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lunes, 11 de enero de 2016

Esto no es otra crítica sobre "Star Wars"




Nunca vi La guerra de las galaxias durante mi infancia. Yo, como Daniel Marín, era más de Rambo, Conan, producciones de la Cannon, con Chuck Norris y Charles Bronson apretando clavijas, o El guerrero americano II , o Comando. En torno a los once años vi El retorno del Jedi, fuera de contexto y en una copia infame de VHS. 
Por todo ello, supongo que, haber ido hoy con mi hija de siete años a ver El despertar de la fuerza,  ha sido un resarcimiento en diferido.
Es claro que nunca se disfruta el cine como de niño, igual que nunca volveremos a revivir el fuego de la adolescencia ante los clásicos. La primera es una etapa, digamos, pre-crítica, donde domina el asombro, la fascinación, emociones que perduran y más tarde, pueden y deben, recuperarse. No está mal condescender de vez en cuando con la nostalgia. Por eso, no oculto mi envidia hacia los que habéis esperado esta nueva entrega de la serie con impaciencia. Incluso yo, que nunca vi La guerra de las galaxias durante mi infancia, no pude evitar un escalofrío ante las primeras imágenes del tráiler de El despertar de la fuerza, acompañadas por las notas eternas de John Williams.
Como digo, nunca vi La guerra de las galaxias durante mi infancia. Yo era más de Paul Naschy, giallos misóginos y la moral severa del slasher ochentero, mayormente por influencia materna. En otro tiempo, asidua a las sesiones dobles, y que pasaba las tardes (ahora lo sé) recordando, contándome retazos de argumentos para regresar a la joven que fue en el patio de butacas (ahora lo sé), preservar su memoria de la polilla del tiempo, recuperar aquellos secretos estremecimientos por delegación. Me ilustraba, con lujo de detalles, secuencias de El exorcista, El Anticristo, o cualquiera de las películas donde Naschy sufría el mal de luna y debía ser encadenado; la colecta de los cristales rotos de su memoria, imágenes que dejaron la impronta de un deseo feroz, incomprensible para ella (para todos), sin ahorrar en matices escabrosos, suculentos efectismos con los que, luego, yo construía minuciosas pesadillas a todo color. No dudo que con los maestros de hoy día, aquellos dibujos me hubieran costado alguna visita al psicólogo.
Nunca vi La guerra de las galaxias durante mi infancia. Como Carlos Díaz Lavado, fui siempre más de Clint Eastwood escalando el Eiger o pilotando el Firefox o llenando de plomo a “Little” Bill, alegrándose el día a costa de los malos. Como Carlos, digo, fui siempre más de Terminator y Salem’s Lot, miniserie que nos hizo pasar el verano más largo y cálido de nuestras vidas, arropados hasta los ojos, vigilantes de las ventanas, no fuera a ser que asomara algún vampiro.
Nunca vi La guerra de las galaxias durante mi infancia. Pero la pasada semana vi Sesión continua, y admito que cada vez estoy más con Garci y su visión sentimental del cine (esa sobre la que babeaba hace unos pocos años), cada vez siento más le necesidad de volver a esa mirada prístina de la infancia o de la adolescencia, libre de juicios, llena de expectación, pronta al ensueño, el paraíso perdido de la inocencia. Qué razón tenía Marsillach, no hemos vivido, nos hemos pasado la vida sitiéndonos Ethan, Scottie, Eddie Felson, Johan, Alexander. 
Por eso, recuperar el tiempo perdido se parece cada vez más a dialogar con ellos, encontrarlos perdidos y solos en el umbral, en lo alto de un campanario, en una sala de billares que empieza a vaciarse, bajo el peso del miedo, la traición, la falta de fe, la edad, el desamor, rezando a un dios sordo.  
Hoy, en cierto modo, he saldado cuentas con mi pasado, sí, y lo he hecho a través de mi hija.
Ya sé que no está bien proyectarnos demasiado en los vástagos, pero la tentación de asistir a segundas oportunidades es grande. Durante la proyección de El despertar de la fuerza he asistido al brillo inmarcesible de la emoción en su mirada, esa mirada irrecuperable para mí, añorada, envidiada, una mirada párvula, cargada de emoción que comunicaba con un rostro en continua mutación, catalizador de emociones siempre nuevas, vehículo de una alegría inextinguible. Una mirada interrogativa, perpleja, aún incapaz de asimilar las contradicciones inherentes al ser humano, pero que empieza a atisbar, adivinar la vida como conflicto perpetuo, donde toda andadura está llena de obstáculos, donde a veces los padres fallan a sus hijos, donde el odio de los hijos hacia sus progenitores puede ser tendencia.
Sinceramente, no atendí demasiado a la pantalla. Sí puedo decir que el filme de J.J. Abrahams mejora sustancialmente la segunda trilogía de George Lucas, aburrida, lastrada por una solemnidad grotesca, visualmente mediocre.
Salvo la notable y certera crítica de Boyero, referente inexcusable para todos los que nos atrevemos a formular tímidos análisis, tampoco he leído mucho más sobre el filme, aunque se me alcanza que hay opiniones dispares.
La verdad, no creo que sea una obra que demande excesiva reflexión. Es un filme para ser vivido…si se puede. Si no, lo mejor es dejarlo pasar.  
Sinceramente, no atendí demasiado a la pantalla, tenía ante mí, en ocasiones, recostada sobre mi brazo, mi rostro amado donde contemplo el mundo, una mirada en construcción, una mirada prendida de la maravilla que la pantalla le ofrecía, y eso me bastó para sentir gratitud hacia el filme de Abrahams.  
Espero que la tarde de ayer se imprimiera en su memoria. Espero que la tarde de ayer suponga un nuevo puntal en una cinefilia que presumo incipiente. Espero que algún día pueda contemplar la maravilla en el rostro de un niño, como yo la contemplé un 10 de enero de 2016 en el suyo.

Nunca vi La guerra de las galaxias durante mi infancia, aunque en cierto modo, ya la haya visto.






domingo, 26 de agosto de 2012

UN FRÍO REPENTINO DE FINAL DE AGOSTO


                                                                                                                         A Justine y Curtis.

No soy nada
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en todos los sueños del mundo.
PESSOA




Ya se va acabando el verano, otro más, y el frío repentino de final de agosto, la antesala de la estación madura nos sorprende en los pliegues del vivir, echando un pitillo en la terraza, y uno se va poniendo un poco triste pensando en lo rápido que pasa el tiempo que todo destruye, y abre de nuevo sus libros de poesía favoritos (uno nunca debería cerrarlos), y soplamos el polvo al vinilo de Billie Holiday, Blue Billie, Tangled Up in Blue, Billie, y su voz suena como a la de una amiga a la que podemos contarle estas cosas sin aburrir, su voz suena a cristales desprendidos por un repentino frío de final de agosto, y me aferro a Las personas del verbo como si en ello me fuera la vida (y me va, Mr. Jones, me va), y pienso en ponerme a escribir esa novela que por fuerza habrá de titularse Como dicen que mueren los que han amado mucho, pero pasa otro agosto con su frío repentino y su fin inmediato, y el blanco nos aterra como a un Ahab de secano.
Y a su caza seguimos, como un Ahab enloquecido y soberbio.

Será que a un Marco Antonio el mes de Augusto no le es, no le puede ser, propicio. Agosto es mi Actio, mi monótona derrota en Actio, año tras año rediviva (qué bella palabra de ecos azorinianos). 
Sin Cleopatra ni Gloria. Sin llegar, ni ver y derrotado antes de tiempo, a solas con la edad.
but it´s alright, Ma, it´s life, and life only.




Y en los muslos impactados por el sol de Monica Vitti hallo un ligero solaz, se despierta el deseo en su perfil un poco vulgar y desgreñado de recién levantada y tosiendo el primer cigarrillo del día, y me encuentro al final de mí mismo, como cantaba el Sabina de los ochenta, en la eterna búsqueda de lo eterno femenino, fatigando la geografía salvaje, inmemorial y perdida de una isla de lava azotada por el temporal. 





Y ahora Billie arranca penachos de su alma en Strange Fruit.

Pero el noveno mes amenaza con ecos de trompetas y sellos que desatan maldiciones y convocan pesadillas, once años después de aquel once de septiembre en el fui arrancado de la matriz tibia de una ninfa pubescente hacia el horror de lo Real. Mientras preparaba exámenes, como ahora.
El tiempo al menos no pasa para los malos estudiantes. Septiembre siempre me espera con su prisa y un mohín displicente tensándole el labio.

Pero pasa.

Y quizá Ridley Scott tenga razón y no seamos más que la decepción de algún dios triste y olvidado que vio como su mayor temor, crearnos a su imagen y semejanza, se cumplía (Sometimes I hate you so much, Ridley), pero mientras llega el feliz momento de enmendar el error, distrae la espera viéndonos sucumbir al tiempo con la frente cada vez más despejada, ateridos por ese primer frío de final de agosto, agobiados de culpa en la madrugada rota.
Escribiendo, cuando lo que debiéramos hacer es preparar exámenes para inflar un currículo que de nada nos va a servir, porque la Tierra es tan malvada como quien la creó, y esperanza no es más que un conjunto de bellos sonidos.
Alguna vez, una hermosa mujer. Nada más, y nada menos.

Este será mi último agosto en esta casa donde se ha lacerado mi año breve, en la que de ha ido una década con un suspiro, en un te quiero, en muchas blasfemias, dónde nos ha llegado el primer vinagre de la otoñada. Dónde ha florecido la vida.

Diana. Artemisa. Mi diosa, rostro amado donde contemplo el mundo.

En esta casa he leído a Nabokov, Proust, Jaime Gil, Onetti, el eterno Cervantes, el intempestivo Faulkner, mi amado Conrad y, last but not least, Shakespeare. Los sonetos, Lear.

Lear y Cordelia. Y esa es mi única victoria contra el tiempo, haberle arrancado algunas páginas memorables.

No sé por qué, en estos días postrimeros no estoy para la filosofía. No sé por qué en estas noches desgreñadas por un mal viento, sólo en la literatura hallo consuelo y las seducciones de la razón se me antojan demasiado caras, falsos requiebros de urgencia y esquina, que no alivian y dejan un escozor por única respuesta. Y los bolsillos vacíos.

Y comienzo a trabajar en el refugio, una simple y vana afirmación contra el fin que surge del terror al que entrego la voluntad, la esperanza, todo, sintiendo que toda mí vida fluye, escapa sin remedio a una plutónica, ciega, inexorable sima devoradora, saturada de miembros aún por masticar entre una espuma ciega, ávida, caliente como una torrentera sanguina hacia el fin del tiempo o tiempo del final, tanto da cuando uno se debate entre las muelas del titán.

Y comienzo a trabajar en el refugio amorosamente, aunque sé que el amor no puede dudar, ¿o era durar?, oh innoble servidumbre de amar seres humanos, todavía buscando ese amanecer que asomado a la ventana, allegue una brisa fresca y rosácea entre tus sábanas llena de rumores, y agriete los muros de la intemperie y acalle los gritos del terror, tapando el olor a asbestos y vomitonas de mi celda interior, y nos envuelva con su tul cálido y vivo, y nos eleve en el vértice de luz sobre el ángulo ciego, y sean las palabras, las caricias y besos los que nos hagan dudar de la proximidad del fin...y la más innoble/ que es amarse a mismo!
Pero dijimos que un refugio así, no podía durar ¿o era dudar?
De nuevo el lenguaje nos traiciona, y si él se pasa al enemigo, estaremos perdidos Mr. Jones.




Y comienzo a trabajar en el refugio con la tía rompe-aceros cuando el viento de agosto azota ya la alameda, y tapamos sus huecos con la argamasa de nuestras páginas favoritas, Lord Jim, Moby Dick, Luz de agosto, La educación sentimental, y a la tía rompe-aceros le arrancan lágrimas las páginas que desgarramos bajo el cielo surcado de relámpagos, no de rabia, no de miedo, son lágrimas de alegría y secreto gozo compartido, en la certeza de que arderemos con ellas, junto a ellas, entre ellas, que formaremos al fin parte de todas, celulosa, tinta y carne en una pulpa indistinta, crepitante y común, consumida en el brillo de la radiación.
Luz de la consunción, felicidad en la consumación.

Adiós agosto de 2012, bésame, porque no volveremos a vernos.







Bañado en un oscuro humor sanguino,
volvió a gritar: ¿Por qué me estás rompiendo?
¿No hay piedad en tu espíritu mezquino?
Hombres fuimos y leña estamos siendo.
                                                 DANTE

domingo, 26 de febrero de 2012

LA PUERTA DEL CIELO.

I´ve been walking through the middle of nowhere
Trying to get to heaven before they close the door.
BOB DYLAN



Cuidado -me dijeron una noche lejana y sin remedio-, que el vodka no te haga decir lo que no dirías lejos de su magisterio.

Pero cuando la melancolía viene, viene por lo que más quieres, y hay una película que como ninguna otra me asalta en los momentos de duda, cuando el anhelo se disuelve en el agua turbia de la tarde; cuando el deseo duele más de lo acostumbrado y decir, “te quiero”, es un mal menor, siempre una mentira piadosa que funciona si el embuste es compartido (es decir, sino falta un espejo en que mirarse). 


La puerta del cielo (Heaven´s Gate, 1980; Michael Cimino) 

Con ella murió lo que más habíamos amado, y si seguimos en la brecha apostando en cada mano, apostando por nuestra derrota, pidiendo un crédito con la muerte por aval, no es más que (como Don Quijote según Voltaire) por ejercitarnos.

Amor y cine. Mentira y deseo. O viceversa.



La puerta del cielo. Ciertamente, lo es, aunque nos quede fuera, aguardando, como aquel otro, ante las puertas de la justicia por toda una vida.

¿Qué pudo haber más hermoso que envidar con un farol al destino de dividendos que iba a ser el cine amasado por George Lucas? 

Apuesta contra la banca y perderás. Pero chico, habrá merecido la pena. O algo así debió pensar Cimino cuando, en la cresta de eso que llaman éxito, se jugó el todo por el todo en una historia definitiva, final, donde el Génesis se marida con el Apocalipsis en una apoteosis de las postrimerías. 

Y puso al gran relato, al relato fundacional, a ese relato del que la apostató la posmodernidad, a llamar a las puertas del cielo. A bailar el Danubio azul con el diablo. Y sin vender el alma.

Así Michael, no podías ganar.

Luego, lo de siempre, los dioses humillados por el desacato, enviaron la rapaz para que, por una eternidad (una ya es suficiente), clavara su pico en las entrañas de Michael. O en la memoria que de él guardamos.

Admiro rabiosamente a otros. Los hay que me fascinan, siéndome ajenos. Pero Cimino me es incómodamente íntimo; me descubre en cada fotograma. Me reconozco en todos sus personajes. Y eso ya desde Un botín de 500.000 dólares (Thunderbolt and Lightfoot, 1974) Su estética y su ética son la mía. Podemos descubrir vestigios de Ford, de Lean, de Ray, de Minnelli, de Coppola. Todos tienen parte de culpa. 

Yo veo (o quiero ver) a Truffaut inspirando ciertos momentos (un silencio, un arrebato lírico, una gélida mirada de desespero)

Pero Cimino es otra cosa. Claro, -me dirás- es Cimino.

Y La puerta del cielo. Aún vendrían Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984; Sergio Leone), incluso, Sin perdón (The Unforgiven, 1992; Clint Eastwood), cierto, pero el gran relato ya caminaba en la agonía (ya escarbaba en la tierra buscando pasos, evocando una bella imagen de Miguel Ángel Asturias).

Tantas veces hemos soñamos en cada estría de la historia una vida entera que se asoma a la ventana. Un amor, un hijo quizá, otro abandono, el mismo. Una amistad madurada al socaire del ideal que acuna la edad temprana a la que justicia aún se le antoja posible; nuestra aportación a su logro, efectiva. Tantos proyectos para cambiar el mundo...Un mundo que se ofrecía como pura posibilidad (y estamos en el mejor de los mundos posibles, Cándido)



Pero el ideal declina con los años y se prostituye enredado en los intereses de clase. Queda el escepticismo a que el mundo aboca al hombre maduro; el cinismo con el que condesciende traspasado de desencanto las más de las veces conservado en alcohol. Y el ideal obliga menos de lo que parecía hacerlo sobre el andamiaje de libros de leyes y tratados de ética, cuando las citas de Locke, de Stuart-Mill, de Benthan, de Emerson o Thoreau se apretaban en la charla sobre la penúltima jarra.

Y el ideal se pierde o no importa, arrinconado contra los sueños que ya no duelen, a despecho de las mujeres que olvidamos, envasado en las bolsas bajo los ojos cada mañana.

Y la huida al oeste se antoja precisa, con el desencanto oscuro bajo el ala del sombrero, a rescatar aquellos ideales postergados; a mantener el equilibrio en la cuerda floja y sin red sobre la línea del horizonte. Comprobar si el imperativo de lo real transige con la idea: si estamos de hecho en el mejor de los mundos posibles.

Y Ella, el amor redivivo que nos evoca a aquella otra que observaba la celebración desde la ventana en una noche lejana y festiva en Harvard; aquella otra con la que deshojamos la noche junio con besos lentos y aromados. Siempre la misma, bajo otro rostro y otro nombre, sea virgen o puta (la dualidad que embosca el Evangelio): lo eterno femenino.
Y otra amistad fraguada bajo distintas reglas.
Y siempre, el desencanto. El de antes, el de después. Lo demás es soledad y silencio a la deriva sobre un mar muerto.

La tierra de las oportunidades devine en tierra removida para albergar los cuerpos de los hombres y mujeres que desde la vieja Europa buscaban una vida algo mejor. Pocas veces una batalla épica ha sido fue tan desprovista de... épica. Cimino trasmite en sus escenas de acción, una violencia, un desasosiego que impide al espectador disfrutar plácidamente del espectáculo pasado el impacto de la primera visión (como ocurre de sólito con Peckinpah, Scorsese, dePalma o Spielberg). Siempre incomoda, siempre nos hiere con la revelación de que tras el impacto, la carne sufre, se manifiesta el dolor de un semejante: El horror no debe ser protagonista; nunca un primer plano

Es sabido que la película fue destrozada en el montaje como ninguna otra lo fuera antes, desde El Cuarto Mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942; Orson Welles), a la que extirparon el último tercio del metraje (quedó en 80 minutos magistrales, sublimes, que se citan con lo mejor jamás filmado).

Personajes fundamentales quedaron reducidos a figurantes. Relaciones cruciales, se adivinan tan sólo. La puerta del cielo es un film que intuimos apenas, exige a nuestra imaginación restañar las heridas que los criminales montadores abrieron a la historia del cine.

Pero su belleza, aunque sea un recuerdo impostado, un "te quiero" piadoso, es inmortal.

Estamos ante el último intento de redimir los crímenes de la Historia a través de un relato. La función primigenia de los cantares de gesta (más allá de la propagandística o meramente lúdica), fue la de memorando, impedir el olvido de los jóvenes caídos. ¿Qué otra cosa es La Ilíada?

Si este fuera el mejor de los mundos posibles, Pangloss, la épica hubiera estado de más (¿justifica la belleza el dolor?) y ni Homero, Dante, Shakespeare o Dostoievski habrían escrito. 
No habrían tenido de qué.

Y así volvemos a aquel reproche de la alta madrugada: Qué el vodka no te haga decir...: 

Pero decimos y diremos que La puerta del cielo es la última obra maestra del cine americano (in vino veritas)



LA PUERTA DEL CIELO.

I´ve been walking through the middle of nowhere
Trying to get to heaven before they close the door.
BOB DYLAN



Cuidado -me dijeron una noche lejana y sin remedio-, que el vodka no te haga decir lo que no dirías lejos de su magisterio.

Pero cuando la melancolía viene, viene por lo que más quieres, y hay una película que como ninguna otra me asalta en los momentos de duda, cuando el anhelo se disuelve en el agua turbia de la tarde; cuando el deseo duele más de lo acostumbrado y decir, “te quiero”, es un mal menor, siempre una mentira piadosa que funciona si el embuste es compartido (es decir, sino falta un espejo en que mirarse). 


La puerta del cielo (Heaven´s Gate, 1980; Michael Cimino) 

Con ella murió lo que más habíamos amado, y si seguimos en la brecha apostando en cada mano, apostando por nuestra derrota, pidiendo un crédito con la muerte por aval, no es más que (como Don Quijote según Voltaire) por ejercitarnos.

Amor y cine. Mentira y deseo. O viceversa.



La puerta del cielo. Ciertamente, lo es, aunque nos quede fuera, aguardando, como aquel otro, ante las puertas de la justicia por toda una vida.

¿Qué pudo haber más hermoso que envidar con un farol al destino de dividendos que iba a ser el cine amasado por George Lucas? 

Apuesta contra la banca y perderás. Pero chico, habrá merecido la pena. O algo así debió pensar Cimino cuando, en la cresta de eso que llaman éxito, se jugó el todo por el todo en una historia definitiva, final, donde el Génesis se marida con el Apocalipsis en una apoteosis de las postrimerías. 

Y puso al gran relato, al relato fundacional, a ese relato del que la apostató la posmodernidad, a llamar a las puertas del cielo. A bailar el Danubio azul con el diablo. Y sin vender el alma.

Así Michael, no podías ganar.

Luego, lo de siempre, los dioses humillados por el desacato, enviaron la rapaz para que, por una eternidad (una ya es suficiente), clavara su pico en las entrañas de Michael. O en la memoria que de él guardamos.

Admiro rabiosamente a otros. Los hay que me fascinan, siéndome ajenos. Pero Cimino me es incómodamente íntimo; me descubre en cada fotograma. Me reconozco en todos sus personajes. Y eso ya desde Un botín de 500.000 dólares (Thunderbolt and Lightfoot, 1974) Su estética y su ética son la mía. Podemos descubrir vestigios de Ford, de Lean, de Ray, de Minnelli, de Coppola. Todos tienen parte de culpa. 

Yo veo (o quiero ver) a Truffaut inspirando ciertos momentos (un silencio, un arrebato lírico, una gélida mirada de desespero)

Pero Cimino es otra cosa. Claro, -me dirás- es Cimino.

Y La puerta del cielo. Aún vendrían Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984; Sergio Leone), incluso, Sin perdón (The Unforgiven, 1992; Clint Eastwood), cierto, pero el gran relato ya caminaba en la agonía (ya escarbaba en la tierra buscando pasos, evocando una bella imagen de Miguel Ángel Asturias).

Tantas veces hemos soñamos en cada estría de la historia una vida entera que se asoma a la ventana. Un amor, un hijo quizá, otro abandono, el mismo. Una amistad madurada al socaire del ideal que acuna la edad temprana a la que justicia aún se le antoja posible; nuestra aportación a su logro, efectiva. Tantos proyectos para cambiar el mundo...Un mundo que se ofrecía como pura posibilidad (y estamos en el mejor de los mundos posibles, Cándido)



Pero el ideal declina con los años y se prostituye enredado en los intereses de clase. Queda el escepticismo a que el mundo aboca al hombre maduro; el cinismo con el que condesciende traspasado de desencanto las más de las veces conservado en alcohol. Y el ideal obliga menos de lo que parecía hacerlo sobre el andamiaje de libros de leyes y tratados de ética, cuando las citas de Locke, de Stuart-Mill, de Benthan, de Emerson o Thoreau se apretaban en la charla sobre la penúltima jarra.

Y el ideal se pierde o no importa, arrinconado contra los sueños que ya no duelen, a despecho de las mujeres que olvidamos, envasado en las bolsas bajo los ojos cada mañana.

Y la huida al oeste se antoja precisa, con el desencanto oscuro bajo el ala del sombrero, a rescatar aquellos ideales postergados; a mantener el equilibrio en la cuerda floja y sin red sobre la línea del horizonte. Comprobar si el imperativo de lo real transige con la idea: si estamos de hecho en el mejor de los mundos posibles.

Y Ella, el amor redivivo que nos evoca a aquella otra que observaba la celebración desde la ventana en una noche lejana y festiva en Harvard; aquella otra con la que deshojamos la noche junio con besos lentos y aromados. Siempre la misma, bajo otro rostro y otro nombre, sea virgen o puta (la dualidad que embosca el Evangelio): lo eterno femenino.
Y otra amistad fraguada bajo distintas reglas.
Y siempre, el desencanto. El de antes, el de después. Lo demás es soledad y silencio a la deriva sobre un mar muerto.

La tierra de las oportunidades devine en tierra removida para albergar los cuerpos de los hombres y mujeres que desde la vieja Europa buscaban una vida algo mejor. Pocas veces una batalla épica ha sido fue tan desprovista de... épica. Cimino trasmite en sus escenas de acción, una violencia, un desasosiego que impide al espectador disfrutar plácidamente del espectáculo pasado el impacto de la primera visión (como ocurre de sólito con Peckinpah, Scorsese, dePalma o Spielberg). Siempre incomoda, siempre nos hiere con la revelación de que tras el impacto, la carne sufre, se manifiesta el dolor de un semejante: El horror no debe ser protagonista; nunca un primer plano

Es sabido que la película fue destrozada en el montaje como ninguna otra lo fuera antes, desde El Cuarto Mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942; Orson Welles), a la que extirparon el último tercio del metraje (quedó en 80 minutos magistrales, sublimes, que se citan con lo mejor jamás filmado).

Personajes fundamentales quedaron reducidos a figurantes. Relaciones cruciales, se adivinan tan sólo. La puerta del cielo es un film que intuimos apenas, exige a nuestra imaginación restañar las heridas que los criminales montadores abrieron a la historia del cine.

Pero su belleza, aunque sea un recuerdo impostado, un "te quiero" piadoso, es inmortal.

Estamos ante el último intento de redimir los crímenes de la Historia a través de un relato. La función primigenia de los cantares de gesta (más allá de la propagandística o meramente lúdica), fue la de memorando, impedir el olvido de los jóvenes caídos. ¿Qué otra cosa es La Ilíada?

Si este fuera el mejor de los mundos posibles, Pangloss, la épica hubiera estado de más (¿justifica la belleza el dolor?) y ni Homero, Dante, Shakespeare o Dostoievski habrían escrito. 
No habrían tenido de qué.

Y así volvemos a aquel reproche de la alta madrugada: Qué el vodka no te haga decir...: 

Pero decimos y diremos que La puerta del cielo es la última obra maestra del cine americano (in vino veritas)



Manhattan Sur: http://cinedivergente.com/ensayos/estudios/manhattan-sur