sábado, 11 de marzo de 2023

LAS DESAPARICIONES, Hilario J. Rodríguez










Conocí el nombre de Hilario J. Rodríguez a mediados de los 90. Ya entonces sospechaba que bajo ese nombre trimembre prestigiado por la inicial, solo había una vasta literatura; y un designio que adiviné en el blanco del interlineado, perpetrar una anatomía de las imágenes. Desde entonces el nombre de Hilario J. Rodríguez se me impuso como una mitología nómada repartida por las ciudades en las que me hubiera gustado vivir una vida apócrifa; los textos que me hubiera gustado escribir en una vida probable. 


Las desapariciones. Newcastle Ediciones, 2022.


La mejor literatura de nuestro tiempo se hace desde los aledaños de lo que se llama «literatura». Desde el límite invaginado de los géneros. La mejor literatura de hoy se hace a partir de las imágenes, con(tra) las imágenes. La imagen es una escritura, como la palabra. Se trata de distintos tipos de inscripciones, de huellas, que configuran textos, que diseñan topologías textuales. Toda imagen es siempre un síntoma o la escena de un crimen, aunque, pese a Baudrillard, difícilmente podamos considerar a la realidad como su víctima. Una imagen es la huella de una presencia, esto es, una ausencia, una desaparición. El presente y la presencia son la ocultación que nos dan a pensar la sustracción de un origen que nunca gozó de una fenomenalidad presente. La imagen no re-presenta, pero reproduce, la imagen es el fantasma, phantasma [φάντασμα] (de phanein, brillar, aparecer, mostrarse, hacerse visible). Una imagen difiere siempre de sí misma. Las imágenes solo pueden ser rastreadas por un detective salvaje. Y, en efecto, HJR no describe imágenes, tampoco trata de desentrañar su sentido, HJR narra las imágenes, investiga las imágenes, va tras los vestigios que las imágenes son. Levanta acta del acoso de las imágenes. 


Las desparaciones se estructura en seis capítulos protagonizados cada a uno de ellos por Pasaventos entregados a empresas insensatas, sujetos para los que el texto del mundo involucra palabras e imágenes, y ellos mismos devienen ambas. Martial Bourdin, Henry Darger, Mirtha Dermisache, Abelardo Morell o Vincenzo Peruggia, pero también James Elroy, Mallarmé, Picasso o Leonardo se dan cita en confluencia con los recuerdos personales de HJR, la (bio)grafía de un nombre que un vez soñó que era un hombre. Las desapariciones nos presenta el relato plural de individuos oscuros o notables, Shandys y Bartlebys, terroristas, asesinos, detectives, neuróticos, polígrafos, poetas, ermitaños, ladrones. Todos artistas. Todos nombres. Nombres que al final se reúnen en un único nombre: HJR.


Para Hume no hay impresión del Yo, solo una colección de recuerdos, pobre sustrato para cimentar la identidad. Como Leonard en Memento, si cerramos los ojos debemos seguir confiando que el mundo sigue ahí fuera. Confiar en que el mundo no ha desaparecido. ¿Y qué es el mundo? Texto. Il n'y a pas de hors-texte. 


Las desapariciones también son fechas que conmemoran lo irrepetible repetible, el archivo que levanta acta de un presente escurridizo, la memoria de un nombre que se esfuerza por mantener unidos aquellos fragmentos que configuran una identidad huidiza en mitad de las ruinas del presente, aquello que Heidegger definió como "el pasado de un futuro", un presente entendido desde la presencia. El presente ya no es el origen de una forma absoluta de experiencia, sino ek-sistencia (ex-: hacia afuera) (sistere: estar posicionado); el producto, lo derivado, construido por medio de un retorno que toma su punto de partida en el horizonte del futuro. 


Las desapariciones es un texto para leer y releer, un texto habitable, la mirada transita de la imagen a la palabra, y de nuevo a la imagen; un texto que nos cita con la reflexión, ocasionalmente incluso con la emoción. Siempre, con el misterio y la admiración.


Las desapariciones también es un texto confesional, las confesiones de un h(n)ombre. Un n(h)ombre que como Ethan cree que recuperará a Martha si rescata a Debbie; que como Scottie está condenado a recrear una y otra vez la escena del crimen, a su fantasma; un Ulises Lima, un Arturo Belano asesinando a Cesaréa, como asesinamos todo anhelo una vez le damos alcance. 


Hay textos que nos interpelan, textos que se inoculan bajo nuestra piel y germinan en algún lugar solitario de nuestra conciencia, textos que envenenan nuestros sueños y nos imponen la penitencia de la escritura. Textos de los que uno ya no se recupera. Puede que Las desapariciones sea el texto más importante que nos ha elegido desde El mal de Montano. 


Y más allá del blanco fatal y sin remedio de la página final de Las desapariciones, asoman una melancolía y una esperanza. La primera reúne todo lo que perdimos, todo lo que se nos fue, todo lo que nos ha sido arrebatado o, por torpeza, no supimos conservar. La segunda anticipa la llegada de un nuevo texto de HJR, es decir, más melancolía, más reflexión, más imágenes, más belleza.

miércoles, 2 de marzo de 2022

LOVE AND PEACE


 




La Paz es el resultado de un conflicto, de una guerra, por la cual un orden previo ha sido conculcado; un resultado mediante el cual alguna de las partes en conflicto logra poner (no necesariamente restaurar) un orden nuevo, y por eso la Paz es siempre la Paz de la victoria, de una victoria siempre precaria sobre la que no cabe, por tanto, edificar una Paz perpetua efectiva (no utópica)».

Gustavo Bueno., Dios salve la Razón.






1.

Llevo días leyendo reflexiones, más o menos acertadas, acerca de la responsabilidad de nuestros líderes mundiales en el devenir de los presentes acontecimientos en Ucrania y, por ende, en Europa. Valoraciones a las que subyace siempre la sugerencia de su inevitabilidad; análisis que confían la guerra al albur o el capricho, la sevicia del sátrapa ruso al que psiquiatras analizan en platós televisivos o del que la prensa nos informa acerca de los coches que tiene. La política reducida a psicología. A película de George Lucas.


2.

La política y la historia es interpretada de sólito como un sainete protagonizado por determinados actores, plenamente dueños y conscientes de su papel, y responsables directos en el devenir de los acontecimientos sobre el que detentan pleno imperio y total conocimiento de su alcance, además de potestad para obrar de otro modo al que lo hacen «si así lo quisieran», según el más grosero voluntarismo. Y pienso que, como cristianos sí queridos ateos, sois cristianos hasta los tuétanos, vuestros esquemas mentales y las categorías de las que os servís cada vez que ensayáis cualquier análisis, así como la ética que os provee de esa superioridad moral que exhibís en vuestras condenas de la guerra en nombre de la paz y el amor, en coalición con la idea de conciencia, sea esta lo que sea, están sedimentadas, vertebradas y capitalizadas por la más rancia teología evangélica, como cristianos, decía, creemos con fe ciega en el libre albedrío. Nos repugna toda sugerencia de determinismo asociado a la política, incapaces de elevarnos a un nivel de cierta abstracción y comprender, en ausencia de un sistema de ideas sólido, la dinámica de una dialéctica entre estados que dicta las decisiones de los líderes en política internacional.

Así, permanecemos reos de rostros y nombres, biografías y rarezas. Así, nos sentimos legitimados para llamar asesino a fulano o emitir nuestra condena contra zutano, pues somos agentes libres y responsables de nuestros actos. Y, ciertamente, así es, como individuos, solo como individuos que persiguen fines concretos, reductibles a la psicología, a la moral o al derecho civil o penal. Al tiempo que buscamos asilo en mundos posibles, alternativas más o menos plausibles al curso actual de los acontecimientos en virtud de una ontología potencialista de cuyo idealismo nadie es consciente como tampoco nadie lo es de su cristianismo recalcitrante, pero que todos suscriben acríticamente desde el confort de la madriguera de conejo; siempre en términos de un «deber ser» nouménico bajo las más diversas máscaras (derecho internacional, derechos humanos, ÉTICA, etc.), porque en vez de tratar de comprender lo que actualmente es, tal es la repugnancia y comprensible rechazo que la grosera actualidad nos genera, nos refugiamos en la ficción lenitiva y gratificante del condicional, el ardid fácil del delirio donde por vía alucinatoria, se realizan nuestras fantasías de paz, amor y chipirones en su salsa; la ilusión sin porvenir que aún conforta a tantos.

«Si hubiera otro líderes esto no ocurriría», leía hoy, al tiempo que se hablaba de la decadencia de nuestro mundo, la UE, esta Europa de valores corruptos, es decir, al tiempo que se derivaba a nuestros representantes políticos de una estructura económica y, en consecuencia, se lo subordinaba a ella y su superestructura ideológica y moral. Vamos, un cacao mental considerable. Porque todo cristiano, aunque no lo sepa, es marxista. Por cierto, un marxista convencido, condenaba ayer la guerra, haciendo una precisión, «aunque la haya iniciado Putin». Porque nuestros comunistas, esas criaturas anacrónicas que lucen en sus labios la sonrisa meliflua del cura porque en todo comunista anida un cura sermoneador y pelmazo que despotrican del imperialismo yankee, siguen nostálgicos de la URSS, aunque nada quede de aquello, simpatizan, lo admitan o no, con Vladimir y su cruzada contra los nazis ucranianos.

A todo lo anterior se suma el hábito entre historiadores de establecer relatos de hechos que es un participio del verbo hacer, no me sean ingenuos y piensen que los hechos están dados y no hay más que ordenarlos cronológicamente, a partir de un esquema explicativo importado de las ciencias físicas y acríticamente asumido, basado en relaciones de causalidad relación a su vez asentada sobre un dualismo deconstruible desde las que reducimos acciones (efectos) a la psicología (causas), en virtud de las que los historiadores, en términos de intenciones de los agentes y con carácter retrospectivo, establecen antecedentes causales; ignorando que los líderes responden a las más diversas exigencias de la dinámica interior de sus naciones y al antagonismo intrínseco a la política exterior, que solo alianzas comerciales han logrado aminorar en algunos casos. Aunque en otros, el expansionismo es preciso para evitar el colapso. La vida exige crecimiento, los estados, también.

Pero no es ético, claro, ¡¡amigos kantianos, la política no es ética!!, bienvenidos al desierto de lo REAL, miles de años de civilización deberían haberos convencido de esta evidencia que os empecináis en negar en nombre de...NOÚMENOS. La armonía entre ética, moral, justicia y derecho es una ilusión metafísica, y la biocenosis es la ley que regula la coexistencia entre estados, así fue siempre en Europa salvo cuando un tercero arbitró merced a sus intereses. «No debería ser así», protesta el progre pacifista que se dice de izquierdas, cuando en realidad se trata de un residuo del aparato excretor neoliberal, pero así es, queridísima pacifista.



3.

De modo, que, tratad de no juzgar, tratad de comprender. Tratad de no rendir culto al nombre, para demonizar o entronizar, tanto da, o para hacer memes (Ay, el meme, ¡volvemos a Egipto!). Disfruten del puente, quítense la cara. Nuestro mundo se derrumba, no por motivos personales, sino por sus propias contradicciones. Pero no sufran, aún hay tiempo para un último selfie. Disfruten, generación del disfrute, epicúreos de ala corta, otra crisis económica aguarda. Mientras, administren cuidadosamente su depresión, esa que el disfrute no aminora, qué complejo es todo ahí afuera, ¿verdad?, no menos que aquí adentro identidades sexuales confusas, identidades nacionales torcidas, iPod o iMac, corrupción o actitudes-poco-estéticas, libertad o comunismo, vendrá o no Mbappé, ¡¡qué difícil es todo!!


La verdad no es bonita, nadie dijo que lo fuera, recuerden las palabras de Tiresias a Edipo (o Morfeo a Neo, para los más jóvenes). Así que, no condenen, comprendan y acepten con estoicismo una verdad difícil, la paz y el amor cuestan sangre, sudor y lágrimas.













jueves, 4 de junio de 2020

De Azarías, Varas y otras calamidades





Las últimas medidas adoptadas por la Junta contra la Educación Pública en Extremadura, ponen de manifiesto el profundo desprecio que desde la administración se siente hacia el proceso formativo y la nula confianza en el peso efectivo que este pueda tener en el bienestar de sus ciudadanos, así como el impacto económico y social en el conjunto de la comunidad que gobiernan. 
Cuando Fernández Vara anunció hace unos días su atropello, señaló sibilinamente hacia el colectivo que de forma previsible iba a contestar sus medidas, el docente, apelando a su solidaridad habida cuenta de los supuestos privilegios de los que goza el sector, con lo que de forma implícita y miserable, irresponsable incluso, recurría al tópico popular que nos tacha de vagos, y vagos efectivamente nos llamó su compañero de partido, el ínclito Garía-Page el mismo día en que se oficializó la suspensión de la actividad docente presencial, cuando nos acusó que querer tomarnos quince días de vacaciones en vísperas de la declaración del Estado de Alarma. Pero no es este, en mi opinión, lo más grave de las medidas propuestas por nuestro Presidente, lo grave, lo verdaderamente grave es la total faltad de confianza en el sistema educativo como principal motor de prosperidad y bienestar de una Comunidad Autónoma que lleva décadas proveyendo de mano de obra y talento a otras por la falta de oportunidades laborales, algo que, si bien no es responsabilidad directa de nuestros gobernantes autonómicos, si lo es, en cambio, procurar que los extremeños tengan al menos la oportunidad de ganarse dignamente la vida en Madrid o en Bilbao, y para eso es preciso, es imprescindible un sistema educativo que compita en igualdad de oportunidades con el de las otras las 16 comunidades. Porque aunque el taimado Vara disparó, y no precisamente con salvas, al colectivo de profesionales docentes, los verdaderamente afectados por sus medidas son, serán los estudiantes, son nuestros alumnos y alumnas, hijas e hijos, es el futuro inmediato de nuestra comunidad, más allá del hecho evidente de que aumentar las ratios en plena pandemia y con la amenaza de un rebrote más que probable el próximo mes de octubre, resulte negligente, una vulneración casi criminal de la seguridad del alumnado.
El señor Fernández Vara apela a la solidaridad de los docentes en tiempos de crisis, pero se le olvidó apelar a la solidaridad de los padres cuyos hijos e hijas verán seriamente menoscabada la formación que recibirán los próximos cursos cuando se encuentren hacinados con otros 34 compañeros, cuando su profesora o maestro no pueda dedicarle el tiempo que merece y que la ley prescribe, cuando no escuche la explicación debido a la algarabía de sus compañeros más díscolos o su profesor o maestra tenga que perder media sesión diaria en realizar tareas policiales. Para crear un ambiente de trabajo adecuado y cumplir con los objetivos que la Ley establece, como ofrecer una formación de calidad e individualizada Por cierto, ¿no es dotar deliberadamente de recursos insuficientes para alcanzar los objetivos fijados por un texto legislativo un acto de prevaricación? ¿No es, en último término, un atentado contra el artículo 27 de la Constitución Española?, un grupo de Primaria o Secundaria no debería exceder de los 20 alumnos. Sin embargo, tampoco debemos ignorar el hecho de que gradualmente la escuela va cumpliendo una función cada vez más propia de un servicio de guardería que la de un centro educativo propiamente dicho, es decir, la prioridad parece ser disponer de un espacio de recogimiento para los niños y adolescentes donde, de paso, algo aprendan, pero lo esencial es permitir la conciliación familiar no la procura de una formación, de modo que tanto da si están 20 ó 40 en un aula, mientras estén en un aula.
Pero volviendo al asunto, no se nos debe pasar por alto el hecho de que somos la Comunidad Autónoma con un nivel menor de renta, y sabemos bien que las desigualdades socio-económicas tienen una clara incidencia en el bajo rendimiento académico y en el alto índice de abandono escolar. Este hecho debería propiciar un esfuerzo extra en inversión por parte de la administración para suplir la carencias estructurales de nuestra región, dotando con más recursos y medios a la formación. Sin embargo, estamos a su vez en una de las Comunidades donde la partida presupuestaria destinada a educación es menor. 
De modo que no, señor Excelentísimo Presidente Fernández Vara, no insulte nuestra inteligencia pretendiendo desviar la atención hacia lo accesorio, no son los 20 euros, tampoco es esa hora adicional de carga lectiva, no es que esté empujando a cientos de compañeros a buscar trabajo a otras comunidades, ni siquiera es el menosprecio que manifiesta en sus declaraciones y acciones hacia la labor docente y las personas que nos dedicamos a ella, no Presidente, son los alumnos y alumnas, son los futuros Azarías, esa estirpe maldita e inextinguible de desheredados, humillados y ofendidos que en su versión 2.0 sufren la precariedad laboral y el desempleo, son las personas que tienen que hacer cola en una oficina del SEXPE para que les sellen un cartón o en un banco de alimentos, son las futuras mujeres y hombres que no necesitarían limosnas públicas, si ahora se les capacitara debidamente para conseguir sus ingresos mínimos desde el ejercicio de las facultades que una buena formación procura.

Aunque quizás, después de todo, socavar los cimientos de la Educación Pública responda a ese plan que llevo tiempo barruntando por parte de algunos de convertir Extremadura en una gran reserva de la biosfera para disfrute y solaz de madrileños o ingleses o alemanes, «el último reducto antropológico de Europa», según Sloterdijk, menudo honor, vengan y admiren nuestras maravillas naturales y conjuntos urbanísticos romanos y medievales, mientras nuestras hijas e hijos, con una sonrisa agradecida, servirán sus mesas y harán sus camas o quizás pasarán una gorra para recolectar unas monedas con las que pagar un billete de tren que les lleve lejos, muy lejos, si es que el tren consigue llegar a algún destino más allá de la dehesa.  


jueves, 14 de noviembre de 2019

El impostor regresa al Paranaso




El Poeta, hijo de Apolo, hace su entrada con el abrigo sobre los hombros y las sienes beatíficas, multitudinario y quedo, como una muchedumbre que camina en secreto, desplazando el aire sin esfuerzo. Noli me tangere, aire. Tú lo ignoras, pero esta materia deslizante es palabra, verbo divino, música de las esferas celestes. Porque el aire es aire y no lo sabe, pero el Poeta pasea con un ángel.

A falta del fiel Lomas, cumplido cronista de las hazañas del Poeta, el Director del centro y la Directora del Departamento de Lengua, suplen como buenamente pueden tan llorada ausencia para que un auditorio de estudiantes ajenos a la gloria de aquel conquistador de parnasos, comience a saber lo que intuye desde que lo vieron entrar, ese hombre ha visto el otro lado de las cosas, este hombre ha tenido intimidad con las musas, el Poeta está en posesión de un arcano que pronto les revelará, a saber, la poesía se hace con palabras.
   
El impostor llega tarde, como un mal verso, a destiempo y rompiendo la cadencia, como la sinalefa torpe del epígono que no domina el arte. Corre a ocultarse tras la columna, lejos de la mirada del poeta, dentro del alcance de la voz que ha osado romper. Pero el venero de la voz es inextinguible, invocación que nombra y encomienda venir a las cosas, y el Poeta retoma el recital, y lee: ‹‹mientras el tiempo pasa…›› y la compañera sentada a la derecha del impostor, asiente. En efecto, el tiempo pasa y para ratificarlo se mira el reloj.

El Poeta lee: ‹‹De noche solo hay oscuridad››, y la compañera que en pie asiste a la lectura, se lleva la mano emocionada a la boca y rinde la cabeza sobre la revelación, y le tributa una lágrima que enjuga discreta, antes de recobrarse, devolver la mirada a la fuente de la voz, que, como quedó apuntado, el impostor no ve, pero no puede no escuchar en un ligero murmullo, una armonía como de astros bailando al son de este Francisco de Salinas redivivo, y se lo figura con un cervatillo tascando dulce a su lado y dos golondrinas descendiendo sobre su cabeza con una corona de flores.

Pero en mitad de este océano de beatitud, anida un quebranto, el Poeta se siente, ¡ay!, abandonado por las estrellas. 

El lenguaje del Poeta es, además de precioso, preciso. Así, cuando el término «cosa» se clava en un verso, no es con vocación erudita, ni para satisfacer cierto prurito pedante de exactitud con recurso a un tecnicismo, sino en aras de la precisión semántica que el verso requiere, porque tenía que ser ese término, porque no podía ser otro. El Poeta nos cuenta ufano que ha tenido intimidad con lo sagrado que habita en las cosas, y el impostor, de imaginación grosera, evoca una «cosa», y su cosa divina plegada sobre un pudor carnoso, ensartada por la pluma del poeta que moja en su cálamo húmedo y cálido para sumergirnos de nuevo en el silencio tan caro, por más que la cosa no pueda evitar un suspiro de gozo u homenaje a la virtud perdida.

En fin, que el Poeta se conmueve con la cosa, y la nombra con gratitud: COSA.

El Poeta prosigue infatigable peinando con la voz el campo de sus versos, y lee que el viento del oeste deja sobre su cuaderno semillas de cilantro y filamentos de hinojo, pero su inalterable beatitud y santa paciencia no sufren menoscabo por semejante tropelía, y en vez de nombrarle al viento sus muertos, sacude desdeñoso las molestas ramas del escritorio que le estorban el oficio, y sigue cantando la gloria universal, iluminando una parte del mundo con dos cerezas…rojas…

En efecto, su maestría adjetivando no tiene parangón.

El Poeta acumula hojas, fragmentos de cerámica, caracolas marinas y raíces, y el impostor piensa si no padecerá de síndrome de Diógenes, porque después añade que busca la pila de una fuente, y una piedra, y el impostor saca una cáscara de mandarina del bolsillo, pensando si sería un atrevimiento ofrecérsela.

Después de varias preguntas formuladas por los chicos que el Poeta responde con generosidad, por aclamación de los miembros del Departamento, lee el último poema, aquel que contiene el verso que titula el libro: «He plantado un pino sobre la tumba de los reyes», se comprende que el Poeta es republicano.

A continuación, dos alumnas le hacen entrega de un cuadro y se abre un silencio expectante, angustioso, atento, un silencio que tensa la atmósfera del salón en dilatada espera del juicio del Poeta, que al fin exclama, Si parece un Modigliani, mi favorito. Entonces, el aplauso, palma contra palma, felicidad contra agradecimiento por la luz con que los ha gratificado.

 Ven que te lo presento, escucha decir a una compañera, es muy amigo mío. Y el impostor envidia a aquella mujercilla de grandes ojos y nervio vivo que no habla con él, y se acerca a ella con una petición, una súplica, pero de inmediato se arrepiente, acepta que ya no le queda nada por hacer allí. Apesadumbrado, se siente indigno de la palabra tributada, del silencio aturdido, silencio que «es un océano en calma», y mientras enfila el pasillo, solo, camino de la siguiente clase, se pregunta con estupor, devoción, asombro, ¿de dónde sacará esas imágenes?

Pero el silencio, ¡ay!, deja a cada uno llegar a ser quien es, ¡impostor!




viernes, 11 de noviembre de 2016

SO LONG, LEONARD...



1.

Es un hábito. De esos que tanto gustamos los viejos, quizá por la ilusión perpleja que ofrecen, quizá sea el gesto patético que entrañan: intentar de detener el curso del tiempo. Un hábito, la repetición minuciosa y confortable de una rutina que se acaba erigiendo en un ritual que enlaza lo sagrado al tobillo secular del día.

Un hábito más entre una cortina de hábitos: zumo de limón, cereales con soja, café solo y Leonard Cohen. Saludar la mañana con su voz oscura, volcánica, llena de grutas, me genera una perspectiva de entusiasmo difícil de describir. El estropajo de su voz empapada en nicotina, voz cálida que nos acaricia la mañana con su esparto lírico, un susurro repartido en los versos más bellos del mundo, los más tristes versos que destemplan el café y nos  rescatan de algún titular de prensa: la enésima crónica de una realidad triste que se va quedando sin dioses, sin relatos, sin coartadas. 

Y es que, el 2016 nos está dejando un poco huérfanos.

2.

 Llegué a Cohen, como a Bowie, como a Dylan, como a Bach, como al Jazz, como al amor, como a Dostoievski, como al sexo, como al dolor. Sí amigos, también llegué a Cohen a través del cine. Fue allá en el siglo pasado, durante la primavera sombría de mi solitaria adolescencia suscrita a la fantasía y su repertorio de espléndidas imágenes. Fue una tarde de 1995. 
Pocos recordaréis aquel año.

Yo no consigo olvidarlo.

Aquella tarde, en alguna sala gris del cine de una gris y ajetreada galería comercial, pasaban Asesinos natos. Cuando al fin las luces se apagaron y el fragor de los tráilers se refrenó en bruma de fondo y las siluetas ambulantes y tardías que nadan saben de la mecánica secreta de los rituales cinéfilos, dejaron de joder la marrana, una serpiente se asomó a la pantalla. 
Una serpiente, con su flema enroscada y su diablo. Y sobre la serpiente, creció una voz oscura que parecía brotar de su negra lengua bífida. Voz que comenzó a hacer jirones la imagen divergente que estallaba en mil pedazos para crear un universo de simulación y muerte. 
Una imagen que enunciaba en cada una de sus constelaciones afiladas, la espera. 

Pero, ¿espera de qué? 

De un milagro, un milagro diferido en su enloquecida espiral de horrores. Quizá el apocalipsis que anhelaban aquellos dos niños locos y enamorados. Creo que se llamaban Mickey y Mallory, y eran inocentes y hermosos y malditos.

Luego sonó Anthem con su elegía y su pesar:"We asked for signs/ the signs were sent: /the birth betrayed /the marriage spent /Yeah the widowhood /of every government -- /signs for all to see". 

Más tarde, la cinta se cerraba con The Future, esa bendita y lúcida plegaria contra el porvenir, contra la esperanza, contra la utopía: Give me crack and anal sex /Take the only tree that's left /and stuff it up the hole /in your culture Give me back the Berlin wall /give me Stalin and St Paul /I've seen the future, brother: it is murder.”

Decir que aquella tarde experimenté algo así como una epifanía no es sobrestimar la memoria, lo contrario sería traicionarla: lo fue.

Aún pasaron años hasta que Leonard Cohen pasó a formar parte de las páginas de mis días y su estrofa laboriosa de presentes sucesiones de pecados, mentiras piadosas y una vocación escueta y siempre inmadura. Sin culpa y sin pesar, pese al tiempo, ese guionista que descree de secuelas.

Pese a mí y mi boceto inalterable de Dorian Gray provinciano, atareado siempre tejiendo apocalipsis secretos.

Entonces aquella voz de invierno con aroma a café y tabaco rubio y besos de mujeres hermosas me fue dejando sus versos. Versos en sazón que siembran el otoño, versos que ya debían existir cuando aquel olvidado y triste dios subalterno con manchas de soledad en la memoria, creó este mundo: “Those who dance, begin to dance /Those who weep begin /Those who earnestly are lost /Are lost and lost again.” 

Y una mañana, esta misma mañana, para ser precisos, mientras oficiaba una misa a las buenas costumbres dietéticas sobre el fondo sonoro de mi evangelista maldito...

I’m slowing down the tune
I never liked it fast
You want to get there soon
I want to get there last

...condesciendo con el deber de estar medianamente informado de las chanzas que aquejan al sainete de la actualidad, y entonces leo. Leo sin comprender del todo. 
Y mientras:

It’s not because I’m old
It’s not what dying does
I always liked it slow
Slow is in my blood

Más tarde, en el coche, sin comprender del todo:

You who wish to conquer pain,
you must learn what makes me kind;
the crumbs of love that you offer me,
they're the crumbs I've left behind.
Your pain is no credential here,
it's just the shadow, shadow of my wound.

Y después, en el despacho del departamento, empezando a entender:

Everybody knows that the boat is leaking
Everybody knows that the captain lied
Everybody got this broken feeling
Like their father or their dog just died

Everybody talking to their pockets
Everybody wants a box of chocolates
And a long stem rose
Everybody knows

Y en el coche, de regreso de un mundo donde Heráclito y Platón aún importan:

You say I took the name in vain
I don't even know the name
But if I did, well really, what's it to you?
There's a blaze of light
In every word
It doesn't matter which you heard
The holy or the broken Hallelujah


Y ahora, mientras anochece y escribo con un café vesperal:

And here is the night,
The night has begun;
And here is your death
In the heart of your son.

And here is the dawn,
(Until death do us part);
And here is your death,
In your daughter’s heart.

Y así creo que seguiré el resto de mis días. 

Quizás esta noche revise aquella cinta olvidada de Oliver Stone y que yo adoro. Y mañana, aún de noche, con mi zumo de limón recién exprimido y mis cereales y el café humeante, quizá perpetre una transgresión y  encienda un cigarrillo antes de dejar que su voz inunde mi cuarto y meza esta extraña aflicción de noviembre y literatura que me va dejando una mueca como a Ismael cuando decidía que iba siendo hora de embarcar.


Y luego escribiré -¿qué otra cosa puedo hacer? -, escribiré como siempre, con el viejo fauno cerca, recordándome por qué vale la pena escribir, susurrando mentiras, minuciosas y hermosas mentiras sotto voce: las únicas verdades en que creemos los que nos vamos quedando, noviembre tras noviembre, huérfanos de dioses. 

So long, amigo. Federico se alegrará de verte.