viernes, 22 de julio de 2011

A VUELTAS CON LA VENGANZA.

“Yo no hablo de venganzas ni de perdones,
el olvido es la mayor venganza y el mayor perdón.”
BORGES.






El deseo de venganza se encuentra enraizado en la naturaleza humana y responde a la lógica retributiva que aspira a obtener una satisfacción o enmienda en la duplicación del crimen, corregir un presunto desequilibrio universal corolario del agravio recibido para satisfacer cierto un sentido de la justicia, suturar las heridas traspasadas de odio con jirones de la carne del verdugo, al costo del envilecimiento de la víctima a unimismarse con el victimario  y repetir su crimen en los espejos del rencor.
La ilusión de causalidad hace posible la anhelada catarsis una vez consumada la venganza, pero cuando los hechos se sustraen a su orden serial, la venganza no es más que otro crimen alevoso. Impugnación de la venganza desde la epistemología empirista. Sin embargo, el hombre no puede sustraerse a la sentencia del tiempo.
Dios tuvo que marcar a Caín para que nadie tomara venganza en nombre del hermano asesinado. Solo a un dios, habitante de la eternidad y por ello, fuera del tiempo y de la causalidad, le era posible no reclamar ojo por ojo y solo su hijo podría predicar el perdón de las ofensas y el ofrecimiento de la otra mejilla; como semidios condesciende fácil con las debilidades humanas que no pueden tocarle, que no pueden ofenderle.
El primer crimen comprometió fatalmente el porvenir. Ricoeur domicilia el mal en el carácter mortal del hombre: una sola vida no basta para olvidar (“Quiero vivir dos veces/ para poder olvidarte.”) Por eso Nietzsche cifra el super-hombre en aquel que no tiene culpas que expiar ni cuentas que saldar; el niño que carece de pasado o el adulto que aprendió el noble oficio de olvidar.
Irreversible invertía la jerarquía causal de los hechos y arrumbaba su ilusión de necesidad lógica derogando por obra y arte del montaje la segunda ley de la termodinámica. No había posibilidad de catarsis, tan sólo dos crímenes que apuñalaban la mirada del espectador, y al final, cuando el segundo movimiento de la Séptima nos elevaba apenas sobre el erial de tanta carne torturada, persistía un poso de tristeza como un cuajo sanguinolento en el cielo de la boca.

Kill Bill muestra un mundo anterior a los hombres y sus leyes, un mundo de titanes que viven en la anomia, enredados en una épica salvaje y grandiosa para los que la venganza no manifiesta un rencor, no responde a  idea alguna de la justicia; es tan sólo la expresión de un carácter, un modo de ser y estar, de afirmarse. Y está todo dicho, porque no hay análisis que pueda arañar su pureza ni pormenor explicativo que no se despeñe por el cantil de la inanidad.
Truffaut dijo de Fuller que era primario, no primitivo; a buen seguro que hubiera afirmado lo mismo de Tarantino. La explosión de euforia que sentimos al término del Volumen 2, no la debemos a la hermosa muerte de Bill (muere como el super-hombre, sin resentimiento ni pesar, con la emoción nublando la mirada y el corazón explosionando por tanta vida vivida), sino al tiro de puro cine que nos infarta la mirada tras varias horas, sobrecogidos por la gratitud ante tanta belleza derrochada a manos llenas, la celebración de tantas cosas que  nos hacen repetir una y otra vez con Roy: Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…
Sympathy for Mister Vengance ilustra aquello de “ojo por ojo y todos ciegos”. La venganza se antoja un gesto inútil, desprovisto de significado alguno e incapaz de dispensar el menor atisbo de placer, la manifestación errática de una forma de tristeza sostenida en la cresta del dolor. Park urde un guión tan inverosímil como fascinante que bascula entre la hilaridad y el desgarro con pasmosa habilidad. La desesperación, aunque el tono sea otro, ligero y amable, conduce a los personajes a adoptar medidas desesperadas; el azar obra el resto. El momento de la visita de la niña ahogada  a su padre es de lo mejor que he visto en el presente milenio.
Old Boy ofrece un fuego cruzado de venganzas recíprocas de las que nadie sale indemne, y una jugosa reflexión, por más que nos creamos en el derecho de tomar satisfacción por el agravio recibido, desconocemos el verdadero alcance de nuestras culpas. La sentencia taoísta “cuando inicies una venganza, cava dos tumbas” jamás recibió una formulación más devastadora. Park hace una obra maestra que en última instancia es un canto a la vida: “Aunque sólo soy un animal, ¿no tengo derecho a vivir?”
Sympathy for Lady Vengance, la más bella de la trilogía llegó cuando ya poco le restaba por decir al coreano. Carece de la intensidad de Old Boy y abunda en todas las felicidades del cine de Park: una destreza narrativa que transita por varios planos temporales sin abandonar la fluidez en el desarrollo de una trama tortuosa pero sin titubeos; una puesta en escena epatante apoyada en un montaje musical que alterna los cambios de ritmo con los cambios de tonos dramáticos en su transito por toda la gama del cromatismo emocional, desde la screwald comedy hasta el gore, con escala en el melodrama desaforado a lo Fassbinder. Dos pegas, cierto abuso de planos cenitales, bellos pero gratuitos,  y demasiada recurrencia a los típicos planos frontales tan caros a los orientales que delatan un humorismo soterrado.

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