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sábado, 24 de noviembre de 2012

NOTAS DE SUICIDIO (Crónicas apócrifas de Mr. Jones)


George Eastman: “Mi trabajo ya está hecho ¿Para qué esperar?”






Supe que comenzó a redactar notas de suicidio al poco de llegar a la redacción del Liberal. Apenas no más que otra excentricidad de las suyas, a lo sumo, de mal gusto, sí, pero que hubiera caído en el olvido de no ser porque indujo a alguien a ejecutar la tarea encomendada en negro sobre blanco.
Sin muerto no hay gloria ni en literatura. Especialmente en literatura.

A Mr. Jones debió halagarle que se atribuyeran propiedades homicidas a uno de sus escritos. Siempre procesó una extraña superstición hacia la naturaleza mágica de la palabra, su poder para materializar cualquier hecho caligrafiado. O conjurar al demonio con apenas un susurro.

No hubo denuncia contra Mr. Jones, sin embargo, el escándalo le granjeó tan buena publicidad que un periódico parisino le ofreció dirigir su sección necrológica.

Decidí investigar los pormenores. Primero en París, más tarde en Saint Maurice.

Al fin, pude verme con Gaspar Oçon, director de El Liberal durante los meses en los que Mr. Jones trabajó en la redacción. Problemas de salud le habían llevado a un retiro prematuro. Pasé varias semanas lidiando vía telefónica con una voz de urraca, a la que puse un cuerpo enjuto, cabello ralo y un odio recóndito más allá de las dioptrías. El muro verbal con el que chocaban mis ruegos siempre era el mismo: “Para Monsieur Ozon fue una experiencia dolorosa y no desea rememorarla. Gracias por su comprensión." Un zumbido sostenido sobre mi ira.
Un buen día, cuando me disponía a pagar la minuta del hostal y regresar a París, sonó el teléfono. Desconozco cual de mis argumentos agrietó su resistencia. De hecho, nunca hubo argumentos, peticiones, sí, ruegos, también, súplicas, continuamente.


Tomé un taxi para ir al caserío en el que reposaba junto a un enfisema merecido, en el corazón del Valle del Marne. Una fina cortina de agua confería al paisaje rebosante de otoño un aire melancólico, quizá la melancolía estaba ya en mis ojos. Me llegaban rumores de cargas, detonaciones, el tableteo obstinado de ametralladoras. El Marne.

Fue un domingo, finales de noviembre.

Hasta la puerta del taxi se allegó con el paraguas abierto un tipo membrudo y de larga cabellera. Reconocí su voz enseguida, y le agradecí el gesto. Su nombre era Pascual. Me acompañó hasta la casa luego de haber saldado cuentas con el chófer. La lluvia arreciaba al tiempo que la luz se desvanecía. Me hizo pasar al cuarto de estar.
Un gato se curvó sobre el brazo del sillón en el que reposaba la anatomía de Oçon. El calor era sofocante.

-Comprenda que para mí era algo desagradable.

La mascarilla de oxígeno le afilaba el rostro. Al principio, se atragantaba con palabras en las que no encontré rencor y sí cierto embarazo. El tinto que había llevado, tras los primeros sorbos, le soltó la lengua y subió un calor a sus mejillas. Dijo que, si era mi deseo, podía fumar. Aunque se encontraba en aquel estado por culpa del tabaco, no le guardaba rencor y disfrutaba viendo a otro gozar de lo que a él le estaba vedado. Y volvió a apartar la mascarilla para sorber de la copa.

Mr. Jones llegó sin recomendación, algo extraño en provincias. Sus credenciales, una crónica urgente y manuscrita de la muerte de un mendigo sobre un banco del parque Victor Hugo, aquella mañana, en los márgenes de un ejemplar del periódico.
Le impresionó su redacción sin ambages, afilada e implacable, sin perder un ápice de lo que cabía esperar de un buen periodista, el qué, quién, cómo, cuándo y dónde, coronados por una coda demoledora que disparaba la noticia contra la conciencia del lector. “ Y mientras, los padres que acompañan a sus hijos al colegio y una señora que pasea a su caniche, hacen un alto para ver como levantan el cuerpo, yo escribo esto mientras esto pasa, sobre una de las mantas de celulosa que no pudieron impedir las mordeduras del frío.

Citó de memoria mirando a través de la ventana, como si estuviera escrito en la tarde.

-Me solicitó un adelanto para instalarse en la ciudad. No se lo negué. Le hubiera ofrecido el doble. Luego, él me dijo que habría aceptado la mitad. Parecía siempre tan extrañamente seguro de sí mismo.

En los meses siguientes, pasó por diversas secciones del diario, crónica social, sucesos, deportes y cultura. Pero tenerlo pateando calles a la caza de la noticia no era negocio. No tardó en instalar su oficina en la taberna de Schumacher. El mejunje que le ofrecía el alsaciano, suavizaba su estilográfica, tan lúgubre siempre cuando sobria, la volvía burlona y un tanto melancólica. Miniaba notas de prensa en unas servilletas nunca limpias del todo que eran luego mecanografiadas pacientemente por Matilde, mi secretaria, a la que pronto  esperararía cada día tras la jornada.

El membrete insolente azul pálido de la taberna encabezaba la crónica del partido de turno o el inventario de copas trasegadas que corrían a cuenta del periódico. A veces numeraba para facilitar la transcripción. Los rumores comenzaron. Oçon alumbraba una tristeza, y la envolvía amorosamente en su seca y crepitante tos bronquial.
Pero no llegó a los obituarios por voluntad de la dirección. Era una labor demasiado solemne que requería una sensibilidad de la que Mr. Jones carecía a todas luces. No son ocasiones para ejercitar el ingenio, creo yo. El repentino fallecimiento de Julien Davenne, sin embargo, había dejado vacante el puesto, y era imperioso escribir uno ahora. Asumí el riesgo.

Se trataba de un filósofo norteamericano distinguido en Francia con la Legión de Honor. El suceso fue despachado por el New York Times con una somera crónica en la que se refería cómo el pensador hebreo se había arrojado al vacío desde la ventana de su despacho del Village. Luego, enumeraba publicaciones y reconocimientos (obviando vergonzosamente la distinción de que se le hiciera objeto aquí; poniendo en evidencia la absoluta falta de diligencia del departamento de documentación de los grandes periódicos.) No fue hasta dos días después cuando se hicieron eco de la nota.
(La nota. Hacerse eco. Putos burócratas).

Sobre su escritorio, entre montones de legajos y volúmenes de Kant y Eckhart, se había encontrado una nota manuscrita, un pedazo de papel arrancado con cierta premura de alguno de esos libros (letra impresa en el reverso; alemán), urgencia que era desmentida de inmediato por el trazo firme y seguro de la caligrafía, por la filigrana característica de su firma. El contenido, directo y conciso, no falto de humor: “He salido por la ventana.”
La excentricidad y laconismo del mensaje, supongo, debió excitar la lacónica y excéntrica imaginación de Mr. Jones, y una mañana, pocos días después de haber recibido el obituario que le encargué redactar, François, el encargado de los deportes, que andaba a la busca de un carrete de tinta roja para su máquina de escribir, revolviendo papeles y ceniceros sucios, se topó con una nota escrita a mano. “Querido mundo, me estoy yendo porque estoy aburrido. Te dejo con tus preocupaciones en esta dulce cloaca. Buena suerte.”
Al principio se alarmó. Aquella mañana Mr. Jones no pasó por la oficina oficial ni por la oficiosa, como refirió Schumacher.
Matilde tampoco se había personado en su lugar de trabajo. En cinco años, la joven nunca había faltado más que por extrema necesidad y siempre, previo aviso. De modo que, alarmado también yo, y tras telefonear repetidamente a Matilde a su casa (vivía con su madre anciana, sorda como una tapia), mandé a alguien al hotel donde se hospedaba Mr. Jones.


No pude evitar ese primer escándalo.

Debí cortar entonces por lo sano. Después de aquello, Matilde solicitó una baja temporal por el ingreso hospitalario de su madre.
Lo cierto era que desde aquel día, en la redacción todo eran murmullos a su paso, miradas rijosas, sonrisas lúbricas, comentarios obscenos. Supongo que era demasiado buena chica y no pudo perdonarse a sí misma.
Y más tarde, más notas de suicidio.
Firmadas ahora por diversos miembros de la redacción. La broma dejó de tener definitivamente gracia cuando, Matilde, tres meses después, habiendo ya enterrado a su madre y de vuelta en la ciudad, en su primer día de trabajo, al que se había reincorporado contraviniendo mi consejo, saltó desde la ventana del archivo de la redacción (tercer piso, sobre un furgón cargado de hortalizas)
Murió un par de días después. Naturalmente, se había encontrado una nota sobre una pila de archivadores. Mecanografiada, como todas las demás. Junto a un paquete vacío de Gauloise. Retorcido. Vacío. “Mamá, lo siento, y Te amo.”
Me levanté.

-¿Cómo se lo tomó Mr Jones?
-No se lo tomó ni mal ni bien. Me pidió redactar la necrológica con una voz empapada en licor. Me negué. Creo que fue mi único gesto de autoridad hacia él. El único al que me atreví. Aun con todo la escribió. Puede que tuviera algún cargo de conciencia. Ligero. Tampoco me informó de la oferta. Se fue con la misma prontitud con que llegó. Me dejó esta necrológica, malos recuerdos y la cuenta del hotel.

-No le guardo rencor, pero el pesar de haberle conocido me acompañará hasta la tumba, como esta bombona de oxígeno.

Entonces reparé en que desde el principio sostenía con la mano izquierda un diario enrollado. Un ejemplar del Liberal, presumí. No me equivoqué.

La noche se había cerrado sobre el caserío. Me acomodé sobre el amplio alféizar. La letra de Mr. Jones invadía en ocasiones el texto impreso. La extensión de la necrológica excedía con mucho la habitual. No en pocas ocasiones me vi obligado a releer una sentencia para poder atisbar su sentido. La críptica caligrafía emboscaba una semántica aún más esotérica. Al terminar la lectura, empapado en sudor, casi jadeante (por el calor, mayormente), me encontré con la mirada interrogante de Oçon. Pero no tenía nada que preguntar. Ese ejemplar anodino de un anodino diario de provincias, grabado con la letra de un genio era la única respuesta que me interesaba. Y ya la tenía.
Pedí que me permitiera transcribir la necrológica para editarla. Se negó. Insistí. Se volvió a negar, luego se sumó a la tercera o cuarta negación, Pascual con su presencia invasora del poco espacio, con un no mudo, nervudo y rematado en puños.
Me hubiera despreciado por arrancar de las débiles manos de un enfermo aquel manuscrito. No me hubiese perdonado dejar de hacerlo. Pero vérmelas con su gorila, no me seducía. Bien sé que Mr. Jones habría tenido en muy poco mi interés por su obra.
Hasta ahora, llegar a ellas sólo me había costado tiempo y dinero, dos cosas de las que ando sobrado. Ojalá pudiera decir lo mismo de mi valor.

Solicité vergonzosamente que me pidieran un taxi. Pascual se ofreció a llevarme él mismo. El sentimiento de humillación era insoportable.

Silencio atronador. Debe perdonar la obstinada resistencia de Monsieur Oçon. La lluvia golpeaba sin clemencia el parabrisas. Sufrió mucho con todo aquello. Seguía sin relacionar el timbre ridículo de aquella voz con esos miembros. Él y el padre de Matilde sirvieron juntos en Argelia. Los neumáticos saltaban sobre el asfalto irregular. Era viudo. Apreté con fuerza los puños hasta sentir las uñas. Y tras la muerte de Oliver, bueno, ya sabe cómo son esas cosas, se hacen promesas. Los focos apenas penetraban en la tupida cascada. Ella entró con catorce años a trabajar en el periódico. Al fin la señal: Saint Maurice, 2km. Y siempre fue para él como…

¡Cierra el pico y conduce, joder!





sábado, 13 de octubre de 2012

CRÓNICAS APÓCRIFAS DE MR. JONES.


SINFONÍA DE OCTUBRE






Allegro.

Solitario y triste como el andén de de una estación de provincias.

Triste ante la visión del andén de una solitaria estación provinciana.

El tiempo se prende de otoño triste y ocre, el tiempo del otoño se desprende, balancea y posa sobre el andén de esta estación gris y algo triste de provincias, y un poco otoñal, y un poco nostálgica de trenes y viajeros, demasiado inhóspita cuando uno no es ni una cosa ni la otra, cuando uno no espera a viajeros ni trenes.

Y nadie le espera a uno.

Cuando uno sólo espera ver el desprendimiento otro guarismo en el minutero del reloj, la fonda de una estación de provincia, es siempre un lugar, creedme, solitario, triste y ocre, aunque sea mayo y mediodía.

Mostrador, moscas, cercos de café.
Andenes despejados como la frente de un octogenario. Andenes saqueados como la boca de una octogenaria.

La voz enredada en la bruma de la megafonía se atraganta con una nueva llegada que, al parecer, no debía esperar, se anuncia un inminente brote de humanidad múltiple; un vómito urgente de cartílagos y huesos con pedazos de vida cautivos en maletas y mochilas pronto fluirá por los andenes como sangre por arterias, con esas maletas revueltas de recuerdos y ropa sucia y mochilas acribilladas a chinatos y pins del Ché, con recuerdos que promueven disturbios de bienvenida o cercan con manchas de soledad a ese/esa a quien nadie vino a recibir, y piensa si volverse al vagón, si este era su destino o lo habrá confundido, si, de hecho, tiene destino.
Algunos visten de sport, otros llevan traje con marítimos y maletines de piel y Ray-Ban bajo los cirros, algunos lucen rastas y barbas desiguales y abruman con ciclos la espalda, los más, severos cortes al uno, mejillas lampiñas y las espaldas ligeras, otros tienen novias de faldas cortas y sandalias trepadoras que dan histéricos saltitos al abordarlos, y están luego, los que tienen la pinta desangelada del que necesita una mujer agitando su generosa anatomía.
Porque, nada como una mujer de generosa anatomía, agitada, como un buen martini con vodka.
Y ellas, las que llegan no las que estaban. Ellas: morenas, rubias, con mechas o rapadas a lo Sinead O´Connor, los hombros altos y la piel de vinilo, la humedad de octubre sobre el ancho caderamen o la cadera enjuta y dietética abrumando la tarde-noche del domingo, la esbeltez en la insolencia del ombligo a la intemperie y tachonado, cercado por un tatoo que se pierde bajo el elástico de la braguita, ellas se apresuran a encender un cigarrillo impaciente, a proteger la llama con gráciles y finos dedos ensortijados, el labio fruncido de carmín para asegurar el afortunado cilindro, ellas llegan en pareja o en trío, con paraguas colgando del antebrazo o con bolsas del Mercadona colgando del antebrazo, a veces, paraguas y bolsa en balanceo solidario, y sonríen blancas tras los pearcings, cálidas y vivas bajo las prendas que aprietan su abundancia inmarcesible, a despecho del tiempo que las roerá.
Un leve barullo, en fin, pronto sellado por un silencio espeso, apenas una ligera alteración ambiental que se disuelve en los resquicios del minuto siguiente al de la invasión, y cruces de palabras, besos, salutaciones van a dar al río pedregoso y metálico que deja el tren a su marcha, dejando en la atmósfera del andén una cualidad a aguas removidas prontas a restaurar su quietud; y vuelta a los cercos de café, zumbidos de insectos, al mostrador sobre el que yace malhumorado un vaso vacío.
El espacio reclama su imperio y un silencio opaco se interpone.

la verdadera soledad son unos andenes atestados, escribe Mr. Jones en una servilleta.

-Otro Absolut, por favor.

-(Éste no espera a nadie. Éste no va a ninguna parte)


Mr. Jones adivina el pensamiento del barman soñoliento que no le mira a los ojos cuando le entrega el cambio,
no, ningunaparte queda lejos, incluso para el viajero vertical que fija la mirada de nuevo en la página remota sobre la que se marchita la última luz de la tarde.

-Con peladura de naranja, IMBÉCIL.

Adagio.



Mr. Jones, luego de hacerse con todos los servilleteros de la fonda, ante la mirada atenta y soñolienta del barman (un barman con algo de Joe Turkell, soñoliento y sin su Overlook), escribe:

...leemos para saber que no estamos solos, para no sentirnos abandonados, para saber que en algún lugar de esos que no se pueden visitar para tomar fotografías, alguien, algo más que un amasijo de cartílagos y huesos en permanente estado de oxidación, en la intimidad de un cuarto en la alta madrugada o en el bullicio de una taberna al mediodía, sintió estremecerse el alma y la imperiosa necesidad de dar testimonio del temor, del temblor,
escribimos a ciegas, escribimos porque sabemos que vamos a morir, no hay otro motivo, como sabía que moriría aquel oficial atrapado en el vientre de la bestia al sentir la acuciante la necesidad de narrar la muerte unánime en la negrura gélida del Mar de Barents, de novelar que aquellos hombres vivirían lentos una agonía cabe sus recuerdos, junto a las vivencias cultivadas a lo largo de una vida breve, como se antoja toda vida ante el trance último, que muchas vidas se iba a extinguir en una ceguera caliginosa, alquitranada y nocturna, urdiendo con símbolos mudos que no alcanzaba a ver, el tejido delirante de una maldición solidaria e inapelable que no merecían pero de la que eran destinatarios, el trazado de unas grafías remotas y silenciosas que refieren un hecho fatal en el esbozo de la morfología del horror, desbrozando un tremedal de pánico, transitando las besanas del miedo, sintiendo la urgencia tan humana de aferrarse con uñas y tinta al cabo que le ofrecía una palabra: la palabra, sólo en la palabra podían hallar, no consuelo, no una prórroga, toda vez que en ella y con ella, estaba asumiendo el acatamiento de un destino al que esa misma palabra daba sanción y cumplimiento, sino el anclaje del pasado colectivo en el porvenir único, que ella haría posible para todos esos hombres que se apilaban en cubierta con las manos entrelazadas, mascullando palabras inteligibles, la resurrección tras el desesperado Elí, Elí, lama sabajtani!, la salvación que iluminaría la angustia de las últimas horas traspasadas de estertores y atravesaría el opaco muro surcado de blasfemias o plegarias y costuras de angustia, prendidos de su superficie indiferente como el mar negro que se prolonga más allá del acero, silencioso, cómplice, que será su mortaja, palabra de la salvación que vence al olvido, auténtica muerte, la única y definitiva.
Y en ese instante, tras clavar el punto final de los finales con una gota de sangre ciega, encerrado con sus fantasmas en aquel lecho de sombras, donde el silencio pulsa congojas, cuando una levadura de culpa crecía ya en las galerías del Kursk, atoraba sus escotillas y ocupaba los camarotes dragando el poco oxígeno, Kolesnikov empezó a tomar conciencia de que la palabra es siempre sagrada, siempre un evangelio que testimonia el martirio (valga la redundancia), esas grafías tortuosas y oscuras, como el destino que debían afrontar, se erigirían en albaceas de un sacrificio estúpido y sin sentido, la palabra del pánico, enigmática y sin glosa, palabra de la desolación, palabra de la desesperanza que como un cuervo con el ala rota, se arrastra difiriendo el fin, tratando de hacerse digno en la agonía del recuerdo, y Kolesnikov, al fin, alcanzó con las yemas de sus dedos la certeza de que aquellas palabras trazadas con caligrafía convulsa, luminosa y fatal, serían las palabras que hacen mesías a todos aquellos que no pudieron ser finalmente salvados”.




Presto.

Un nuevo tren anuncia la megafonía. Mr. Jones levanta la mirada del billete.
Este tren no es como los otros, este tren viene precedido de un extraño hedor, de un violento crepitar, como de hojas secas pisoteadas, no amigos, este regional 666, último de la noche dominguera y octubre, viene extrañamente envuelto en llamas1...







1Nota del editor: El relato de Mr. Jones me fue entregado en Sierra Leona por un traficante de diamantes belga que se atribuyó la autoría de la introducción y la coda. Quede bien claro que sólo el relato poético del Kursk es atribuible a mi enigmático amigo. Al parecer, el innominado traficante (ignoto por obvias razones), llamémosle X, se hizo, tras una partida de cartas con un baúl que contenía las escasas pertenencias de Mr. Jones, y que éste le había dejado en depósito hasta que reuniera el dinero que le debía (sospecho que para el belga habría algo más de interés). Por desgracia para X, y por suerte para mí, Mr. Jones cruzó a Liberia esa misma noche. Al parecer, X, aficionado a la literatura (había cursado Filología Española en Brujas), sintió curiosidad por un puñado de servilletas prendidas con un clip que encontró entre la ropa sucia y media docena de relojes de pulsera, y decidió encomendarse a su afición de juventud, y completar así la narración con un marco de aires modernistas (era un entusiasta de Gabriel Miró, ojalá en España se le venerase con igual ímpetu). Por mi parte, le encontré algún valor y decidí conservarlo. La idea, según me dijo, fue la de recrear la circunstancia en la que Mr. Jones alumbró su recreación de la tragedia.
No creo que a Mr. Jones le importara, de hecho puede que hasta le resultara un gesto halagüeño.
Yo saldé las deudas de juego de Mr. Jones: 875 euros. Eso fue lo que me costó el racimo de billetes que contenían su obra original. Si me excedí en el pago, júzgenlo ustedes.    

jueves, 28 de junio de 2012

LAS CRÓNICAS APÓCRIFAS DE MR. JONES.


Siguiendo los pasos de Mr. Jones llegué a Singapur.

Allí, en el bar del hotel, conocí a un contable alemán, Fritz no-sé-qué, que llevaba las cuentas a un hostelero chino desde hacía un par de años. Rondaba la cincuentena y sufría alguna afección cardíaca que dificultaba su respiración. El clima tropical no le iba nada bien. Entablé confianza con él tras mediar en un contencioso que tuvo con un diplomático australiano a cuenta del pago de una ronda días atrás a mi llegada. El burbón le volvía soñadora la mirada y laxo el acento. En un torpe inglés, tomando una bocanada de aire tras cada frase, hablaba de retirarse a una casa que había comprado en algún lugar de la Selva Negra hacía ya unos años, pensando en el retiro, y que pronto habría pagado. Hablaba de cazar y contemplar en la tarde a su esposa haciendo punto de cruz.
Hay hombres así.
Por eso no tardó en sacar a colación, por el contraste que ofrecía, a un occidental que había conocido el año anterior. Se refería a él como el holandés. Supongo que era por su condición errática. Estuvo con el chino unos meses. En ese tiempo, le contó, había ejercido de camarero, portero, recepcionista, relaciones públicas, recibiendo clientes en el aeropuerto y consiguiendo putas y coca para turistas.
Bebía hasta la madrugada un vodka insufrible al que él se refería como el brebaje de Obélix mientras hacía bailar sobre sus dedos con destreza una vieja estilográfica. “Ja, creo que nunca lo vi sin ella.”
Durante sus charlas, le contó que había recorrido de puta a puta el mundo dos veces y desempeñado medio centenar de oficios. Nunca dijo nada acerca de que fuera escritor. Tampoco Fritz llegó a sospechar tal cosa.
A veces, en el curso de una conversación, caía en un mutismo que podía durar minutos y durante los cuales, a menudo mascullaba palabras en español (o al menos, como tal las reconoció Fritz) que bien podían ser una canción.
Tal vez fueran canciones, Ja”.
Decía detestar el cine, sin embargo una noche le habló durante horas y con pasión de Como un torrente, aunque el alemán no la conocía, a su vuelta, se aprestó a verla. “Gran película, Ja, sin duda, supongo que algo con él tendría que ver. El protagonista es escritor.”
Fritz me contó, que la última noche que estuvo con él, subieron a su habitación, estaba en un estado de excitación que no me supo decir si era por algo bueno o la cercanía de alguna amenaza (sabía que andaba a la greña con las mafias chinas que controlaban la prostitución y el narcotráfico)
Mientras escuchábamos a Louis Armstrong, apuraba copas con mayor celeridad de lo acostumbrado y su charla se desviaba por meandros imprevistos también con más frecuencia de lo habitual. Fritz también debió beber demasiado (en su estado era una temeridad tomar alcohol, pero no hacerlo hubiera sido una descortesía, “Ja”), el caso es que se tumbó en su cama y ya sólo recuerda la voz del trompetista desagarrando el cortinaje bochornoso de la noche.
Se despertó en la amanecida, sensiblemente desubicado. Solo. Cuando se disponía a salir del cuarto, reparó que en la puerta había un texto. Ignoraba si ya estaba allí la noche anterior, pero, por alguna razón, le intrigó, por alguna razón que no acertó a explicarme, pensó que podía estar relacionado con una ausencia que se la antojaba (de modo harto misterioso) definitiva.
No era probable que el destino volviera a cruzar su camino con el de su misterioso amigo.
Encontrarse en un dormitorio ajeno le causaba cierto embarazo pero se resolvió a transcribir aquellas grafías antes de marcharse (en unas horas salía su vuelo)

Cuando encontró quien le tradujera el texto, su decepción fue mayúscula. Lo conservó como un recuerdo de aquellos pocos días, de aquellas noches sofocantes y aliñadas de alcohol en que la charla ora jovial, ora sombría de su amigo, tanto amenizaban.
Siempre anécdotas divertidas, Ja”
Sacó de una cartera apretada de papeles, un par de folios que amarilleaban ya, y me los ofreció con su característico temblor de manos. Su mirada perruna eludió mi agradecimiento.
No es nada, Ja.”
Me pidió que lo conservara. Me sentí su albacea.
Acaso lo era.

Nunca me dijo su nombre, pero un par de veces, aquel tipo australiano le llamó Mr. Jones.”


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Otra estación gris de olor acre y andenes vacíos.

De uno de los autobuses, ataúdes dispuestos en petaca, baja una joven con una maleta. Una samsonite azul pálido a la que falta una rueda. La juventud en los pechos, el talle, los muslos.
Los ojos abrumados por el humo de la fatiga, un asco o un desengaño: ese que se articula en adversativa.
Toda la mañana contenida en un mechón sobre su frente.
Y esa tristeza, tétrica como un desahucio, amarga como el abandono.

De modo que bajó del autobús. La joven de la maleta bajó del autobús y nadie reparó en ella. Pronto se dispersan los escasos viajeros que compartieron por unas horas su destino. Su lugar de destino, quiero decir.
Con algo un de Shirley McLaine en el verde humillado de los ojos, en el relumbre rojizo del cabello.
Con algo de Constance Towers en un caminar alto y emputecido sobre tacones.
Era aún muy de mañana (había empeñado el reloj en el último pueblo para pagarse el pasaje)
Sacó de la maleta una arrugada rebeca gris que una vez fuera azul, equivocó un hojal.
El andén pronto quedó vacío. Lo mide: 234 pasos y 56 colillas. Y una vez más: 57 colillas, 232 pasos.
El aire traía olores a café, manidas melodías FM, tintineo de tazas y soplidos vaporosos de una cafetera hacendosa. De los altavoces salió una bruma metálica que no alcanzó a entender.
Pasados unos minutos, se dirigió a la fonda. Bastaría con las monedas que le quedaban. No habría para cigarrillos.
Estos lugares tienen siempre un aspecto aterido. Al ajetreo del momento sigue la desolación de la espera de una nueva remesa de pasajeros. Un joven legañoso colocó una taza sobre el plato. Pide otro azucarillo.
Desde el otro extremo de la barra, un tipo. Ni feo ni guapo. Otro tipo más, mirándola. Gordo y entreparado junto a la curva de estaño del mostrador.
Con esa mirada.
Dos churros, fríos. Un chaleco reflectante. Los ojillos pequeños y húmedos sobre sus pechos, como un légamo hediondo.
-¿Tienes un pitillo?
En la boca sorprendida le asomó un repentino: -Claro.- Como una lengua ávida y triunfante.
El labio alzado, para mostrar el deseo.

-¿Me das fuego?

-.........................

Siempre con esa mirada.
No, no le llegaba con las monedas que había en su mano. Pero tampoco tenía prisa. Se sentó y cogió el periódico. La vaharada de tinta fresca. Prensa local. Sacó el móvil. Sabía que no tenía saldo pero le agradaba mirar el fondo de pantalla. Quizá hubiera un teléfono público.

Las moscas remueven disturbios de café y orines.

-¿Hay algún teléfono en la estación?
-A la salida-. Y el chico legañoso siguió colocando cucharillas junto a azucarillos. Azucarillos junto a cucharillas.

Llama a casa. Un tono, dos, tres, cuatro. Cuelga antes de que salte el contestador. Las monedas caen como un vómito de la máquina.

El tipo sale a fumar.
Repara ahora en que sigue con el cigarrillo entre los dedos revestido de cierta hostilidad. Repara ahora en el cartel informativo. La prohibición, revestida de cierta sorna.
El reloj carece de minutero. Segundos y horas. Impresión de tiempo detenido que desmienten los rayos de sol que reverberan en el negro de las sillas. Toma con resignación el asa de la maleta minusválida: se desliza sin resistencia sobre las vías.
De repente del cristal se desprende un resol y un ámbito amorfo y cambiante desdibuja formas y contornos que acaban por componer el fondo de pantalla del móvil.

Por un momento deja de ver al tipo que fuma al otro lado de la luna, los andenes, los vehículos dispuestos en petaca. Y sólo ve esa imagen que lleva de fondo de pantalla.
Envuelve el cigarrillo en una servilleta y lo guarda cuidadosamente en el bolsillo de la rebeca que parece ahora más azul que gris. De momento no lo necesita. Ya ha fumado demasiados cigarrillos con tipos así y puede que sólo sea que no han oído la llamada, que han salido. Volverá a intentarlo en unos minutos. Aunque no haya minutero. Por el altavoz se anuncia una nueva llegada y las insulsas melodías FM se transfiguran en el Nothing else matters.
Nuevos pasajeros que devolverán el bullicio a la desangelada fonda.
Se mirá en el cristal deslucido de dactilares del teléfono, en los espacios que dejan las pegatinas de números de interés. De nuevo los ojos de Shirley McLaine.
Ya no se ven los tacones.
Introduce las monedas. Marca las nueve cifras.

Un tono, dos tonos....
El tipo entra.















































jueves, 15 de marzo de 2012

LAS CRÓNICAS APÓCRIFAS DE MR. JONES (O DEJEMOS DE LEER A HUME DE UNA VEZ POR TODAS)





Because something is happenimg here
But you don´t know what it is...
............................
BOB DYLAN


Y supe de él una vez más.

Fue en el lugar menos literario del mundo: durante un acto social de ANAGRAMA. Sergio Pitol, en el decurso de una conversación que giraba en torno a la decadencia del ejercicio de la papiroflexia entre escritores, antaño tan prolífico y deseable -¿Qué destino más noble podían hallar manuscritos poblados de balbuceos en pos de la belleza y tachonados con furia? Hubo quién cultivó un jardín en su escritorio; otros preferían urdir unicornios o lepidópteros de celulosa), y ahora declinante, lamentaba nostálgico: “Lo digital ha llevado al olvido del papel, con la honrosa excepción de Mr. Jones, claro está”.
Esas dos palabras me sacudieron la modorra en que me sume de sólito el acento lánguido del Cervantes (cualidad somnífera solidaria con su prosa) Pero entonces alguien dijo algo y el relato tomó fatalmente un nuevo rumbo. Y Mr. Jones se escurrió entre los dedos de mi curiosidad.
Por un albur, coincidí con Pitol semanas después en Praga. Las circunstancias, parecidas, pero esta vez, tras la adulación y el papeo, pude arrastrarlo a una taberna; lejos de la lluvia. Primero serví a la cortesía. No falté a la cita con el otro ejercicio dilecto del escritor: el lameculismo epigonal.
Luego, saltó al ruedo Mr Jones. 
Atrochando por entre las galerías laberínticas que urdió en su relato (un tanto embrollado por la cerveza), el encuentro que mostró al mexicano la pervivencia del noble arte de reciclar el papel con fines artísticos, fue como sigue: Pitol caminaba bajo el frío de San Petesburgo cuando reparó en un mendigo que ofrecía al transeúnte flores de papel, conmovido por el hallazgo que apelaba a su afición, se acercó y, hete aquí, que, los harapos guarecían del bajo cero al escurridizo Mr. Jones (inconfundible su tabique nasal cuarteado; el plomo de sus ojos) 
Tras rechazar desairado el ofrecimiento samaritano de Pitol (al que, humillado, fingió no reconocer), aceptó una suma desorbitada por el “jarrón de crótalos” con estalactitas. 
Ya en la habitación del hotel y aún con el que-pequeño-es-el-mundo tensándole la sonrisa, examinó como perito la torpe industria con que habían sido elaboradas las flores. 
En el trance, se percató de que el papel estaba garabateado.
Deshizo sin demasiado pesar cada flor y encontró un texto disperso en cada tallo, pétalo y peristilo. Ordenó las siete cuartillas. Apenas las leyó (no soportaba su estilo anquilosado, su prosa académica, la interminable sucesión de subordinaciones que enredaban el curso de unas acciones mínimas, el tufillo pedante de sus “relatos filosóficos” que abrumaban al lector con plúmbeas digresiones), pero lo conservó (desmintiendo su aversión) como un raro trofeo. Y me lo ofreció. Lo acepté con temor y temblor. Me apresté a publicarlo. Faltan palabras, tal vez párrafos. El estilo no se acuerda de los éxtasis de su periodo tardo-modernista. Sin apenas anécdota, el mundo se reduce a mera especulación.
La situación esbozada puede ser trivial o terrible.
Si al lector le resulta valioso o no, ya no me incumbe. Ahora es suyo.
 Ahí va.

Aún cimbraba en la oscuridad el último timbre del teléfono pero más allá de la puerta, desde el otro lado de su verde pálido, se aproximaron unos pasos disparejos, arrastrados penosamente por la fatiga que un quinto impone. Luego la luz del trazó el contorno del marco, brillante entre los quicios: como un portal al otro lado. Por alguna razón el hombre (porque tenía que ser un hombre) no anunciaba su presencia; por algún motivo peregrino o avieso, evitaba hacer presión sobre el el icono desvaído (me había fijado, durante el par de segundos de duda antes de pulsar yo mismo), desdibujado por una legión de dactilares impacientes (supongo), bañados en sudor (presumo). Solidarios en la culpa (de eso, no hay duda).
Se dejaba escuchar un resuello grueso y tabacoso contra la madera e imaginé al fulano llevándose la mano a un costado. Contuve la respiración tratando desmentir con el silencio mi presencia, tan pertinaz como la del gordo invisible que aguardaba la llegada del aliento apenas a un metro, oculto tras los estertores y el verde incoloro.

Y el segundo aviso llegó en forma de un ding sordo que apenas se elevó para caer enredado en el calor grávido de zumbidos: las moscas aún removían el aire perezoso con sus minúsculas alas.
El parqué crujió bajo los pies o mi peso hizo crujir el parqué, que no está claro el orden causal (si lo hubiera); seguía descalzo y desde las me llegaban noticias de un calor, una rugosidad, ninguna esperanza de comprender; indescriptible sensación de soledad, desamparo, abandono (¿por qué?): pensé en los calcetines (quiero decir que evoqué la imagen que me presentó la memoria), mansos, en la quietud de algún lugar del dormitorio; calcetines sin pies cabe la ropa esparcida (denuncia de una urgencia, ahora lejana, irreal), sobre, entre y por el mobiliario (escaso mobiliario) del dormitorio (la cama, quizá un par de sillas, nada de cortinas que velen la intimidad); pensé en su fosco, secreto hedor engendrado durante el deambular de la víspera. ¿Puede pensarse el olor?
Puedo pensarme pensando el olor.
Recordé (signos, grafías) la etimología de “persistente”, derivado de sistere: “colocar”; recordé que “existir” sólo es “salir” o “aparecer” y a diferencia de Dasein, la concreción espacio-temporal del Ser, advenimiento al mundo sin tener Ser (esencia: la existencia precede a la esencia; idea sólo concebible por el hablante de una lengua romance; definitivamente la palabra es una máscara).
Sólo un estar arrojado o exiliado del Ser; una nada cantante y danzante, como estos insectos voladores alrededor de mí: ridículo sería decir que son. Y, con todo, algo son, son moscas, son en un sentido vicario, analógico, como nosotros respecto al Dios del Aquinate.
Ser u oler son dos apariciones, dos cualidades que no radican en la Sustancia. Son dos rocas flotantes, proteicas y sin Ser; o al menos, más allá de lo la noticia que tengo de ellos.

conmocionó los goznes sin clemencia, obra de los nudillos sin duda descomunales del intruso, cuya existencia (en sentido etimológico) iba cobrando cuerpo (o eso empezaba a parecerme; ser o parecer, that´s the question) en el repertorio de manifestaciones sensibles que afirmaban su identidad.
Entonces, pertinaz, desde algún lugar profundo, lejano pero al alcance, se me insinuó vaporosa, tenue primero, como el gusto ferruginoso que persistía en el paladar, luego, semejante a un estremecimiento de la madera, era apenas unos trazos, como una tela de Pollock, figurando un perfil, insinuando una forma que rehuye informarse, una luz que se acerca peligrosamente y veloz por el túnel: la llegada de una idea en tren expreso y con retraso; exhortativa, imperativa: la idea siempre obliga, a diferencia de ese racimo de impresiones que ordenadas, llamamos “realidad”.
Y antes de resolverme a poner en marcha su dictado, antes de fallar en su favor (si es que alguna vez me dejó opción) me dirigí hacia el verde ausente. El manillar giró enigmáticamente entre mis dedos (aunque ya ajenos, como el mismo manillar), los goznes crujieron, una corriente de aire, seguida de luz, alivió la pesantez ambiental del cuarto.
Y una mujer. Una mujer que me miraba con los ojos asomados a sus cavidades; una mujer con la ojiva de las cejas escalando por la frente. Una mujer, y parecía tener prisa por decir algo (sin embargo, no la conocía); expulsar lo que ardía en su garganta e hinchaba la (aunque no era gorda). Pero retrocedía; la boca medio abierta, en lo que parecía un esforzado intento por encontrar algunas palabras, desatar un grito, expeler una blasfemia, pero seguía retrocediendo y en silencio(Ostia puta, aire fresco), le tendí una mano y ella, aferrada con las suyas a la barandilla, comenzó a bajar, sin volverse, sin dejar de clavar sus dos brasas en mí, con aparente prisa pero sin premura en el cauto y seguro descenso.
Cinco pisos (dejé de verla apenas llegó al rellano, pero conté los pasos: 60 escalones).
Luego, un portazo. La corriente de aire salvador. El aire es luz.
Vuelvo a entrar, pese al olor, pese a las moscas, pese a la tiniebla. Por si llaman y esta vez es Él.
….........................................................................................................................................................

Soy el último hombre vivo. Soy el recuerdo de un recuerdo de un recuerdo.

Pero el cabrón del teléfono me desmiente sonando una vez más.






1El título es obra del editor. De todos es sabido que Mr. Jones jamá titulaba sus obras, ello implicaba una premeditación, decía, que condenaba al escritor. Sus crímenes eran sólo en Tercer Grado.




jueves, 11 de agosto de 2011

CRÓNICAS APÓCRIFAS DE MR. JONES.



-El cuerpo es infinito y melodía.

PAZ

-Como aquella otra vez en Oaxaca. Una vez más se había quedado sin papel y comenzó un nuevo capítulo en la espalda de una puta. En realidad hay dos versiones. Según la que circulaba por los mentideros, fue sólo un párrafo de la obra en que trabajaba, copiado poco después en un paquete de cigarrillos, pero supe años después, de boca del mismo Mr. Jones[1] que se trataba de un cuento que le sorprendió literalmente a calzón bajado, fruto, y cito textualmente, “de la singular confluencia entre mi estilográfica y la tibieza de la dermis lienta, el olor fosco y hembra, de la puta a la que el tequila le embrollaba el oficio.” De este modo, dio inicio a una narración acerca del encuentro inopinado y melodramático de un padre con su hijo abandonado u olvidado años atrás y recuperado en el trance de la sala de un tribunal o la mesa de operaciones de un quirófano, que en esto difieren nuevamente las versiones o el ejercicio minucioso de la impostura, cultiva la discrepancia.
 Comenzada la faena, su caligrafía se desgranaba en caracteres diestros y bien acabados, los trazos, allí donde la piel presentaba impurezas o el sudor permanecía y amenazaba con arruinar el conjunto, eran cuidadosamente repasados, aquí, puntuaba con un lunar, allí sorteaba una cicatriz, luchando siempre contra la violencia indómita y beoda de su pergamino, no tan quieto como él quisiera, sin apenas corregir: el dedo ensalivado bastaba cuando un vocablo marraba el objetivo. Espalda abajo, el torrente de menudas grafías encontró propicio el remanso del caderamen, en el caudal de las nalgas su escritura, fluida y generosa, se desgranaba en una caligrafía menuda y afilada, cortante en las corvas; aplicó cuchilla allí donde el vello intonso hacía impracticable el curso fatal de unos hechos que se asomaban a la tragedia desde el brocal del destino. Ahora, el compás de las piernas imponía una prosa suelta abismada en las vaguadas de una piel repetidamente arremetida y estriada, tantas veces antes recorridas por lenguas lúbricas y anónimas que arrancaran a su dermis adolescente jirones de un deseo furtivo y culpable, era esa noche violada por la fría turgencia insomne de una Parker desfloradora de doncelleces insospechadas. El recurso al verso, hallazgo imprevisto y precioso, según se lamentó, fue imperativo casi, ante la imposibilidad de anudar los periodos; abundaba en endecasílabos y eneasílabos, aunque no rechazaba arrancar a un buen alejandrino relumbres modernistas, precipitando la verba hasta las sábanas, perdiendo letras y rescatando trazos. Abrumada la reciedumbre de los gemelos y refractaria la angostura de sendos talones de Aquiles, saltó a los encallecidos talones, transidos de taconear mil calles, donde más que escribir cincelaba, hasta que el punto y final se insinúo providencialmente en el puente estriado del pie derecho.
Exhausto por, según sus palabras, la más genuina y absorbente experiencia, y recalcó, experiencia literaria, y matizó literaria, de su vida, aliviado pero dolorido tras partear una ficción que llevaba años clavada en la inspiración, se dejó tomar imprudentemente por el sueño (recordemos que era insomne) sobre la superficie mullida de su obra magna, con el pálpito de la vida reciente, sobre su calidez viva y vivificante, norte y cumplimiento de toda una vida consagrada al producto mercantil de un oficio, una artesanía esmerada pero dolorosamente inerte, apenas asistida por la inspiración, etc.
Al grano, cuando se despertó la puta ya no estaba allí….







[1] De todos es sabido su propensión a la relación de anécdotas apócrifas o francas mentiras que su interlocutor aceptaba de buen grado enredado en su hipnótica facundia desatada cuando el vodka soltaba a la musa en el ruedo sin burladero de la noche.