jueves, 28 de junio de 2012

LAS CRÓNICAS APÓCRIFAS DE MR. JONES.


Siguiendo los pasos de Mr. Jones llegué a Singapur.

Allí, en el bar del hotel, conocí a un contable alemán, Fritz no-sé-qué, que llevaba las cuentas a un hostelero chino desde hacía un par de años. Rondaba la cincuentena y sufría alguna afección cardíaca que dificultaba su respiración. El clima tropical no le iba nada bien. Entablé confianza con él tras mediar en un contencioso que tuvo con un diplomático australiano a cuenta del pago de una ronda días atrás a mi llegada. El burbón le volvía soñadora la mirada y laxo el acento. En un torpe inglés, tomando una bocanada de aire tras cada frase, hablaba de retirarse a una casa que había comprado en algún lugar de la Selva Negra hacía ya unos años, pensando en el retiro, y que pronto habría pagado. Hablaba de cazar y contemplar en la tarde a su esposa haciendo punto de cruz.
Hay hombres así.
Por eso no tardó en sacar a colación, por el contraste que ofrecía, a un occidental que había conocido el año anterior. Se refería a él como el holandés. Supongo que era por su condición errática. Estuvo con el chino unos meses. En ese tiempo, le contó, había ejercido de camarero, portero, recepcionista, relaciones públicas, recibiendo clientes en el aeropuerto y consiguiendo putas y coca para turistas.
Bebía hasta la madrugada un vodka insufrible al que él se refería como el brebaje de Obélix mientras hacía bailar sobre sus dedos con destreza una vieja estilográfica. “Ja, creo que nunca lo vi sin ella.”
Durante sus charlas, le contó que había recorrido de puta a puta el mundo dos veces y desempeñado medio centenar de oficios. Nunca dijo nada acerca de que fuera escritor. Tampoco Fritz llegó a sospechar tal cosa.
A veces, en el curso de una conversación, caía en un mutismo que podía durar minutos y durante los cuales, a menudo mascullaba palabras en español (o al menos, como tal las reconoció Fritz) que bien podían ser una canción.
Tal vez fueran canciones, Ja”.
Decía detestar el cine, sin embargo una noche le habló durante horas y con pasión de Como un torrente, aunque el alemán no la conocía, a su vuelta, se aprestó a verla. “Gran película, Ja, sin duda, supongo que algo con él tendría que ver. El protagonista es escritor.”
Fritz me contó, que la última noche que estuvo con él, subieron a su habitación, estaba en un estado de excitación que no me supo decir si era por algo bueno o la cercanía de alguna amenaza (sabía que andaba a la greña con las mafias chinas que controlaban la prostitución y el narcotráfico)
Mientras escuchábamos a Louis Armstrong, apuraba copas con mayor celeridad de lo acostumbrado y su charla se desviaba por meandros imprevistos también con más frecuencia de lo habitual. Fritz también debió beber demasiado (en su estado era una temeridad tomar alcohol, pero no hacerlo hubiera sido una descortesía, “Ja”), el caso es que se tumbó en su cama y ya sólo recuerda la voz del trompetista desagarrando el cortinaje bochornoso de la noche.
Se despertó en la amanecida, sensiblemente desubicado. Solo. Cuando se disponía a salir del cuarto, reparó que en la puerta había un texto. Ignoraba si ya estaba allí la noche anterior, pero, por alguna razón, le intrigó, por alguna razón que no acertó a explicarme, pensó que podía estar relacionado con una ausencia que se la antojaba (de modo harto misterioso) definitiva.
No era probable que el destino volviera a cruzar su camino con el de su misterioso amigo.
Encontrarse en un dormitorio ajeno le causaba cierto embarazo pero se resolvió a transcribir aquellas grafías antes de marcharse (en unas horas salía su vuelo)

Cuando encontró quien le tradujera el texto, su decepción fue mayúscula. Lo conservó como un recuerdo de aquellos pocos días, de aquellas noches sofocantes y aliñadas de alcohol en que la charla ora jovial, ora sombría de su amigo, tanto amenizaban.
Siempre anécdotas divertidas, Ja”
Sacó de una cartera apretada de papeles, un par de folios que amarilleaban ya, y me los ofreció con su característico temblor de manos. Su mirada perruna eludió mi agradecimiento.
No es nada, Ja.”
Me pidió que lo conservara. Me sentí su albacea.
Acaso lo era.

Nunca me dijo su nombre, pero un par de veces, aquel tipo australiano le llamó Mr. Jones.”


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Otra estación gris de olor acre y andenes vacíos.

De uno de los autobuses, ataúdes dispuestos en petaca, baja una joven con una maleta. Una samsonite azul pálido a la que falta una rueda. La juventud en los pechos, el talle, los muslos.
Los ojos abrumados por el humo de la fatiga, un asco o un desengaño: ese que se articula en adversativa.
Toda la mañana contenida en un mechón sobre su frente.
Y esa tristeza, tétrica como un desahucio, amarga como el abandono.

De modo que bajó del autobús. La joven de la maleta bajó del autobús y nadie reparó en ella. Pronto se dispersan los escasos viajeros que compartieron por unas horas su destino. Su lugar de destino, quiero decir.
Con algo un de Shirley McLaine en el verde humillado de los ojos, en el relumbre rojizo del cabello.
Con algo de Constance Towers en un caminar alto y emputecido sobre tacones.
Era aún muy de mañana (había empeñado el reloj en el último pueblo para pagarse el pasaje)
Sacó de la maleta una arrugada rebeca gris que una vez fuera azul, equivocó un hojal.
El andén pronto quedó vacío. Lo mide: 234 pasos y 56 colillas. Y una vez más: 57 colillas, 232 pasos.
El aire traía olores a café, manidas melodías FM, tintineo de tazas y soplidos vaporosos de una cafetera hacendosa. De los altavoces salió una bruma metálica que no alcanzó a entender.
Pasados unos minutos, se dirigió a la fonda. Bastaría con las monedas que le quedaban. No habría para cigarrillos.
Estos lugares tienen siempre un aspecto aterido. Al ajetreo del momento sigue la desolación de la espera de una nueva remesa de pasajeros. Un joven legañoso colocó una taza sobre el plato. Pide otro azucarillo.
Desde el otro extremo de la barra, un tipo. Ni feo ni guapo. Otro tipo más, mirándola. Gordo y entreparado junto a la curva de estaño del mostrador.
Con esa mirada.
Dos churros, fríos. Un chaleco reflectante. Los ojillos pequeños y húmedos sobre sus pechos, como un légamo hediondo.
-¿Tienes un pitillo?
En la boca sorprendida le asomó un repentino: -Claro.- Como una lengua ávida y triunfante.
El labio alzado, para mostrar el deseo.

-¿Me das fuego?

-.........................

Siempre con esa mirada.
No, no le llegaba con las monedas que había en su mano. Pero tampoco tenía prisa. Se sentó y cogió el periódico. La vaharada de tinta fresca. Prensa local. Sacó el móvil. Sabía que no tenía saldo pero le agradaba mirar el fondo de pantalla. Quizá hubiera un teléfono público.

Las moscas remueven disturbios de café y orines.

-¿Hay algún teléfono en la estación?
-A la salida-. Y el chico legañoso siguió colocando cucharillas junto a azucarillos. Azucarillos junto a cucharillas.

Llama a casa. Un tono, dos, tres, cuatro. Cuelga antes de que salte el contestador. Las monedas caen como un vómito de la máquina.

El tipo sale a fumar.
Repara ahora en que sigue con el cigarrillo entre los dedos revestido de cierta hostilidad. Repara ahora en el cartel informativo. La prohibición, revestida de cierta sorna.
El reloj carece de minutero. Segundos y horas. Impresión de tiempo detenido que desmienten los rayos de sol que reverberan en el negro de las sillas. Toma con resignación el asa de la maleta minusválida: se desliza sin resistencia sobre las vías.
De repente del cristal se desprende un resol y un ámbito amorfo y cambiante desdibuja formas y contornos que acaban por componer el fondo de pantalla del móvil.

Por un momento deja de ver al tipo que fuma al otro lado de la luna, los andenes, los vehículos dispuestos en petaca. Y sólo ve esa imagen que lleva de fondo de pantalla.
Envuelve el cigarrillo en una servilleta y lo guarda cuidadosamente en el bolsillo de la rebeca que parece ahora más azul que gris. De momento no lo necesita. Ya ha fumado demasiados cigarrillos con tipos así y puede que sólo sea que no han oído la llamada, que han salido. Volverá a intentarlo en unos minutos. Aunque no haya minutero. Por el altavoz se anuncia una nueva llegada y las insulsas melodías FM se transfiguran en el Nothing else matters.
Nuevos pasajeros que devolverán el bullicio a la desangelada fonda.
Se mirá en el cristal deslucido de dactilares del teléfono, en los espacios que dejan las pegatinas de números de interés. De nuevo los ojos de Shirley McLaine.
Ya no se ven los tacones.
Introduce las monedas. Marca las nueve cifras.

Un tono, dos tonos....
El tipo entra.















































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