún hueco de la estantería, bajando la cabeza, evitando mirarle a los ojos, eludiendo reproches.
Ahora lo tenemos más fácil. Cerramos el archivo y si te he visto...

Por tanto, comencemos por territorio conocido, celulosa en tinta impresa que nos saluda con esa vaharada tan familiar y hospitalaria cada vez que desplegamos sus labios o páginas.
El pliegue siempre.
Seamos realistas, si frecuentamos la esquina del libro digital lo hacemos por los huecos que este año nos han abierto en el bolsillo, hay que hacer de la necesidad virtud.
Privar un texto de anotaciones al margen y subrayados, es privar su lectura de historia. Volver a los libros que leímos hace quince años supone un reencuentro con el otro que fuimos a través de los comentarios que le asaltaron y no pudo dejar de anotar (recuerdo la culpa por mancillar la página), reconstruimos cada avatar del proceso, nos sorprende lo estúpido que éramos, o la sagaces, y en las huellas de ese diálogo urgente con el autor, se cifra la esencia de la lectura.

Aquí va una breve selección de lo trasegado en los últimos meses en el campo de la narrativa. El orden es aleatorio.





1
Tendemos a tratar de establecer de forma apriorística una teoría de las artes, cine, novela o poesía, confundiendo descripción con norma. Con los años voy perdiendo ese afán taxonómico y empobrecedor, pero aún pervive la tentación por establecer los parámetros de la novela ideal.
Y bien, si así lo hiciera, podría poner a Submundo (1997) de Don DeLillo como paradigma.
¿Qué es una novela total? Una obra que agota el ámbito de todas las realidades, en especial, la histórica, es decir, que se erige en crónica de su tiempo a partir de un protagonista colectivo, donde generalmente comparecen los diversos estamentos sociales, ideológicos, estéticos, culturales, etc.
La basura como materia residual y a la vez, prima, de una sociedad consumista. La basura semantizada o basura como texto, obra de arte y elemento basilar de un desarrollo sostenible (reciclado). La gestión de la basura como forma de vida. Pero va más allá, basura es todo residuo, huella o eco de la tecnología. Tras el consumo sólo resta basura. Y de la basura nacerán nuevos productos fungibles.
El deporte como celebración de la colectividad (los juegos de Olimpia era el único acontecimiento que citaba a toda la Hélade), pero también símbolo de una cultura que enferma de éxito, que alienta la competencia y tolera mal la derrota. Puede que, huérfana de épica, añore gestas, y goza por delegación, de logros insignificantes pero magnificados que dan sentido a la vida, en algún caso. Puro nihilismo.
Para que una novela no caiga en lo discursivo tiene que estar nutrida de personajes creíbles y meras no encarnaciones de ideas; en las hebras de sus destinos insignificantes debe lograrse cifrar el destino solidario de la especie, y ante todo, ser un artefacto narrativo, poner acciones ante los ojos del lector, anudar un conflicto y desenlazarlo más o menos.
Pues bien amigos, con la vergüenza de haber tardado 15 años en degustar esta joya, puedo deciros que Submundo ofrece esto y más (lo “más” es la experiencia intransferible de transitar por sus 900 páginas)
Si alguna vez dije que Roth es el mejor narrador de nuestro tiempo, disculpadme, somos temerarios en la ignorancia.
Cómo narra este tipo, acción y descripción se implican con una economía y una fluidez admirable. No ahorra en poderosas enumeraciones cuando el relato así lo reclama, sus diálogos son lacónicos y afilados, con algo de Salinger, a veces giran en torno a un asunto que por el momento ignoramos, comunicando de forma sesgada una realidad más compleja. Algunos personajes, los principales, se nos van ofreciendo de forma oblicua, enredados en la trama de sus acciones. Con otros procede de modo más directo, componiendo relatos autónomos de singular fuerza. A veces, moldea toda una vida con la crónica de un anhelo, una creencia, un gesto característico.
Se abrió a todo cuanto había en ella, al pasado que nunca cesa de transcurrir, y al minuto que pasa, a lo que siente ella cuando se rasca el dorso de la mano, estirando la piel y luego rascándola. Intentaba oír el rumor de su vida, la mosca que vive en la habitación de la mujer que vive sola.
Un auténtico monumento literario que nos hace sentir muy vivos y sentir gratitud por tipos como DeLillo, que tanto nos dan, en una época en la tantos otros sólo nos quitan.




Nº 2
Las correcciones de Johnathan Franzen (2001) El gran símbolo literario de la sociedad del malestar. La crónica de una familia muy clase media, muy americana. Todo tibio, gris y burgués.
Los diálogos son soberbios y el dibujo de algunas escenas cotidianas, vívidos y poderosos. Franzen tiene una habilidad notable para bucear en todos sus personajes, y en especial, los femeninos, nos los hace próximos, familiares, queribles. Dispone una estructura hábil en la que cada uno tiene su momento, la ocasión de dar sus razones. Hay sucesos que se nos muestran desde diversos puntos de vista, recurso que dosifica con maestría.
Como todo gran narrador, juega de forma admirable con determinados acontecimientos en torno a los cuales se crea expectación, generan conflicto y tensionan el relato. Un ejemplo es la cena de Navidad. Presumiblemente la última de toda la familia junta.
Puede que la aventura de Chip por Eslovenia, peaje que paga Franzen a la globalización y a su ambición de deicida, por cuanto le permite abordar temas políticos y económicos tangenciales a la historia, sea lo más débil de la novela. Apenas un esbozo tratado con precipitación si lo comparamos con la demora con que aborda otros hechos, en última instancia, un conflicto ajeno al mundo familiar sobre el giran las demás subtramas.
Al final, todos más o menos satisfechos (en la sociedad del malestar, el término “feliz” está proscrito, el bienestar del sujeto se aquilata en grados de satisfacción).
Bueno, el lector, muy, muy satisfecho.



Nº 3
Me hallará la muerte (2012) de Juan Manuel de Prada
Antes de que la chavalada progre se me tire al cuello, daré una explicación por si sirve de algo, el orondo y retrógrado presentador de “Lágrimas en la lluvia” sigue siendo un anacronismo viviente tanto en lo ideológico como en lo estético, y este aspecto último, supone ya una ventaja. La diferencia siempre es estimulante, siquiera porque escribir de espaldas al lector mayoritario no puede ser malo, al lector que compra sus libros en grandes almacenes, lector semi-culto al que bastan conocer 6000 palabras para delimitar su mundo, ese lector con el que hay que ser claro, utilizar un lenguaje llano, o se enfada y no te compra, y que cuando el texto se le resiste, se ofende, llama al autor pedante, le acusa de ocultar su falta de ideas bajo palabras oscuras, etc., como la zorra y aquellas uvas por lo visto, “verdes”.
Pues bien, Prada es el azote de ese lector. A la riqueza léxica se su obra hay que sumar la complejidad sintáctica de sus periodos, que impone un ritmo lento, cadencioso, con una estructura dictada más por las exigencias del ritmo que por las necesidades meramente narrativas. No busquemos precisión, adecuación o pertinencia en su uso del lenguaje, asistimos a un solemne banquete rabelesiano para degustar a dos carrillos, una celebración casi sacramental de la retórica, la afirmación fanática de un estilo, el barroco.
Y sí, acabamos saciados, a veces incluso, empachados, tenemos que abrir algo de Galdós para que nos ayude a digerir alguna página con hasta ocho “como” (no es broma), y es que Juan Manuel, es generoso con las comparaciones.
El prejuicio representacionista del lenguaje incurre en la ilusión de que el vocablo es un espejo en el que la “realidad” se mira. El barroco, siempre escéptico, no suscribe este credo y cada sustantivo, cada proposición que refleja un hecho, requiere la coda de una comparación que sublime su pobre referencia y dispare al lector a un universo de connotaciones.
“La nieve caía sobre la hulla.” Bien, relación notarial de un hecho.
La nieve caía sobre la hulla como el viático sobre la lengua gangrenada del moribundo.” Mucho, mucho mejor, toda vez que la nieve cae sobre un gulag, es présaga de muerte.
Nótese el contraste cromático blanco-negro de la pareja de sustantivos nieve-hulla, la acumulación de nasales en la clausula comparativa y la fuerza de la imagen, la presencia del tecnicismo religioso “viático”, que más allá de su sonoridad, nos traslada al ámbito de lo sagrado, antesala del más allá. Y todo, todo, huele a muerte lenta. Prada es de estirpe proustiana.
Pero además es un relato pródigo en personajes y peripecias, no os vayáis a pensar, ameno y mucho, que novela las desventuras de un voluntario de la División Azul, que va sobreviviendo, primero en el frente, luego en el gulag y, más tarde, a su propia miseria moral.




Nº 4 La vida breve (1951) de Juan Carlos Onetti. La novela fundacional de Santa María resulta farragosa y confusa, abunda en interminables coloquios y situaciones similares que traban el desarrollo hasta casi detenerlo en un presente viscoso y perplejo. El tiempo de Santa María, tiempo del fracaso.
En las distancias cortas Onetti es el mejor, con Borges, claro.
Su estilo puede que sea el más poderoso en lengua castellana del pasado siglo, junto al de Borges, por supuesto. Pero la novela reclama una disciplina de la que el uruguayo carecía.
Su primera tentativa de novela extensa se salda con un sobresaliente en lo que a la creación de un universo personal se refiere y al que pocas veces faltará en adelante, pero tenemos la impresión de que podía haberla resuelto en 60 páginas. Y tendríamos algo como Los adioses, una obra maestra de intensidad, equilibrio y perfección técnica, que hubiera aplaudido James.
La idea que da origen al relato no puede ser más brillante, imaginar otra vida, erigir una realidad paralela a través de la ficción, para huir o para vengarse, puede que por simple aburrimiento. Este es el gran pecado de todos los personajes onettianos, su apostasía del mundo, que será en adelante tratada con más sutileza y más madurez.
En el mundo empírico la acción del hombre está abocada al fracaso, como se nos mostrará en El astillero y Juntacadáveres, a partir del relato de las empresas fallidas de Larssen, el gran antihéroe de la novela hispanoamericana..
Este año el Boom cumplía medio siglo. La vida breve no solía faltar de las listas de novelas más destacadas. Puede que a mí se me haya escapado algo.

Nº 5 Terra Nostra (1977) de Carlos Fuentes. Antes aludía a la mediocridad del lector medio, la falta de exigencia consigo mismo y los argumentos habituales para justificarla. Hoy en día, sería harto improbable la publicación de obras capitales de nuestra lengua como José trigo,Conversación en La catedral, Volverás a Región, Si te dicen que caí o Terra Nostra.
La vocación de totalidad de Fuentes sólo es equiparable a la del García Márquez en Cien años de soledad. Sin embargo, nada tan diverso como el proceder de ambos.
Fuentes opta abiertamente por la alegoría y el símbolo. El asombro, la inocente fe en la ficción que alienta siempre a la relación pura y nuda de hechos se ve sepulta bajo digresiones ensayísticas que tratan de comprender. El mito es un recurso vicario, como en Platón, no la esencia de la historia, como para García Márquez.
Fuentes procede como un Herodóto del siglo XVII (pocas veces un escritor moderno ha estado más próximo a los grandes prosistas auriseculares), mezcla historia, mito y ensayo con pasmosa habilidad.
Dentro de una teoría de la novela de priorizara lo narrativo frente a lo discursivo, Terra Nostra resultaría insatisfactoria, pero si aceptamos que la novela es un cajón de sastre, estamos ante un ejemplo sublime del talante democrático del género.


En el año del aniversario del Boom, me doy cuenta que sigo enganchado a esas generaciones de narradores y poetas que salvaron el idioma castellano para la literatura.
Onetti y Borges son lecturas de frecuencia semanal desde hace más de quince años, Vargas-LLosa me parece el novelista más completo del último medio siglo, aún considerando a Pedro Páramo y Cien años de soledad los casos más excelsos del arte narrativo. Darío y Neruda, ponen rima a la prosa del día a día, y por fortuna, estoy muy lejos de haber agotado el filón (El libro de Manuel y Noticias del Imperio, aguardan su turno sobre mi escritorio). 



sábado, 24 de noviembre de 2012

NOTAS DE SUICIDIO (Crónicas apócrifas de Mr. Jones)


George Eastman: “Mi trabajo ya está hecho ¿Para qué esperar?”






Supe que comenzó a redactar notas de suicidio al poco de llegar a la redacción del Liberal. Apenas no más que otra excentricidad de las suyas, a lo sumo, de mal gusto, sí, pero que hubiera caído en el olvido de no ser porque indujo a alguien a ejecutar la tarea encomendada en negro sobre blanco.
Sin muerto no hay gloria ni en literatura. Especialmente en literatura.

A Mr. Jones debió halagarle que se atribuyeran propiedades homicidas a uno de sus escritos. Siempre procesó una extraña superstición hacia la naturaleza mágica de la palabra, su poder para materializar cualquier hecho caligrafiado. O conjurar al demonio con apenas un susurro.

No hubo denuncia contra Mr. Jones, sin embargo, el escándalo le granjeó tan buena publicidad que un periódico parisino le ofreció dirigir su sección necrológica.

Decidí investigar los pormenores. Primero en París, más tarde en Saint Maurice.

Al fin, pude verme con Gaspar Oçon, director de El Liberal durante los meses en los que Mr. Jones trabajó en la redacción. Problemas de salud le habían llevado a un retiro prematuro. Pasé varias semanas lidiando vía telefónica con una voz de urraca, a la que puse un cuerpo enjuto, cabello ralo y un odio recóndito más allá de las dioptrías. El muro verbal con el que chocaban mis ruegos siempre era el mismo: “Para Monsieur Ozon fue una experiencia dolorosa y no desea rememorarla. Gracias por su comprensión." Un zumbido sostenido sobre mi ira.
Un buen día, cuando me disponía a pagar la minuta del hostal y regresar a París, sonó el teléfono. Desconozco cual de mis argumentos agrietó su resistencia. De hecho, nunca hubo argumentos, peticiones, sí, ruegos, también, súplicas, continuamente.


Tomé un taxi para ir al caserío en el que reposaba junto a un enfisema merecido, en el corazón del Valle del Marne. Una fina cortina de agua confería al paisaje rebosante de otoño un aire melancólico, quizá la melancolía estaba ya en mis ojos. Me llegaban rumores de cargas, detonaciones, el tableteo obstinado de ametralladoras. El Marne.

Fue un domingo, finales de noviembre.

Hasta la puerta del taxi se allegó con el paraguas abierto un tipo membrudo y de larga cabellera. Reconocí su voz enseguida, y le agradecí el gesto. Su nombre era Pascual. Me acompañó hasta la casa luego de haber saldado cuentas con el chófer. La lluvia arreciaba al tiempo que la luz se desvanecía. Me hizo pasar al cuarto de estar.
Un gato se curvó sobre el brazo del sillón en el que reposaba la anatomía de Oçon. El calor era sofocante.

-Comprenda que para mí era algo desagradable.

La mascarilla de oxígeno le afilaba el rostro. Al principio, se atragantaba con palabras en las que no encontré rencor y sí cierto embarazo. El tinto que había llevado, tras los primeros sorbos, le soltó la lengua y subió un calor a sus mejillas. Dijo que, si era mi deseo, podía fumar. Aunque se encontraba en aquel estado por culpa del tabaco, no le guardaba rencor y disfrutaba viendo a otro gozar de lo que a él le estaba vedado. Y volvió a apartar la mascarilla para sorber de la copa.

Mr. Jones llegó sin recomendación, algo extraño en provincias. Sus credenciales, una crónica urgente y manuscrita de la muerte de un mendigo sobre un banco del parque Victor Hugo, aquella mañana, en los márgenes de un ejemplar del periódico.
Le impresionó su redacción sin ambages, afilada e implacable, sin perder un ápice de lo que cabía esperar de un buen periodista, el qué, quién, cómo, cuándo y dónde, coronados por una coda demoledora que disparaba la noticia contra la conciencia del lector. “ Y mientras, los padres que acompañan a sus hijos al colegio y una señora que pasea a su caniche, hacen un alto para ver como levantan el cuerpo, yo escribo esto mientras esto pasa, sobre una de las mantas de celulosa que no pudieron impedir las mordeduras del frío.

Citó de memoria mirando a través de la ventana, como si estuviera escrito en la tarde.

-Me solicitó un adelanto para instalarse en la ciudad. No se lo negué. Le hubiera ofrecido el doble. Luego, él me dijo que habría aceptado la mitad. Parecía siempre tan extrañamente seguro de sí mismo.

En los meses siguientes, pasó por diversas secciones del diario, crónica social, sucesos, deportes y cultura. Pero tenerlo pateando calles a la caza de la noticia no era negocio. No tardó en instalar su oficina en la taberna de Schumacher. El mejunje que le ofrecía el alsaciano, suavizaba su estilográfica, tan lúgubre siempre cuando sobria, la volvía burlona y un tanto melancólica. Miniaba notas de prensa en unas servilletas nunca limpias del todo que eran luego mecanografiadas pacientemente por Matilde, mi secretaria, a la que pronto  esperararía cada día tras la jornada.

El membrete insolente azul pálido de la taberna encabezaba la crónica del partido de turno o el inventario de copas trasegadas que corrían a cuenta del periódico. A veces numeraba para facilitar la transcripción. Los rumores comenzaron. Oçon alumbraba una tristeza, y la envolvía amorosamente en su seca y crepitante tos bronquial.
Pero no llegó a los obituarios por voluntad de la dirección. Era una labor demasiado solemne que requería una sensibilidad de la que Mr. Jones carecía a todas luces. No son ocasiones para ejercitar el ingenio, creo yo. El repentino fallecimiento de Julien Davenne, sin embargo, había dejado vacante el puesto, y era imperioso escribir uno ahora. Asumí el riesgo.

Se trataba de un filósofo norteamericano distinguido en Francia con la Legión de Honor. El suceso fue despachado por el New York Times con una somera crónica en la que se refería cómo el pensador hebreo se había arrojado al vacío desde la ventana de su despacho del Village. Luego, enumeraba publicaciones y reconocimientos (obviando vergonzosamente la distinción de que se le hiciera objeto aquí; poniendo en evidencia la absoluta falta de diligencia del departamento de documentación de los grandes periódicos.) No fue hasta dos días después cuando se hicieron eco de la nota.
(La nota. Hacerse eco. Putos burócratas).

Sobre su escritorio, entre montones de legajos y volúmenes de Kant y Eckhart, se había encontrado una nota manuscrita, un pedazo de papel arrancado con cierta premura de alguno de esos libros (letra impresa en el reverso; alemán), urgencia que era desmentida de inmediato por el trazo firme y seguro de la caligrafía, por la filigrana característica de su firma. El contenido, directo y conciso, no falto de humor: “He salido por la ventana.”
La excentricidad y laconismo del mensaje, supongo, debió excitar la lacónica y excéntrica imaginación de Mr. Jones, y una mañana, pocos días después de haber recibido el obituario que le encargué redactar, François, el encargado de los deportes, que andaba a la busca de un carrete de tinta roja para su máquina de escribir, revolviendo papeles y ceniceros sucios, se topó con una nota escrita a mano. “Querido mundo, me estoy yendo porque estoy aburrido. Te dejo con tus preocupaciones en esta dulce cloaca. Buena suerte.”
Al principio se alarmó. Aquella mañana Mr. Jones no pasó por la oficina oficial ni por la oficiosa, como refirió Schumacher.
Matilde tampoco se había personado en su lugar de trabajo. En cinco años, la joven nunca había faltado más que por extrema necesidad y siempre, previo aviso. De modo que, alarmado también yo, y tras telefonear repetidamente a Matilde a su casa (vivía con su madre anciana, sorda como una tapia), mandé a alguien al hotel donde se hospedaba Mr. Jones.


No pude evitar ese primer escándalo.

Debí cortar entonces por lo sano. Después de aquello, Matilde solicitó una baja temporal por el ingreso hospitalario de su madre.
Lo cierto era que desde aquel día, en la redacción todo eran murmullos a su paso, miradas rijosas, sonrisas lúbricas, comentarios obscenos. Supongo que era demasiado buena chica y no pudo perdonarse a sí misma.
Y más tarde, más notas de suicidio.
Firmadas ahora por diversos miembros de la redacción. La broma dejó de tener definitivamente gracia cuando, Matilde, tres meses después, habiendo ya enterrado a su madre y de vuelta en la ciudad, en su primer día de trabajo, al que se había reincorporado contraviniendo mi consejo, saltó desde la ventana del archivo de la redacción (tercer piso, sobre un furgón cargado de hortalizas)
Murió un par de días después. Naturalmente, se había encontrado una nota sobre una pila de archivadores. Mecanografiada, como todas las demás. Junto a un paquete vacío de Gauloise. Retorcido. Vacío. “Mamá, lo siento, y Te amo.”
Me levanté.

-¿Cómo se lo tomó Mr Jones?
-No se lo tomó ni mal ni bien. Me pidió redactar la necrológica con una voz empapada en licor. Me negué. Creo que fue mi único gesto de autoridad hacia él. El único al que me atreví. Aun con todo la escribió. Puede que tuviera algún cargo de conciencia. Ligero. Tampoco me informó de la oferta. Se fue con la misma prontitud con que llegó. Me dejó esta necrológica, malos recuerdos y la cuenta del hotel.

-No le guardo rencor, pero el pesar de haberle conocido me acompañará hasta la tumba, como esta bombona de oxígeno.

Entonces reparé en que desde el principio sostenía con la mano izquierda un diario enrollado. Un ejemplar del Liberal, presumí. No me equivoqué.

La noche se había cerrado sobre el caserío. Me acomodé sobre el amplio alféizar. La letra de Mr. Jones invadía en ocasiones el texto impreso. La extensión de la necrológica excedía con mucho la habitual. No en pocas ocasiones me vi obligado a releer una sentencia para poder atisbar su sentido. La críptica caligrafía emboscaba una semántica aún más esotérica. Al terminar la lectura, empapado en sudor, casi jadeante (por el calor, mayormente), me encontré con la mirada interrogante de Oçon. Pero no tenía nada que preguntar. Ese ejemplar anodino de un anodino diario de provincias, grabado con la letra de un genio era la única respuesta que me interesaba. Y ya la tenía.
Pedí que me permitiera transcribir la necrológica para editarla. Se negó. Insistí. Se volvió a negar, luego se sumó a la tercera o cuarta negación, Pascual con su presencia invasora del poco espacio, con un no mudo, nervudo y rematado en puños.
Me hubiera despreciado por arrancar de las débiles manos de un enfermo aquel manuscrito. No me hubiese perdonado dejar de hacerlo. Pero vérmelas con su gorila, no me seducía. Bien sé que Mr. Jones habría tenido en muy poco mi interés por su obra.
Hasta ahora, llegar a ellas sólo me había costado tiempo y dinero, dos cosas de las que ando sobrado. Ojalá pudiera decir lo mismo de mi valor.

Solicité vergonzosamente que me pidieran un taxi. Pascual se ofreció a llevarme él mismo. El sentimiento de humillación era insoportable.

Silencio atronador. Debe perdonar la obstinada resistencia de Monsieur Oçon. La lluvia golpeaba sin clemencia el parabrisas. Sufrió mucho con todo aquello. Seguía sin relacionar el timbre ridículo de aquella voz con esos miembros. Él y el padre de Matilde sirvieron juntos en Argelia. Los neumáticos saltaban sobre el asfalto irregular. Era viudo. Apreté con fuerza los puños hasta sentir las uñas. Y tras la muerte de Oliver, bueno, ya sabe cómo son esas cosas, se hacen promesas. Los focos apenas penetraban en la tupida cascada. Ella entró con catorce años a trabajar en el periódico. Al fin la señal: Saint Maurice, 2km. Y siempre fue para él como…

¡Cierra el pico y conduce, joder!





sábado, 13 de octubre de 2012

CRÓNICAS APÓCRIFAS DE MR. JONES.


SINFONÍA DE OCTUBRE






Allegro.

Solitario y triste como el andén de de una estación de provincias.

Triste ante la visión del andén de una solitaria estación provinciana.

El tiempo se prende de otoño triste y ocre, el tiempo del otoño se desprende, balancea y posa sobre el andén de esta estación gris y algo triste de provincias, y un poco otoñal, y un poco nostálgica de trenes y viajeros, demasiado inhóspita cuando uno no es ni una cosa ni la otra, cuando uno no espera a viajeros ni trenes.

Y nadie le espera a uno.

Cuando uno sólo espera ver el desprendimiento otro guarismo en el minutero del reloj, la fonda de una estación de provincia, es siempre un lugar, creedme, solitario, triste y ocre, aunque sea mayo y mediodía.

Mostrador, moscas, cercos de café.
Andenes despejados como la frente de un octogenario. Andenes saqueados como la boca de una octogenaria.

La voz enredada en la bruma de la megafonía se atraganta con una nueva llegada que, al parecer, no debía esperar, se anuncia un inminente brote de humanidad múltiple; un vómito urgente de cartílagos y huesos con pedazos de vida cautivos en maletas y mochilas pronto fluirá por los andenes como sangre por arterias, con esas maletas revueltas de recuerdos y ropa sucia y mochilas acribilladas a chinatos y pins del Ché, con recuerdos que promueven disturbios de bienvenida o cercan con manchas de soledad a ese/esa a quien nadie vino a recibir, y piensa si volverse al vagón, si este era su destino o lo habrá confundido, si, de hecho, tiene destino.
Algunos visten de sport, otros llevan traje con marítimos y maletines de piel y Ray-Ban bajo los cirros, algunos lucen rastas y barbas desiguales y abruman con ciclos la espalda, los más, severos cortes al uno, mejillas lampiñas y las espaldas ligeras, otros tienen novias de faldas cortas y sandalias trepadoras que dan histéricos saltitos al abordarlos, y están luego, los que tienen la pinta desangelada del que necesita una mujer agitando su generosa anatomía.
Porque, nada como una mujer de generosa anatomía, agitada, como un buen martini con vodka.
Y ellas, las que llegan no las que estaban. Ellas: morenas, rubias, con mechas o rapadas a lo Sinead O´Connor, los hombros altos y la piel de vinilo, la humedad de octubre sobre el ancho caderamen o la cadera enjuta y dietética abrumando la tarde-noche del domingo, la esbeltez en la insolencia del ombligo a la intemperie y tachonado, cercado por un tatoo que se pierde bajo el elástico de la braguita, ellas se apresuran a encender un cigarrillo impaciente, a proteger la llama con gráciles y finos dedos ensortijados, el labio fruncido de carmín para asegurar el afortunado cilindro, ellas llegan en pareja o en trío, con paraguas colgando del antebrazo o con bolsas del Mercadona colgando del antebrazo, a veces, paraguas y bolsa en balanceo solidario, y sonríen blancas tras los pearcings, cálidas y vivas bajo las prendas que aprietan su abundancia inmarcesible, a despecho del tiempo que las roerá.
Un leve barullo, en fin, pronto sellado por un silencio espeso, apenas una ligera alteración ambiental que se disuelve en los resquicios del minuto siguiente al de la invasión, y cruces de palabras, besos, salutaciones van a dar al río pedregoso y metálico que deja el tren a su marcha, dejando en la atmósfera del andén una cualidad a aguas removidas prontas a restaurar su quietud; y vuelta a los cercos de café, zumbidos de insectos, al mostrador sobre el que yace malhumorado un vaso vacío.
El espacio reclama su imperio y un silencio opaco se interpone.

la verdadera soledad son unos andenes atestados, escribe Mr. Jones en una servilleta.

-Otro Absolut, por favor.

-(Éste no espera a nadie. Éste no va a ninguna parte)


Mr. Jones adivina el pensamiento del barman soñoliento que no le mira a los ojos cuando le entrega el cambio,
no, ningunaparte queda lejos, incluso para el viajero vertical que fija la mirada de nuevo en la página remota sobre la que se marchita la última luz de la tarde.

-Con peladura de naranja, IMBÉCIL.

Adagio.



Mr. Jones, luego de hacerse con todos los servilleteros de la fonda, ante la mirada atenta y soñolienta del barman (un barman con algo de Joe Turkell, soñoliento y sin su Overlook), escribe:

...leemos para saber que no estamos solos, para no sentirnos abandonados, para saber que en algún lugar de esos que no se pueden visitar para tomar fotografías, alguien, algo más que un amasijo de cartílagos y huesos en permanente estado de oxidación, en la intimidad de un cuarto en la alta madrugada o en el bullicio de una taberna al mediodía, sintió estremecerse el alma y la imperiosa necesidad de dar testimonio del temor, del temblor,
escribimos a ciegas, escribimos porque sabemos que vamos a morir, no hay otro motivo, como sabía que moriría aquel oficial atrapado en el vientre de la bestia al sentir la acuciante la necesidad de narrar la muerte unánime en la negrura gélida del Mar de Barents, de novelar que aquellos hombres vivirían lentos una agonía cabe sus recuerdos, junto a las vivencias cultivadas a lo largo de una vida breve, como se antoja toda vida ante el trance último, que muchas vidas se iba a extinguir en una ceguera caliginosa, alquitranada y nocturna, urdiendo con símbolos mudos que no alcanzaba a ver, el tejido delirante de una maldición solidaria e inapelable que no merecían pero de la que eran destinatarios, el trazado de unas grafías remotas y silenciosas que refieren un hecho fatal en el esbozo de la morfología del horror, desbrozando un tremedal de pánico, transitando las besanas del miedo, sintiendo la urgencia tan humana de aferrarse con uñas y tinta al cabo que le ofrecía una palabra: la palabra, sólo en la palabra podían hallar, no consuelo, no una prórroga, toda vez que en ella y con ella, estaba asumiendo el acatamiento de un destino al que esa misma palabra daba sanción y cumplimiento, sino el anclaje del pasado colectivo en el porvenir único, que ella haría posible para todos esos hombres que se apilaban en cubierta con las manos entrelazadas, mascullando palabras inteligibles, la resurrección tras el desesperado Elí, Elí, lama sabajtani!, la salvación que iluminaría la angustia de las últimas horas traspasadas de estertores y atravesaría el opaco muro surcado de blasfemias o plegarias y costuras de angustia, prendidos de su superficie indiferente como el mar negro que se prolonga más allá del acero, silencioso, cómplice, que será su mortaja, palabra de la salvación que vence al olvido, auténtica muerte, la única y definitiva.
Y en ese instante, tras clavar el punto final de los finales con una gota de sangre ciega, encerrado con sus fantasmas en aquel lecho de sombras, donde el silencio pulsa congojas, cuando una levadura de culpa crecía ya en las galerías del Kursk, atoraba sus escotillas y ocupaba los camarotes dragando el poco oxígeno, Kolesnikov empezó a tomar conciencia de que la palabra es siempre sagrada, siempre un evangelio que testimonia el martirio (valga la redundancia), esas grafías tortuosas y oscuras, como el destino que debían afrontar, se erigirían en albaceas de un sacrificio estúpido y sin sentido, la palabra del pánico, enigmática y sin glosa, palabra de la desolación, palabra de la desesperanza que como un cuervo con el ala rota, se arrastra difiriendo el fin, tratando de hacerse digno en la agonía del recuerdo, y Kolesnikov, al fin, alcanzó con las yemas de sus dedos la certeza de que aquellas palabras trazadas con caligrafía convulsa, luminosa y fatal, serían las palabras que hacen mesías a todos aquellos que no pudieron ser finalmente salvados”.




Presto.

Un nuevo tren anuncia la megafonía. Mr. Jones levanta la mirada del billete.
Este tren no es como los otros, este tren viene precedido de un extraño hedor, de un violento crepitar, como de hojas secas pisoteadas, no amigos, este regional 666, último de la noche dominguera y octubre, viene extrañamente envuelto en llamas1...







1Nota del editor: El relato de Mr. Jones me fue entregado en Sierra Leona por un traficante de diamantes belga que se atribuyó la autoría de la introducción y la coda. Quede bien claro que sólo el relato poético del Kursk es atribuible a mi enigmático amigo. Al parecer, el innominado traficante (ignoto por obvias razones), llamémosle X, se hizo, tras una partida de cartas con un baúl que contenía las escasas pertenencias de Mr. Jones, y que éste le había dejado en depósito hasta que reuniera el dinero que le debía (sospecho que para el belga habría algo más de interés). Por desgracia para X, y por suerte para mí, Mr. Jones cruzó a Liberia esa misma noche. Al parecer, X, aficionado a la literatura (había cursado Filología Española en Brujas), sintió curiosidad por un puñado de servilletas prendidas con un clip que encontró entre la ropa sucia y media docena de relojes de pulsera, y decidió encomendarse a su afición de juventud, y completar así la narración con un marco de aires modernistas (era un entusiasta de Gabriel Miró, ojalá en España se le venerase con igual ímpetu). Por mi parte, le encontré algún valor y decidí conservarlo. La idea, según me dijo, fue la de recrear la circunstancia en la que Mr. Jones alumbró su recreación de la tragedia.
No creo que a Mr. Jones le importara, de hecho puede que hasta le resultara un gesto halagüeño.
Yo saldé las deudas de juego de Mr. Jones: 875 euros. Eso fue lo que me costó el racimo de billetes que contenían su obra original. Si me excedí en el pago, júzgenlo ustedes.    

miércoles, 7 de diciembre de 2011

DIARIO DE LECTURAS.

EL NADADOR


...tenía una indefinida y modesta idea de mismo como una figura legendaria.
JOHN CHEEVER





He tratado de construir mi vida con la argamasa de todo aquello que me parece bello y alimenta mi voluntad de poder y querer, lo que mantiene ligada mis fuerzas con su potencia: la literatura, el cine, la música, la feminidad. Al costo de preterir o marginar aquello incómodo, lo negativo, la conversación sobre el tiempo de hoy o el partido de ayer, el lamento idiota, la queja inútil bajo la que se agazapa una voluntad frágil por la que nada puedo hacer (pienso). A veces sacrificando una confianza, una amistad, un cariño. Nada es gratis (me digo), y seguimos con la mirada dirigida hacia la luz que señala la salida de la caverna. Y mientras, puede que un amigo languidezca abandonado ante una jarra de cerveza caliente porque yo estoy demasiado ocupado pergeñando otro texto o viendo Stalker. Y entonces recuerdo aquel relato de John Cheever que comenzaba con: “Era un día hermoso y se le ocurrió que nadar largo rato podía ensanchar y exaltar su belleza...

Una mañana estival y domingo, Neddy, un tipo que tenía una indefinida y modesta idea de sí mismo como una figura legendaria, alumbra la feliz idea cruzar los trece kilómetros que lo separan de casa, surcando a crol las piscina de cada lujosa propiedad del bonito condado en que vive feliz con su mujer e hijas. Y pone en práctica su empresa, como un deber impuesto con férrea determinación o una penitencia destinada a expiar una culpa indefinida, secreta, terrible.
Nombra a la red fluvial que ha de surcar como a su esposa, Lucinda.
Pronto, en su odisea se interpone un signo otoñal y una extraña tristeza se desploma en su pecho. Los Lindley son el primer aviso de un destino adverso que se presiente: propiedad abandonada, la piscina vacía. Decepción ante la ausencia de este eslabón en su cadena acuática que tiene motivos más profundos, guardados bajo siete llaves en el cofre de la memoria. Había disciplinado la memoria en la representación de hechos ingratos, pero la realidad es refractaria a tales argucias.
Los Halloran mencionan “sus desgracias”.
Kilómetro 6, mitad de camino. Comienza a hacerse preciso el alcohol para combatir el frío, las intrusiones de la realidad. Enfermedad de su amigo Sachs, del todo olvidada. Le asalta la idea de que no tiene modo de elegir su medio de viaje y ha de perseverar en la extravagancia aún cuando ya no le proporciona placer alguno. Lo siguiente que encuentra son vecinos desairados por su rechazo a las invitaciones. Los camareros representan el termómetro social (el de los Beswiger se muestra desabrido) Aquí, en la enésima fiesta dominguera de piscina y jardín, se nos informa de la ruina económica y la afición por la bebida de Teddy. Shirley Adams, su amante otrora y que esta tarde se hace acompañar de un joven ante el que se siente derrotado y viejo, le niega una copa.
Al fin, exhausto, deprimido, y al borde de la hipotermia llega a una propiedad cerrada, solitaria, con claros signos de abandono, estragada por las tormentas de verano, como la de los Lindley. Pero no ceja en su empeño y golpea la puerta, debe ser que no le escuchan.

...Y al final, toda la miseria que creíamos haber orillado, alejado de nuestra feliz y orgullosa existencia de figuras legendarias, contamina las aguas de la fuente Castalia con el hedor de los cadáveres que no por invisibles dejan de existir, y nos recuerdan que el compromiso con la realidad no es una opción, el arte mismo sucumbe si no atendemos a los cuidados de su tiránica y pertinaz demanda.

Ojalá en vez de escribir esto hubiera compartido esa cerveza.



jueves, 17 de noviembre de 2011

DIARIO DE LECTURAS.

TEDDY de J.D. SALINGER.
Como es habitual en Salinger, el narrador suele comenzar el relato con la intervención de un personaje, en este caso se trata del padre de Teddy, forma muy eficaz de introducir al lector en la materia narrativa, es más, se trata de una réplica a algo anteriormente dicho por el niño “El día exquisito te lo voy a dar a ti, amiguito.” A partir de aquí se nos pondrá al corriente de la situación (un camarote compartido por el matrimonio y los dos hijos) y el carácter de los personajes adultos ( siempre desde lo que dicen), porque la personalidad de Teddy sigue difusa. La reacción serena, calma, ente el enojo de su padre y la precisión con que refiere ciertos datos, nos ponen sobre la pista. Salinger activa nuestros mecanismos de inferencia refiriendo con detalle pero sin prolijidad gestos, ademanes, posturas o entonaciones. Del encuentro con su hermana (una pequeña que sólo cuenta con seis años de edad y que se muestra especialmente cruel con su compañero de juegos) percibimos cierta conducta anómala en Teddy, demasiado maduro, distante, condescendiente con la brutalidad verbal de la Booper, con la “infancia” que percibe en Myron, tan lejana, ajena a él y su hermana. Pero será el tercer encuentro que tenga Teddy el que nos da al personaje.
De nuevo el narrador desconcierta al lector al hacer aparecer a Nicholson como un desconocido para Teddy. Sólo por el diálogo sabremos de un fugaz encuentro anterior entre ambos, y toda la información referida al crucero que realiza la familia McArdle, nos será ofrecida: Teddy ha sido entrevistado en varias universidades europeas debido a su sobre dotación intelectual (algo a lo que ya se había referido su furibundo padre con ironía). Pero lo verdaderamente revelador será su hondura espiritual que le lleva a despreciar la relevancia tanto de las emociones (gusta de los haikus por su desnudez emocional) como de la inteligencia analítica, para desconcierto o malestar de su interlocutor. De especial interés resulta su opinión sobre lo errado de una educación que prioriza la aprehensión del mundo a través de conceptos, el cultivo de la inteligencia analítica, útil para su objetivación y posterior manipulación, pero una rémora para “ver” más allá del cambio y lo múltiple, de la discreción de la materia, la unidad substancial y la co participación de cada individuo en el todo.
Salinger aparentemente no se pronuncia, dejando que sea el lector quien desde sus convicciones, valore sendas posturas (mística y racionalista). Será el devenir narrativo el que dicte sentencia.
Tras dejar al niño, Nicholson deambula absorto por diversas cubiertas, adivinamos con facilidad la materia de sus pensamientos cuando, al avistar un cartel que reza: A LA PISCINA, se escucha el grito sostenido de una niña pequeña, tal vez de seis años, puede, eso lo colige el lector, que se trate de Booper. De forma nada inocente, Teddy, que durante su coloquio con Nicholson está pendiente de la clase de natación que tiene de forma inminente, y al tratar de ilustrar a aquél acerca de la irrelevancia de la muerte corporal, pone como ejemplo un accidente suyo en la piscina, vacía. ¿Se cansó el pequeño Myron de los abusos de Booper? En cualquier caso, presentimos que Teddy tendrá la ocasión de probar en la práctica sus teorías sobre la muerte.
La inquietud en que nos suspende el incierto desenlace del relato, trasluce cierta ironía sobre el planteamiento místico de Teddy, dejando en suspenso la reacción del niño al conocer la presunta muerte de su hermana, que intuimos, no será desde el desapego que predica ni la serenidad que le reviste. Por otro lado, el sadismo manifiesto de Booper testimonia los frutos de la inteligencia en ausencia de sentimientos.
Salinger es brillante dialogando. Teddy habla exactamente cómo debe hablar un niño extremadamente inteligente. En su polémica con Nicholson (eco de otras muchas mantenidas durante su viaje en Europa), desenmascara de continuo las intenciones de su interlocutor, destruyendo con sagacidad sus consabidos argumentos, consciente de su superioridad dialéctica pero temiendo ofender a Nicholson, haciendo gala de una soberbia tan manifiesta que se reviste de condescendencia y desinterés hacia el otro. Nicholson le interesa vagamente más que Myron, en la medida que el primero le permite ejercitarse, no lucirse, no es ostentoso. El segundo sólo convoca una ausencia, de empatía, de piedad.



viernes, 30 de septiembre de 2011

DIARIO DE LECTURAS: LA VIRGEN DE LOS SICARIOS.


El concepto “barroco” se empleó inicialmente para calificar un período histórico que abarcaba el reinado de los Austrias Mayores y concluía con la muerte de Calderón; época desencantada y conflictiva, en el Barroco solo se veía carne rosigada en la gusanera de una vida que se antojaba sueño.
D´Ors amplió el significado del término al de una constante histórica basada en la recurrencia de un estilo lujuriante y frondoso, perplejo en la fascinación de la verba y sus seducciones fónicas y conceptistas; en la escora de usos denotativos a favor de perífrasis, alusiones, metáforas, el jugueteo lúbrico con el idioma destinado a mostrar una realidad transfigurada, magnificada, bella o degradada pero siempre bigger than Life.
Fernando Vallejo en La Virgen de los sicarios encarna el paradigma del escritor barroco en estilo y espíritu. La narración se reviste de una verbosidad torrencial erizada de giros coloquiales y colombianismos. Medello se encona en el odio de este viejo gramático que nos habla de y desde su ciudad natal a la que ha regresado a morir. Como Virgilio, el narrador nos guía por los círculos del infierno de Medellín y sus arrabales en compañía de bellos ángeles exterminadores que con el escapulario al cuello y el revólver al cinto van cobrándose almas a ritmo de “ballenato”.
La misantropía de Vallejo alcanza cotas rabelesianas. Acaso sea su formación de biólogo la que le conduce a ver la vida como una mera inflación de energía, la multiplicación maligna de moléculas con frenesí criminal sin otro fin que seguir creciendo en número ni otro destino que el de sufrir y causar sufrimiento. Imposible no pensar en los esperpentos de Valle y su degradación inmisericorde  de la condición humana.
Como todo ateo, Vallejo necesita a dios. Como todo hombre, Vallejo necesita de dios; lo que distingue al ateo del creyente es que el primero no busca a dios, lo tiene delante, siempre estuvo ahí, por eso odia su indiferencia ante el dolor humano y como venganza, lo niega, reniega y con esa lógica zurda que ejerce el odio, lo injuria.
Así, el narrador visita iglesias, remansos de paz en el tráfago urbano, en busca de una serenidad improbable. Los sicarios se encomiendan a la Virgen para no marrar el blanco y no dudamos que la Virgen acude a sus ruegos a juzgar por el atino que muestran. La  novela se encuentra traspasada de una imaginería religiosa y apocalíptica que acentúa su tono desesperado, un nihilismo desolador que cristaliza en un humor que apenas atenúa el espanto de lo narrado. La salvación se antoja imposible bajo ese manto de falsa esperanza que vende una ilusión sin porvenir alguno y sólo cabe esperar la muerte y que ésta sea un fin definitivo, claro.











sábado, 20 de agosto de 2011

DIARIO DE LECTURAS: Paco Umbral.

La reciente lectura de Automoribundia, del gran RAMÓN Gómez de la Serna, me sugirió, me obligó casi, a rescatar un libro que llevaba años cogiendo polvo en mi biblioteca, Ramón y las vanguardias de Paco Umbral.
 Umbral, y me apropio de una de sus ocurrencias, procede fingiendo un género, el ensayo literario, perpetra el retrato de uno de los bodegones que más saqueó en su andadura (hay mucho que pescar en el caudal de la prosa de RAMÓN[1]), y se propina al tiempo, la coartada idónea para escribir y escribirse. Rescribirse a la oronda y redonda sombra ramoniana. En pocos escritores se cumple con tanto acierto la “ocurrencia” de Barthes: “escribir es un verbo intransitivo”.
RAMÓN umbralizado o RAMÓN en el Umbral, que yo también me umbralicé lo mío cuando me cogió a traición con El diario político-sentimental, va ya para década y media (qué viejos somos). Aquella prosa urgente y desatada hirió lo más hondo de mi vocación letraherida y me hizo concebir un anhelo que no me atreví a formular hasta mucho más tarde. Y un deseo, al que sucumbí de inmediato, fatigar las páginas de su profusa obra, surcando géneros (novelas, crónicas, ensayos, diarios) y naufragando al cabo en la galena de su omnipresencia monótona, con la fiebre de la militancia del estilo en el mascarón de proa, y las bodegas llenas de citas y referencias a otros autores, pecios que me llevaron al cabo a tierra firme.
Sin Umbral no hubiera leído al Valle novelista, ni a Gide, ni a Miró, ni a Foxá, ni a González Ruano, ni a Carpentier, ni a Simenon, ni a Pla, o al menos, no en el momento en que lo hice. Ni hubiera visitado aquel Burgos salmantino de tedio y plateresco, ni subido la Cuesta de Moyano bajo el efecto de los martinis del Café Gijón. Me inició en esa extraña alquimia que se produce cuando un sustantivo casa con el adjetivo menos previsto, en el goce de paladear un periodo, sentir el pálpito de un ritmo, como se nos va el alma en la cadencia de un tonema, la lujuria de un estilo que nos da al hombre y su temple, un modo de ser y de vivir y reinventar el mundo, de literaturizar la vida y vivir la literatura, en la literatura, por la literatura.
Pero nada dura siempre y se acaba imponiendo el deber de matar al padre, y una mañana nos amanece con la basca del hartazgo, la resaca del tedio, y Umbral se nos vuelve antipático francamente odioso. En el sartal de citas que enarbola delata el carácter pueril, la pose del temperamento mediocre que afana reivindicarse, la notoriedad a contrapelo, el deseo, legítimo sin duda pero decepcionante, de ser tan sólo la vedette de nuestras letras (con permiso de Cela), como el bajito que se pone ridículamente de puntillas en las fotos de grupo.
Y al socaire de los nombres que en él aprendimos y por él leímos, sucumbe como un mero divulgador emboscado tras la máscara hosca del polemista de mesa-camilla con la pólvora mojada y el vaso de leche fría. Encabrona la ligereza con que despotrica de Stendhal, Galdós, Kipling, ¡Borges!; la arbitrariedad con que despacha en su Diccionario de literatura a Vargas-Llosa apuntando que “gusta a las mujeres”, o la desfachatez, la mezquindad, la mala ostia que mostró al negarse a presentar Las máscaras del héroe alegando que Prada había plagiado de Foxá el retrato de José Antonio. ¡¡¡Qué otra cosa hace él en La leyenda del César Visionario sino fusilar Madrid, de Corte a Cheka!!! Acaso vio que Prada, con 26 añitos, era ya mejor novelista de lo que él sería nunca (que Juan Manuel luego se haya convertido en un cantamañanas como columnista y haya fracasado clamorosamente en lo meramente literario, no quita para que Las máscaras del héroe, aun estando escrita con jirones de Cansinos,RAMÓN, Valle o Foxá, sea una magnífica novela.)
Y al fin, una tarde, arrojamos para siempre (o eso creí, en la ofuscación del momento) Mi amado siglo XX con una mueca de asco, sobre el montón de lecturas inconclusas, sin intención de volver a esa consabida crónica de sí mismo, a la apología de una escritura autocomplaciente y manida sin nada nuevo que ofrecer salvo la repetición de las típicas ocurrencias umbralianas, de las que tanto abusó en los últimos años.
Y aunque se me clavó en el alma la imagen de la soledad de su sepelio, el abandono doloroso en que lo encontró muerte, para mí no era ya más que una escalera inservible, tan sólo podía ofrecerme un descenso no deseable. De los restos del naufragio rescatamos Mortal y rosa claro, Los cuadernos de Luis Vives, La trilogía de Madrid, Las voces de la tribu, el primer párrafo de La leyenda del César,  y tal vez Un ser de lejanías.
Pero por obra y arte de RAMÓN y su conciliadora mediación, hemos vuelto, quién lo iba a decir, a visitar al viejo y gruñón Paco. Hemos vuelto a revivir impresiones y cabreos, alguna alegría pasajera, ninguna decepción.
 Al hilo de lo que se le ocurre, entre menciones a Hegel y Kant  (casi siempre en este orden), ataques al “Realismo”,Baroja y Galdós, a la filosofía sistemática, repitiendo hasta la saciedad la ocurrencia del libro “el pensamiento plástico de RAMÓN”, que él asocia con un regreso al pensamiento presocrático (¿?), va sembrando perlas como: “…pero hay veces que (RAMÓN) consigue acceder al pensamiento teórico, ya que no abstracto.” “Para el Idealismo todo está en la mente y para el Positivsimo todo está en las cosas. Para el hombre moderno todo está en la mente, pero en forma de cosas.” (¿?) Hay que ser indulgente con el viejo Paco, me digo a cada página para mitigar la irritación. Argumentar no iba con Paco, dejaba la frase lapidaria, la sentencia ingeniosa a la que sacaba relumbres quevedescos, como una cagadita insolente y orgullosa de sí misma. O así (que diría él, tan cheli siempre)
Lo cierto es que, pese a todo, ha sido un grato reencuentro, por momentos incluso nos llegó el aroma del otro que fuimos y proclamó, orgulloso e ingenuo, su militancia en un estilo, su amor a Umbral, en la imitación devota de giros y ocurrencias en páginas sin cuento, perdidas para siempre en cuadernos perdidos con los años perdidos. Y aprendió algo valioso, la literatura es un sacerdocio a cuyos votos no debemos faltar los huérfanos de la realidad, de un mundo al que ya no interesamos y nos lleva a la deriva (disculpen la abundancia de metáforas naúticas, me encuentro leyendo a Conrad).
La literatura nos salva y en ella nos fortalecemos, nos encontramos a veces y nos perdemos siempre.
           


[1] Gustaba de escribir su nombre con mayúsculas y no estoy por la labor de contrariarle.